Como caído del cielo
Vaya uno a saber por qué un tal Gancedo fue a fundar un pueblo justo aquí, en este sitio que se llama –obvio- Gancedo, donde el Chaco se confunde con Santiago del Estero, la tierra se entrevera en el cuerpo y los veranos duelen más que un gol rival sobre la hora.
En Gancedo vive poca gente. Todos se conocen entre sí y todos ubican –aún sin saber demasiados datos- al más famoso de sus habitantes: el meteorito Chaco.
Dicen –porque no hay certezas- que unos dos mil años antes de que Cristo naciera, ya su padre se enojaba a menudo y mandaba mensajes intimidatorios a la tierra. Fue así como un día cayó a 10 kilómetros de lo que hoy es el casco urbano de Gancedo, un meteorito de 33.800 kilos, que provocó en un radio de 2 kilómetros dos cráteres descomunales y que hoy descansa, tras haber soportado un intento de asalto, sobre una comarca que ha sido convertida en Parque Provincial.
Los antiguos indígenas ya guardaban buenas relaciones con el meteorito y han dejado sentadas algunas costumbres de adorar a la masa de níquel, cobre, plomo, calcio, germanio e iridio que cayó del cielo. Pero, como toda cosa caída del cielo (a excepción de los Planes Jefas y Jefes de Hogar) da lugar para cientos de leyenda. Hay quienes dicen que el meteorito Chaco, que no tiene más de 2 metros de altura por unos tres de diámetro en su zona más extensa de su amorfa figura, irradió radioactividad por muchos años, tantos que mientras eso duró allí, como si hubiera sido el caballo de Atila, no creció ni la maleza.
También están los que sostienen que ese poblador pesado y retacón, de hierro macizo y presencia inquietante, es apenas una esquirla gigante del verdadero, que está enterrado en uno de los cráteres (200m de diámetro), pero bien adentro de la madre tierra. Sin embargo, lo más curioso no es la presencia de Chaco en las adyacencias del pueblo sin asfalto de Gancedo, sino lo que sucedió en 1990, cuando Chaco, además de ser uno de los dos de su especie que hay en el mundo, se convirtió en el primero en sufrir un intento de robo.
Es factible que usted piense que el periodista ambulante anda tomando, antes que creer que en la Macondo más austral alguien puede cargar un aerolito de más de 33 mil kilos en un camión. ¿Cómo puede ser que la piedra visitada por geólogos de todo el mundo haya sido cargada con una pluma como quien se lleva un ladrillo de una obra en construcción? ¿Cómo puede ser que lo que no pudo el norteamericano Cassedy, su descubridor, lo iba a poder un ignoto yanqui de apellido Hacks, que supo merodear la zona allá por el año 90? Por si no lo creen, mejor que hable el suboficial Chaparro, que fue quien impidió el robo:
“Yo estaba en la guardia caminera (recordemos que Gancedo está al lado de Santiago del Estero), a eso de las 8 de la mañana. Recién había tomado la guardia, cuando apareció el camión. Le pregunté que llevaban y me dijeron que leña. Pero cuando quise ver, me llamó la atención el dinero que me ofrecieron directamente, eran 12 sueldos de los míos.
Atrás venía un norteamericano y me abrió un portafolios con 5 mil dólares
Después llegó mucha gente a colaborar conmigo, pero al principio estaba sólo y ellos eran como diez”
Campechano, con tranquilidad provincial, Chaparro cuenta como azarosamente evitó lo que hubiera dejado a nuestro Mario Fendrich como un perejil.
“Yo no tenía idea del valor de eso –prosigue el policía- después apareció a la media hora la grúa con la que la levantaron, venían como ocho, unos mendocinos, el camión lo manejaban santiagueños.
Tenían que pasar de madrugada pero se demoraron los yanquis en Santiago, de madrugada quizás pasaban, porque alguno a esa hora “cabecea” un poco y chau, era el horario que les convenía, lo llevaban tapado con una carpa”.
La historia del robo del meteorito de Gancedo, que hubiera sido tapa de todos los diarios si pasaba en otro país, quedó allí nomás, tan rica como el meteorito mismo, tan nuestra como toda barbaridad que se legitima en el país de lo posible. La leyenda del aerolito habla de ofrendas de tribus, valores incalculables, un campo lleno de hijitos menores desprendidos de su madre piedra que todavía hay que descubrir. En cambio, la leyenda del robo, arroja la sospecha de algunos políticos de la zona implicados, un norteamericano que lo quería cargar en un barco en Rosario pero quedó en libertad bajo fianza y un policía bueno que no aceptó una coima. Tan increíble como el meteorito, como Argentina misma.
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