CRECE LA POLÉMICA POR LA MUERTE DE LENCINA
Una chica de la que nada se sabe hace 14 días. Peleas entre el Poder Ejecutivo y el Poder Judicial. Un sospechoso que aparece colgado en su celda. Un presunto pacto suicida. Una familia deshecha por una hija que no está, los Aguirre; otra, los Lencina, con una historia oscura. Un cadáver con signos de golpes y una autopsia que indica todo lo contrario. A esta altura, ¿secuestro u homicidio?
Mientras Julio y María Inés Aguirre pasaban otro día sin poder explicar el horror, la discusión se centraba ayer en qué pasó con Miguel Angel Lencina, el principal sospechoso de la desaparición de Fernanda, al que se encontró ahorcado en su celda.
Hay que decir que en San Benito, un pueblo ubicado a cinco kilómetros de aquí, donde viven ambas familias, los Lencina son temidos. Son tres hermanas y cinco hermanos. Uno de ellos murió en circunstancias extrañas; los cuatro restantes están presos, dos de ellos por homicidio. Miguel Angel, “el paraguayo”, estaba en la cárcel desde hacía diez años por la muerte de dos mujeres.
¿Se mató o lo mataron? La autopsia a cargo de Gendarmería y los peritos forenses de la Policía Federal fue concluyente: no hubo lesiones internas ni externas, salvo el surco de ahorcadura por el que, concluyeron, murió. Eso no era lo que se veía ayer en el cadáver de Lencina. Esther Torres, su madre, acusa a la policía de haberlo matado. Mostró a LA NACION el cuerpo de su hijo durante el velatorio. Tenía quemaduras en los pies, algunos moretones en las piernas, un pómulo hundido (como si el hueso estuviera quebrado) y, fundamentalmente, una herida profunda en la nuca, que aún sangraba. Además de la marca de ahorcadura y el corte practicado durante la autopsia.
Pero el trabajo de los peritos terminó con la entrega del cuerpo y los antecedentes de los Lencina hacen que todo esto resulte sospechoso. “Nuestra responsabilidad termina con la entrega del cuerpo y el cuerpo no tenía nada de eso. Lo que la familia haya hecho después con el cadáver ya no es nuestra responsabilidad”, dijo el director del Departamento de Homicidios de la policía entrerriana, comisario Carlos Alberto Cappena.
¿Insinúa Cappena que la familia puede haber golpeado el cuerpo para incriminar a la policía? No, no lo insinúa, lo dice abiertamente: “Antes de la muerte y durante el peritaje, el cuerpo no tenía una lastimadura. Si la familia quiere cortarlo, o hacer lo quiera después de que se lo entregan, es un asunto de ellos”.
El gobernador de Entre Ríos, Jorge Pedro Busti, estuvo reunido con el secretario de Seguridad, José Carlos Halle, y la plana mayor de la policía para que lo mantuvieran al tanto de la investigación. El gobernador defiende a la policía, a la que algunos quieren implicar. “Puede tener fallas humanas, pero no es corrupta”, dijo.
Busti pidió un jury de enjuiciamiento a los magistrados que le concedieron las salidas transitorias a Lencina e hizo pasar a disponibilidad al personal del servicio penitenciario que elaboró los informes del preso. El Poder Judicial le respondió, por medio de una solicitada, que dejara que hicieran su trabajo.
Lencina fue sepultado a las 15 de ayer en el Cementerio Municipal de esta ciudad. La Justicia autorizó a su hermano Claudio, alias “el jorobado”, detenido por homicidio, a asistir.
Con la muerte de “el paraguayo” se fue una posibilidad de saber qué pasó.
Todavía está su mujer, Mirta Chávez, detenida. Se sospecha que lo incitó a quitarse la vida: Miguel Angel tenía en su bolsillo dos cartas en las que lo invitaba a “emprender un viaje al cielo”. Por eso, la policía reforzó la custodia de Chávez.
Con respecto a la desaparición de Fernanda, la Justicia intenta establecer si están frente a un secuestro o a un homicidio. Hasta ahora tratan el caso como un secuestro, por el hecho de que hubo un pedido de rescate y los Aguirre pagaron 2000 pesos.
El juez Aníbal Ríos prefiere mantener el silencio para garantizar a los testigos la reserva absoluta. La investigación se centra en dos interrogantes: quién se llevó a Fernanda y dónde está la chiquita. El primero, para la Justicia, está un poco más claro. No así el segundo, sobre el que hay gran cantidad de hipótesis. Fuentes judiciales dijeron que de la causa surge que efectivamente fue Miguel Angel Lencina quien se apoderó de Fernanda. Y que, con la muerte de aquél, es posible que algunos que tenían miedo a testificar lo hagan ahora.
Busti dice que hay dos hipótesis que están más firmes: la de un secuestro, con violación y muerte, y la posibilidad de que haya sido vendida en otra provincia para internarla en el mundo de la prostitución infantil. La Justicia no descarta esta última hipótesis, pero no es la más fuerte.
“SÓLO QUIERO A MI HIJA DE VUELTA”
“No sé, no entiendo nada. Estoy perdida. No tengo ninguna pista. No se sabe nada. Quiero que mi hija aparezca con vida. Es horrible no saber. Es una pesadilla”, dijo ayer María Inés Aguirre, la madre de Fernanda.
Hace dos semanas se separó de su hija. Estaban en el puesto de flores que tienen frente al cementerio Parque de la Paz, en San Benito, a cinco kilómetros de Paraná. Fernanda iba a su casa, a unas cuadras de allí, pero nunca llegó. A las pocas horas, recibió una llamada en la que le exigían 2000 pesos. Pagó, pero su hija nunca apareció.
María Inés y su marido, Julio, dicen que no hacen más que llorar y rezar para que su hija aparezca. Cómo explicar el horror de no tener a un hijo consigo, el espanto de no saber cómo está. No pueden. Se los ve desconcertados, dolidos, desesperados.
“No sé qué decir, no sé qué pensar. ¿Hasta cuándo vamos a seguir así? Quiero que vuelva mi hija, quiero tenerla conmigo. Es una chica buenísima, ¿qué le puedo decir? Les pido por favor a todos los que puedan aportar datos, que lo hagan. ”
Los Aguirre tienen dos hijas más grandes, que no viven con ellos. Fernanda, de 13, es “su chiquita”, la que los acompaña, la que está con ellos. Llenaron el pueblo de carteles con su foto y ruegan por obtener alguna información. Cada minuto sin noticias se vuelve eterno. Julio y María Inés se miran abatidos. Por momentos se les llenan los ojos de lágrimas. Se quedan callados. Se los ve shockeados. No entienden. No saben. Y no saber los mata. “Lo único que sé es que quiero a mi hija de vuelta -dice la madre de Fernanda-. Sólo eso sé.”
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