CÓMO PONERSE EN LA PIEL DE UNA LEYENDA
Casi escondido en la enorme estancia donde vive en un modesto barrio suburbano, después de dejar atrás la flota de lujosos automóviles alineados en el camino de entrada, el living room decorado con arte africano, el gimnasio y la sala de billar, se puede encontrar a Jamie Foxx, comiendo papas fritas, en su estudio de grabación equipado con la última tecnología.
El señor Foxx, instalado frente a una gigantesca consola de mezclado, parece ansioso por irse a dormir, hasta que la conversación gira hacia la música. Más específicamente, hacia la música de Ray Charles. Entonces, Foxx se reanima, los ojos le brillan, habla rápido. “¡Georgia!” —dice, sacudiendo la cabeza admirativamente—. Es mi canción favorita entre todas las de Ray Charles. Compuso cosas mejores, pero Georgia… para mí, es perfecta”.
Últimamente Jamie Foxx (36 años) ha estado pensando mucho en Ray Charles y su música, porque representó el personaje en la ambiciosa biografía Ray, de Taylor Hackford. El filme relata la vida de Charles, desde su difícil infancia en el Sur segregacionista y su época de adicción a la heroína, hasta su triunfo como estrella en el escenario musical internacional. Ray no es la única prueba de la capacidad de Foxx para desempeñarse en una película; pero si todo va bien, este trabajo lo elevará a una especie de triple estrellato, que pocos alcanzan y que él ni siquiera soñaba.
No es que a Foxx le falten condiciones. Es un comediante dotado, un músico con buena formación, y —como sus numerosas actuaciones cinematográficas recientes lo demuestran— una estrella en ciernes.
Con ese propósito, Foxx firmó contrato para hacer Redemption, una película producida especialmente para televisión, acerca de Stan (Tookie) Williams, uno de los fundadores de la banda callejera The Crips. Para este trabajo el actor debió aumentar 20 kilos de músculos. Luego pasó de interpretar a aquel rudo asesino a ser el extraño taxista obligado a llevar en su coche a un asesino durante una interminable excursión de crímenes, en Collateral, con Tom Cruise. Su actuación le valió las mejores críticas de toda su carrera. Pero ningún papel podría haberlo preparado para la enorme responsabilidad que afrontaría con Ray, ni tampoco para la notable transformación que habría de sufrir su cuerpo.
Foxx, cuyo peso normal es de unos 83 kg, tuvo que perder unos 13 kg para encarnar a Charles, que era delgado y murió de una afección al hígado.
Pero perder peso fue fácil, en comparación con lo que tuvo que soportar después. En vez de hacer que Foxx actuase todo el tiempo con grandes anteojos oscuros, Hackford le pidió que permitiese que le cerraran los ojos con pegamento de uso médico y un equipo de especialistas creó para él dos prótesis, modeladas sobre los párpados de Charles. Durante las primeras dos semanas de filmación Foxx sufrió ataques de pánico, hasta que se acostumbró al sentimiento de claustrofobia ocasionado por su imprevista ceguera temporaria.
Para empeorar las cosas, cuenta, a veces sus colegas de filmación se olvidaban de que no podía abrir los ojos y lo dejaban, por ejemplo, sentado solo a la mesa después del almuerzo, suponiendo que podría volver al set por sus propios medios.
A Taylor Hackford, el director del filme, le gusta contar lo que sucedió cuando Foxx conoció al hombre que estaba interpretando. Una tarde, en su estudio de Los Angeles, Charles invitó a Foxx a tocar teclado junto con él. El actor se desempeñó muy bien durante un rato, tocando con soltura música funk y blues conocidos. Pero las cosas empezaron a andar mal cuando Charles introdujo en el mix algunas de las piezas más difíciles de Thelonious Monk. Foxx, que de jazz sabe poco, tropezó un poco durante 15 intolerables minutos, un hecho que Charles no dudó en destacar, provocándolo con bromas destinadas a alentarlo pero también a ponerlo nervioso. “Ray no lo estaba probando como pianista; lo estaba probando como hombre —recuerda Hackford—. Por último, Jamie consiguió serenarse. Entonces Ray se puso de pie, lo abrazó —él podía abrazarte cuando se emocionaba— y dijo: ¡El muchacho lo ha logrado!”
