CRIMEN EN BRASIL: HABLAN LOS AMIGOS QUE FUERON DE VACACIONES CON EL JOVEN ASESINADO
Estuve pensando en algo… ¿Sabés que nunca le dije a mi papá que quería ser como él? Se lo tendría que haber dicho”. Era miércoles 18 de enero y la noche caía lenta sobre los morros que abrazan la bahía de Ferrugem. Sumergido en las introspecciones que desatan las noches bellas y estrelladas, Ariel volvió a insistir: “Se lo tendría que haber dicho”. “No te preocupes, Ari, se lo decís a la vuelta. Tenés tiempo”, le devolvió Fernando, para rescatarlo de la melancolía y devolverlo a su habitual buen humor. “Todavía no lo puedo creer. Horas después Ari se estaba muriendo en un hospital. Es ridículo. Lo primero que hice al llegar a Ezeiza fue transmitirle al padre sus palabras. Jamás pensé que se las diría yo”.
Fernando Wall y Federico Germino son los mejores amigos de Ariel Malvino, sus compañeros de viaje, los testigos de su tragedia. Tienen 21 y 22 años y lo conocen a “Ari” desde el jardín. “Compartimos toda la vida con él. Era el mejor amigo del mundo. Todavía no entendemos lo que pasó. No tiene sentido, pero todavía esperamos que aparezca”. El que habla es Federico, un flaquito de modales mansos y gesto bueno, amable. “Somos un grupo re tranqui. Si hay piña nos vamos para otro lado. Somos de los que corremos”, sonríe. “Te aseguro que Ari no se metió, ni siquiera a separar. Quedó en el medio y pidió que paren, nada más. Pero se la agarraron con él”.
Viajaban juntos de vacaciones desde que terminaron el secundario. Habitués de Mar del Plata, habían resuelto este año cambiar las costa argentina por un destino distinto. “Salimos el 14 en colectivo, con sandwichitos que nos habían preparado las madres para el viaje. Estábamos re ilusionados”. Llegaron el domingo 15 y se hospedaron en la Posada do Sol. A la vuelta, en otra posada, estaban otros seis amigos del country Banco Provincia, donde tienen casa los Malvino y los Germino.
“Ese día nos quedamos hasta la una de la mañana en la playa mirando las estrellas. Nos impresionaba la oscuridad de la noche”, repasan, recuperando la alegría de esos primeros días. Como el martes llovió y el miércoles pintaba igual, alquilaron un auto para ir a Florianópolis. Pensaban quedarse a pasar la noche pero el tiempo se puso lindo y decidieron volver. “Llegamos a Ferrugem a las 22 y nos recostamos un rato. A la 1.30 nos compramos cinco latitas de cerveza y las fuimos a tomar a la playa. A eso de las tres fuimos para el centro; pensábamos irnos a dormir porque estábamos cansados por el viaje, pero nos encontramos con amigos y nos quedamos”.
Era la madrugada del jueves, cerca de las 5. Federico estaba con Fernando en una esquina y Ariel se alejó unos 40 metros, adonde estaban los chicos del country. “De repente veo que se arma una pelea terrible. Eran un montón y era algo típico de rugbiers: iban corriendo y tirándose piñas de una esquina a la otra. Yo miraba de lejos, pero de pronto se hizo una ronda y hubo corridas. Decidí acercarme porque había tantos conocidos que temí que alguno la hubiera ligado gratis. Ahí me di cuenta de que era Ariel”, cuenta Federico, a quien le tocó ponerle el pecho de ahí en más a situaciones horribles.
“Empecé a gritar que era mi amigo. Le saqué la cédula del bolsillo, pedí que llamen a la ambulancia. Todo era una locura. El patrullero estaba a dos cuadras pero llegó a los 20 minutos. La gente me decía que le habían pegado dos piñas y que le habían tirado una piedra. Yo pedía que abran lugar para que llegue aire. Ari estaba desmayado, tenía convulsiones, pero no me di cuenta que era tan grave porque unas chicas que estudiaban medicina decían que sólo estaba inconsciente”, cuenta Federico.
Había pasado casi una hora cuando llegó la ambulancia. “Vino sólo con un chofer. No trajo ningún médico. Así que lo subimos a Ari y yo me fui con él y otro amigo teniéndole la cabeza”. En tanto, como los había perdido, Fernando se había vuelto a la posada: “Es que nosotros no somos siquiera de curiosear cuando hay piña. Pensé que los chicos llegarían al rato”, repasa.
La ambulancia fue por un camino de tierra hasta una ruta en la que había otra ambulancia detenida. En esta segunda lo llevaron hasta el hospital de Imbituba. “Yo le hablaba pero Ari estaba totalmente inconsciente. Cuando llegamos al hospital le conté al médico lo que había pasado y me dijo que además de las piñas tenía un golpe en la cabeza y que estaba grave. No entendía nada. Le pedí que lo trasladen porque el lugar era muy precario, pero me dijeron que no podían porque estaba en coma”.
A las siete llegó Fernando con el dueño de la posada, Mario, que los ayudó muchísimo. “Enseguida Ari hizo el primer paro cardíaco. Después hizo un paro respiratorio y ya no volvió. Todavía no lo asumo. Las imágenes se me vuelven a la cabeza todo el tiempo”, cuenta Federico. A las 8.30 llamó a sus padres para contarles lo que había pasado y pedirles que le avisen a los papás de Ariel.
Volvieron a la posada a las 3 de la tarde. Dos detectives se acercaron a la posada para tomarles declaraciones. “Estábamos asustados, llorábamos sin parar, no entendíamos nada. Nuestros viejos nos llamaban cada diez minutos. Y la llegada a Ezeiza fue terrible. El papá de Ari fue a esperarnos, nos queríamos morir”.
El Consulado los ayudó a contactar una funeraria y los trasladó a Florianópolis, pero no hubo ninguna ayuda económica. “No teníamos dinero suficiente, tuvo que viajar un padre para hacerse cargo”, cuentan los chicos.
Federico y Fernando no tienen consuelo. Querrían haber hecho más, haber estado más cerca, volver el calendario atrás, a sus viajes a Mar del Plata. Pero no. La madurez que les exigió la vida de un día al otro los obliga a pisar la Tierra: “Nada nos va a sacar este dolor y este vacío, pero que los responsables vayan presos nos aliviaría mucho. La muerte de Ari no va a pasar como una más. No dejaremos que haya silencio. Si tenemos que ir a Corrientes a contar lo que pasó vamos a ir. Habrá Justicia”, prometen.
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