Crece desde el pie
No es posible contar cómo es ahora El Calafate, la ciudad de la República Argentina que más creció en menos tiempo, sin detenernos en saber cómo fue antes, cuando no tenía los 17 mil habitantes de este presente próspero y apenas era un pueblo de aspecto bucólico que todavía no se promocionaba como puerta de acceso al Glaciar Perito Moreno y al pingüe negocio del turismo.
Cuando Néstor Kirchner era intendente de Río Gallegos, no tenía casa aquí y ni imaginaba que iba a ser presidente de la Argentina, esta ciudad que hoy lo tiene como principal propagandista era apenas un pueblito de unos 2 mil habitantes, con una sola calle pavimentada, con vecinos amantes de la soledad y el paisaje que ofrece el Lago Argentino y con un futuro incierto, aún cuando muchos lo utilizaban como base para llegar hasta el Glaciar.
Empero, bajar hoy la última curva de una ruta desde hace buen tiempo asfaltada, camino del centro de El Calafate supone una impresión fuerte para los que la conocimos antaño. Una ciudad hecha y derecha puede considerarse tal cuando empieza a tener barrios bajos. Y El Calafate ya lo tiene, aunque nada que se le parezca a la pobreza tan argentina de las provincias del norte.
En verdad, nada se parece al norte aquí. Por la calle principal la mayoría de los negocios pide empleados, las empresas privadas contratadas para la construcción o la obra pública dan trabajo a granel y los comerciantes reconocen que todo lo que se pone en venta en El Calafate, seguramente se irá bien pronto de las vitrinas, para satisfacer la demanda de turistas gringos y pobladores que llegan en racimos diarios a forjarse un futuro mejor.
Dos años atrás, para los últimos comicios, El Calafate tenía 4 mil electores. En la última elección, de la que todavía hablan los postes de la luz que sostienen los carteles reglamentarios de “Alicia Senadora” (en alusión a la hermana del presidente), la cifra llegó a los 8 mil. Y considerando que la mayoría de los recién llegados todavía no ha hecho el cambio de domicilio, es bien difícil saber cuánta gente se ha radicado por la zona.
Si para muestra basta un botón, una galería comercial muy concurrida hasta no hace tanto era propiedad de la iglesia. Pero se necesitaba tierra y hubo que vender. El aeropuerto viejo será pronto otro centro comercial y una circunvalación de acceso porque se necesitan calles y hay que hacer. Y el que no compró a su turno, como dicen los pibes, “fue”, porque hoy, media hectárea en las adyacencias del Lago Argentino cotizan hasta los 200 mil dólares, que esa es la moneda de la que más se habla en El Calafate.
A favor del auge, vale decir que la mayoría de los nuevos inversores ha optado por preservar el estilo arquitectónico patagónico, hijo del inglés, pero hoy un estilo propio y, en contra, vale acotar que los calafateños de mejor poder adquisitivo, eligen comprar agua mineral porque el de las canillas no es bueno, justo en el sitio más cercano a una de las reservas de agua dulce más importantes del mundo.
Por último, si falta más para comprobar cómo ha crecido el pueblito de descanso de Kirchner y de algunos ricos generados por la política de los 90 en el país, vale un dato: la frecuencia de vuelos con Buenos Aires es de 13 diarios en temporada, 11 más que en Gallegos, la capital de la provincia. Es que así es la cosa. El Calafate vuela, sube y sube y nada parece indicar que vaya a estrellarse; todo lo contrario.
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