Cómo ser un VYQ y no morir en el intento
Alberto es formoseño. Parece que tiene más de los 30 años que exhiben sus documentos. En su Formosa natal trabajaba 16 horas por día como camionero. Veía poco a sus hijos, casi siempre dormidos de un sueño de poca comida. Le pagaban para no ver a sus hijos y estar poco con su esposa y mucho con su camión la friolera de 500 pesos por mes, con un descanso semanal y la amenaza siempre latente de quedarse sin nada si osaba retobarse.
José es salteño. Parece que tiene más de los 21 años que exhiben sus documentos. En su Orán natal trabajaba 15 horas por día en la recolección de la lechuga o el tomate. El escaso tiempo que le quedaba para sí lo utilizaba para descansar de un trabajo inhumano para el calor del norte. Le pagaban un peso por hora trabajada y le dejaban en claro que, si no le gustaba, sabía bien lo que tenía que hacer.
Alberto y José no se conocían. Ahora están juntos en la cola de un consultorio médico de El Calafate. Antes ni soñaban. Ahora sueñan al menos con superar la revisión médica que les garantizará un empleo por el que cobrarán entre 1800 y 2100 pesos por mes, en una empresa que está construyendo el gasoducto. Los dos dicen que si superan el frío del invierno, prueba para todos en la patagonia, buscarán sus familias para emprender una nueva vida.
Alberto y José son el paradigma de los nuevos habitantes de la Patagonia Austral, los que le han dado una fisonomía de ciudad que no tenía a El Calafate y, en el nombre de ellos, todos los que desean torcer el destino de las provincias del norte, olvidadas, empeñadas, sin más posibilidades que las de manejar un camión, recoger la lechuga, siempre a pagos indignos, siempre cerca del mal de chagas y el hambre.
En el consultorio dicen justamente que el mal de chagas es uno de los problemas principales en las revisaciones médicas de los muchachos que vienen del norte. Si Alberto y José han tenido suerte y no lo portan conseguirán el empleo. Es probable que vivan en una pensión de 250 pesos por mes y que coman en el trabajo. Jamás pisarán los hoteles de los turistas ni los restaurantes.
Son parte del nuevo Calafate, el que se diplomó de ciudad, el que por ahora ofrece trabajo y porvenir, el que no pregunta de donde venís sino qué es lo que sabés hacer. El que tienta a los Albertos y los José de todo el país pero esconde bien la respuesta a la pregunta que nadie quiere hacerse: qué pasará cuando este show se termine. Por Alberto y José, ojalá no sea nunca.
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