Contacto mapuche
Ya recorrimos los 23 kilómetros que unen Aluminé con Ruca Choroy. Sería más que reiterativo hacer hincapié en la nieve que lo gobierna todo o en las dificultades de una ruta que en algunos lugares es apenas una huella. Las araucarias chorrean de blanco y dan al paisaje un aspecto de navidad norteamericana en alguna película de clase B. Claro que aquí no hay jardines floridos ni niños rubios decorando la escena.
Un pastorcito mapuche, adolescente, que bajó con sus ovejas para que éstas no se le mueran de frío nos indica donde vive el “lonco” de la comunidad de Ruca Choroy. Es en esa casita amarilla, de alto, con antena de televisión y luz eléctrica. Afuera hay un cerco discreto y, alrededor, no seremos originales, todo lo que se ve está nevado.
Ricardo Lincan es el “lonco”, una especie de intendente en términos occidentales, “cabeza” para los mapuches; o sea, referente o cacique elegido por su pueblo para que, por un período de dos años, sea el representante ante el gobierno “huinca” y ante los otros mapuches de otras comunidades integrantes de la “Confederación de Comunidades Mapuches”.
Lincan es más bien bajo, de ojos negros que miran al fondo y de sonrisa bastante fácil. Atiende en la puerta, pese a lo poco apacible de la jornada. Pero no tiene reparos en contar. Recorre el tiempo desde sus ancestros hasta la actualidad como si esa medida se pudiera manejar a antojo. Lleva un gorro futbolero y su abrigo breve parece que alcanza para combatir la temperatura.
Lincan dice que los mapuches vivían allí antes que los españoles, lo cual es bien cierto. Cuenta la leyenda de Lautaro, el caudillo que mató al conquistador Valdivia y cuyas tácticas de guerra fueron empleadas luego en la mismísima Europa. Narra que allí no había Chile o Argentina, sino que existía la Nación Mapuche, con sus leyes, sus programas de salud, sus reglas de convivencia, su sistema educativo.
Lincan tiene recelo de los blancos. Son los que los persiguen a los mapuches como él por ejercicio ilegal de la medicina pero después andan preguntando qué yuyo cura tal o cual enfermedad. Son los que todavía no aceptan que flamee en las escuelas, junto a la bandera argentina, la negra, verde y roja que representa a la Nación Mapuche. El negro de la tierra, el verde de la pastura y el rojo de la sangre derramada.
Lincan reconoce que han tenido algunas conquistas, como la construcción de la vivienda y la devolución de algunas tierras. Pero no reconoce límites en la geografía mapuche, porque entre ellos nunca hubo límites. Relata que sus hijas estudian en la Universidad ahora, aunque no piensan perder un ápice su lengua, la que hablan en la comunidad o en la casa. Dice que sólo su mandato dura dos años porque lo hacen regir por las reglas de los blancos.
Hace frío y ahora sí Lincan parece acusarlo. Habría tantas preguntas como minutos tengamos para charlar con él. Por ahora tengamos un panorama menor y que alcance. Ruca Choroy se queda bajo la nieve mientras un auto forastero se marcha levantando barro en el camino. La escuela, el centro de salud y los postes de la luz saludan la partida. Parece un pueblo mejor que cualquiera de otra comunidad de pueblo originario en el país. Pero los mapuches irán por más, fieles a su historia de lucha.
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