Con la paz de quien dice la verdad
Desconozco, porque no soy feligrés, la historia clerical del padre José Guntern. Poco puedo contar sobre él. Apenas la historia que lo lleva a la inmortalidad, como un hombre que supo decir lo que nadie se animaba a decir por entonces.
Supe de él una tarde de invierno de 2002, cuando Luciana Trinchieri me dijo al teléfono: “me espera mañana a la mañana”. Hacia cinco días, al menos, que Luciana intentaba dar con él y finalmente esa tarde recibió la promesa del encuentro que, a la mañana siguiente, desmoronaría todo el aparato político-mediático, que aún en medio del escándalo que había provocado la presentación del Libro de Olga Wornat en la Feria del Libro de Santa Fe, sostenía a la figura del Arzobispo.
Guntern recibió a Luciana en San Roque. De aquel encuentro surgió la moderada confesión. “Fue un beso sexual”, textual del cura en referencia a los hechos ocurridos en un retiro espiritual en tierras cordobesas, y en directa referencia al acoso con el que Storni había sometido a un joven seminarista. Fue una confesión / reacción liberadora.
En esos días, la ciudad repetía: “solo la verdad nos hará libres”. Y Guntern, espetó aquella descripción con el coraje de quien rompía cadenas. Con la angustia, de quien ya no soporta el silencio cómplice. La vergüenza ajena. La ciudad se conmovió con la confesión. La esquina de San Jerónimo y General López tembló y fue, por fin, el principio del fin.
Las declaraciones de Guntern sonaron en la tarde de LT10. En el programa “De Radio Somos”. Rápidamente corrieron como reguero de pólvora y en la noche de aquel explosivo día, un auto del arzobispado fue a buscarlo a Guntern para llevarlo al despacho contiguo de “Monseñor” y bajo coacción, obligarlo a “retractarse”.
Poco duró el efecto retractivo de las actas que Storni se llevó a Roma al otro día. El Cura Guntern no soportó la violencia ni el maltrato. Y en el atardecer siguiente, junto a su hermano, fueron a la Comisaría del barrio y denunciaron los hechos ocurridos en el salón contiguo al despacho arzobispal, y por orden del Arzobispo.
Lo que siguió es historia conocida, pero falta un detalle: esa misma noche, y mientras Storni y Mateo huían a Roma en procura de la protección papal que nunca alcanzó para retener el reinado, una espontánea movilización del Barrio Sargento Cabral, al que se sumaron miles de santafesinos, rodeó la Iglesia y la casa del Cura, y lo reivindicó, cómo generalmente reivindican los pueblos a quienes tienen el valor de romper los silencios mafiosos.
Atrás habían quedado 18 años de las más oscuras prácticas clericales que recuerde la Argentina. Storni fue procesado por abuso sexual, y se espera una condena, tras una marejada de chicanas judiciales que lo mantienen a la expectativa de una “absolución”- que aunque llegue- jamás desmentirá al Cura de San Roque.
Storni vive sus días en una casa de La Falda (propiedad del Arzobispado), retorcido todavía en el resentimiento contra aquellos que se animaron a contar. El cura Guntern, en tanto, eligió dormir para siempre, con la conciencia libre de mentiras y ocultamientos. Descansa en paz, el Cura Guntern. En mucha Paz.
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