Creer y reventar
Es este el segundo martes 13 que afrontamos en 288 días de recorrido por la Argentina. El primero nos encontró en Junín de los Andes, un invierno engañoso, que a la tarde dejó ver el sol y hasta una temperatura agradable; pero que a la noche por poco nos congela, obligándonos a abandonar la carpa y nuestras pertenencias para salir entumecidos y a los gritos al aire libre, cinco minutos antes de morirnos de frío.
Puede que haya sido nuestra propia impericia, lo sé. Pero era martes 13. En otros días también sufrimos frío, pero no pasó más que de ahí. Y hoy, otra vez martes 13, a la vera de la ruta 3, a 200 kilómetros del pueblo más cercano, recordamos aquel martes 13, el que casi nos convierte en hielo, en medio de un sol que parte la tierra, con el auto roto, aguardando que pase un salvador a rescatarnos de este día maldito.
Todo venía bien. Complicaciones menores. Una indisposición estomacal porque el agua de San Julián es muy salada. Nada de otro mundo. Comentarios al pasar. Que fulano escribió un mail, que mengano llamó por teléfono. Que falta poco para volver. Hasta que de repente, el auto empezó a serpentear como un gusano de parque de diversiones, incontrolable como Carlitos Tévez, en medio de la estepa patagónica.
Sería una cubierta por estallar. Algo lógico, 27 mil kilómetros después. Claro que sí. Veamos. Sí, ha de ser eso. La cambiamos. Ahí está. La auxiliar. Venga para acá. Oh. Qué cosa. Martes 13. La auxiliar está completamente desinflada. Mire usted. ¿Y qué hacemos? Sol. Maldito sol. Dos meses sin asomar y ahora se ha ensañado con nosotros. ¿Hay un baño cerca? (Les dije que estaba indispuesto, je). A no desesperarse.
Otra cambio de goma. Ahora la original, que finalmente no estaba por reventarse. (Cómo harán los tipos de Ferrari para hacerlo tan rápido. Guachos.) Bueno, vayamos despacito. ¿Dónde? Buena pregunta. A ninguna parte. Si lo más cerca está a 200 kilómetros, ya quedó dicho. Esperemos. ¿A quién? Si aquí no pasa nadie. No lo crean. Ahí viene un señor que, ni hay que pedirle, solito para.
Ahora estamos viajando en un camión que lleva detrás un grupo electrógeno y una cabina de transmisión. Viene de Río Gallegos. El auto nuestro ha quedado a un costado de la Ruta 3. Ya el camionero, ducho, ha vaticinado que es un problema de “bolillero”. Me digo que desde la época de la Universidad no tenía problemas de bolillero. Pero más problema es saber quién nos remolcará.
No es sencillo. No se puede tirar con lanza ni empujar. Hay que levantar el Fiesta en un trailer. ¿Un qué? Un trailer. Oh. Ahí veo uno, dijo el camionero, y nosotros con cara de otro gol de Diego a los ingleses. Son obreros de vialidad. Dicen que sí, que en un rato nos auxilian, nomás cuando terminen de sacar de la ruta todos los ladrillos que se cayeron de un camión que hizo una mala maniobra.
Hay polvo rojo como si se tratara de Misiones o de una cancha de tenis. Nos dicen que esperemos dos horas en la casa rodante del campamento de los viales. Ahí vamos. Dos horas en la Patagonia no son nada. El camionero sigue su viaje. Se despide nuestro primer salvador. Lo otro es juego de niños. Durará un tiempo que ni vale la pena contar cuando el tiempo ya no es de uno.
Buscar el auto 60 kilómetros atrás, traerlo 60 kilómetros delante, cargarlo en el trailer, arrastrarlo en un camión Volvo de la primera guerra mundial, encargar el repuesto a Caleta Olivia mediante sistema UHF, que los amigos viales lo coloquen con mano experta, obsequiarlos con cigarrillos, prometer un asado bajo juramento de honor, sacarla barata. Nada. Puto martes 13. Tenían razón.
Ahora son las 11.50 de la noche. Otra vez el tiempo vuelve a ser algo que uno puede manejar. El auto está chocho, como si hubiera ordenado un día para que sólo se encarguen de él. (Ya ha sido dicho que 9 meses después el auto también habla). Ya en Puerto Deseado, un hotel nos ofrecerá ducha y cama, que es todo lo que se necesita para volver a respirar hondo. Una brisa marina nos devuelve buena parte del espíritu. Dentro de diez minutos se terminará el día de la yeta. Esperemos que nada pase en este ratito.
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