COMIENZA EL JUICIO POR OTRA MUERTE EN UNA PICADA
Paolo Mellano, 19 años, ya estaba a punto de alcanzar la vereda cuando un Fiat Uno que venía demasiado rápido lo atropelló. El conductor del auto, de acuerdo a los testigos, venía corriendo una picada. Es más: los mismos testigos vieron que llevaba puesto un casco de competición. El lugar en el que sucedió el accidente no era un circuito especialmente preparado para carreras sino una transitada esquina de Olivos: Avenida del Libertador y Corrientes.
Hoy, casi tres años después del accidente —fue en la madrugada del 21 de setiembre de 2003— comienza en el Tribunal Oral Nº 3 de San Isidro el juicio contra Federico Ferrazo, el joven de 23 años que manejaba el coche. Está acusado de homicidio culposo, que se castiga con entre 2 y 5 años de cárcel. Pero el abogado que representa a la familia Mellano adelantó a Clarín que buscará que se lo condene por un delito muchísimo más severo.
“Demostraremos que esto fue un homicidio simple con dolo eventual (8 a 25 años de prisión). Ferrazo estaba desarrollando una competencia irregular y a altísima velocidad sobre una avenida. Este resultado, el de la muerte de alguien, no sólo era imaginable sino perfectamente posible que ocurriera”, explicó el abogado.
“Desgraciadamente mi hijo no murió en el acto sino en un sanatorio unas pocas horas después. De haber muerto en la esquina en que lo atropellaron se podría haber preservado mejor el lugar del accidente”, se lamenta, al borde del llanto, Teresa de Mellano.
Paolo había egresado en 2001 del Centro Cultural Italiano, un colegio privado de la zona norte en el que cursó los tres niveles. Estudiaba Turismo en un instituto privado de San Isidro y cursaba la carrera de árbitro de fútbol. Jugaba, además, en la cuarta división de Deportivo Italiano.
“Su gran pasión era el fútbol. Planeaba irse a Italia para probarse en algún equipo de fútbol y continuar allá con sus estudios”, dijo su madre. Paolo —su familia no sabe si estaba de novio— tenía la doble nacionalidad argentino-italiana.
De lunes a viernes Paolo trabajaba en la empresa familiar, una metalúrgica que se dedica a la fabricación de autopartes. “Su rutina era ir a la fábrica con el padre y, al mediodía, almorzar en la casa de los nonos. De ahí se iba al entrenamiento y volvía a la tardecita para merendar conmigo. Después se iba a cursar”, recordó su madre.
El día de la tragedia Paolo estaba con seis amigos. Habían quedado en encontrarse con otros chicos en la esquina de Avenida del Libertador y Corrientes para ir a una fiesta en el boliche Sunset. Como los otros chicos no llegaban, Paolo y sus amigos cruzaron a la estación YPF para ir al baño.
Después, volvieron a cruzar la avenida. Ahí fue cuando lo atropelló el Fiat Uno. “No sé sabe si el semáforo estaba en rojo. Lo que sí aseguraron todos los testigos es que inmediatamente llegaron los otros autos que participaban de la picada. El que mató a mi hijo venía ganando la carrera”, sostuvo la madre.
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