Como la TeVe invade las tablas
Y la televisión se tragó al teatro. Este verano se ha hecho fuerte una idea que ya fue avanzando en las últimas temporadas, que es la de llevar a escena a los más mediáticos personajes nacidos en la televisión: Ricardo Fort, Marcelo Polino, Luis Ventura y una decena de bailarinas o aspirantes a serlo, transformadas en vedettes -no hace falta mencionar mucho más que a Mónica Farro- como si para lograrlo sólo alcanzara tener la dosis adecuada de siliconas y botox más o menos bien distribuida.
Si bien es histórico que el teatro de temporada ha sido una suerte de rebote de los éxitos televisivos (basta recordar títulos protagonizados por los galancitos de los años 80, La banda del Golden Rocket o la casi infinita seguidilla de tiras producidas por Cris Morena) esta vez el eje cambió. Lo que se ha trasladado no es una tira o una historia, ni siquiera actores, sino directamente el personaje, la persona devenida en personaje. Por lo tanto, no hace falta que haga mucho más que "ser y estar" (en escena) para que la convocatoria sea masiva o, al menos, intente serlo.
Hay una suerte de fagocitación de lo televisivo sobre lo teatral, en donde el hecho teatral en sí mismo pasa a un segundo o a un tercer plano, con suerte. Muchos de los espectadores que llenan esas salas no esperan ya que les cuenten un cuento. Van, cámara en mano, a ver a esas figuras que conocen de la tele y que suben a escena a hacer más o menos lo mismo que en la pantalla chica. Y ese espectador lo único que espera llevarse es una foto, un autógrafo o un collage de la mayor cantidad posible de caras conocidas que pueda albergar en su memoria.
Una cosa es apelar a la convocatoria de actores populares (popularidad bien ganada de la mano de la televisión) para que participen de proyectos teatrales a los que seguramente les brindarán no sólo su trabajo sino una buena concurrencia, y otra -muy diferente- es que lo único importante sea esa concurrencia. De este modo, lo teatral queda subsumido, devorado, y convertido en casi un happening en el que no hay hecho artístico, y lo peor, es que ni la gente lo espera.
Hasta Kive Staiff -en algún momento de su paso por la dirección del Complejo Teatral de Buenos Aires- supo llevar a escena figuras conocidas por la televisión con el fin de renovar públicos y darle otro aire a algunos elencos. Así apareció, por ejemplo, Luisana Lopilato en el Teatro de la Ribera. Hacia el barrio de La Boca llegó la actriz -que se entrenó fuerte en artes circenses- para ponerse en manos de Alicia Zanca, que cumplía el rol de directora. Habría que ver qué resultado le dieron a Kive esas renovaciones de caras y nombres, pero no se puede dudar de la seriedad con la que la joven se tomó su trabajo; fue natural para ella hacerlo, es actriz. Los personajes no son actores.
Y también está la contracara en la experiencia Pachano, un artista que durante años encabezó espectáculos bien pensados y producidos, y ahora, gracias a su paso por la televisión, consiguió el éxito y la popularidad tan anhelada, acarreando nuevos espectadores al teatro. Así las cosas, no se podría decir que lo malo es la tele en sí misma, sino que gran parte del mundo del espectáculo gire en torno suyo, baile a su ritmo, en estos últimos tiempos un ritmo monocorde, acomodaticio y muy poco afecto a los riesgos.
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