En Ray Foxx toca realmente el piano durante toda la película, pero ni siquiera intentó reproducir las características vocalizaciones de Charles. Además, dice que evitó tener más contacto con el músico porque tuvo miedo de terminar representando al cantante con su edad del momento y no a la persona que debió ser entre los 18 y los 49 años, como la película exigía. Y por cierto su caracterización tiene una profundidad que va mucho más allá de la mera imitación.
En cierto sentido se podría decir que Jamie Foxx estuvo preparándose para este trabajo durante gran parte de su vida. Nacido en Terrell, Texas, recibió el nombre de Eric Bishop, que conservó hasta que ingresó al mundo de la comedia. Sus abuelos maternos lo adoptaron cuando todavía era un bebé, después de la separación de sus padres, y fue precisamente a instancias de su abuela que Jamie empezó a tocar el piano, a los 6 años.
Inspirado por Prince y the Revolution, el joven señor Bishop se inició como cantante en una banda llamada Leather and Lace. “«éramos simplemente horribles”, cuenta entre risas. Aunque ya se perfilaba como un buen quarterback en el equipo de fútbol de su colegio secundario, fue el deseo de ser músico, y no deportista, lo que lo llevó de Texas a la United States International University de San Diego.
En 1989, alentado por una novia, se subió al escenario en una noche de micrófono abierto en un club de comedia de Los Angeles. Después se le presentó un pequeño papel en Roc, la serie de la Fox, y finalmente fue aceptado para trabajar en In Living Color, la comedia en la que debutaron Jim Carrey y los hermanos Wayans. El personaje que había creado, “Wanda, la mujer espantosa”, le ganó seguidores fieles. Posteriores especiales de HBO y The Jamie Foxx Show hicieron conocer su cara, aunque Jamie todavía volaba fuera del radar del reconocimiento masivo.
Hollywood recién pareció advertir la existencia de Jamie Foxx cuando protagonizó a Willie Beamen, el arrogante mariscal de campo de Un domingo cualquiera, aquella oda al fútbol americano que hizo Oliver Stone en 1999. Después, en 2001, su representación del hombre del rincón de Muhammad Ali, Bundini Brown, en la película Ali, de Michael Mann, consolidó su perfil de actor que prometía. Para ese trabajo Foxx pasó de sus 83 kg a 99 kg, y además estudió la peculiar manera de hablar de Bundini.
Después de su notable trabajo en Ali, Hackford empezó a considerarlo seriamente como un candidato para Ray, un proyecto suyo desde hacía 15 años. Y enseguida se empezó a hablar del Oscar. Pero Foxx es severo consigo mismo. “Cuando uno empieza a preocuparse por eso, puede llegar a volverse loco”, dice.
Foxx prefiere más bien hablar de música, de su propia música. Si bien está bastante ansioso por agregar éxitos a su lista de realizaciones, históricamente la industria musical no ha sido benévola con los comediantes interesados en hacer carrera como cantantes. Peep This, el debut de Foxx en R & B en 1994, no fue un gran éxito. No obstante, él quiere capitalizar el éxito de Slow Jamz, que encabezó las listas top, una colaboración con el productor Kanye West y el rapero Twista, que fue lanzado en la primavera de 2004. También trabaja en un álbum que debe salir en 2005; y recientemente firmó contrato para lanzar su propia marca, con Clive Davis.
En realidad, para el Jamie Foxx que salió de un pueblo del oeste hace casi dos décadas para convertirse en “el próximo Lionel Richie”, una auténtica carrera de cantante sería un sueño hecho realidad.
“La música —dice— conmueve a la gente de otro modo.” Desde la pared, domina la escena un poster en blanco y negro de un sonriente Ray Charles. Jamie mira el retrato y murmura: “Ray dice que tengo razón”.
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