CRISIS EN LA CANCILLERÍA POR EL CASO DE LA DISIDENTES CUBANA
Atrapados entre el compromiso moral y las simpatías políticas, el Gobierno quedó ayer envuelto en el dilema de cómo resolver el caso de la disidente cubana Hilda Molina, quien se refugió el miércoles a la madrugada en la Embajada Ar gentina en La Habana luego de saber que Fidel Castro había rechazado un pedido de Néstor Kirchner para que la dejara salir de Cuba.
La tensión se dispersó, apenas, ayer a la noche, cuando se supo que Molina había abandonado la Embajada donde permanecía con el status de “huésped” por su voluntad y sin haber pedido asilo político.
Pero lo curioso es que la situación de esta mujer y su madre de 83 años —que permanecieron más de 24 horas en la sede diplomática— no sólo agudizó la tensión bilateral entre la Argentina y Cuba sino que desató una crisis institucional dentro de la Cancillería .
Ayer, tanto fuentes del Gobierno como de la Cancillería, daban por seguras las renuncias del embajador Raúl Taleb y del jefe de Gabinete de la Cancillería, Eduardo Valdés, mano derecha del canciller, quien había promovido la gestión oficial del caso. Y a esto se agregaban los rumores de una dura disputa entre el canciller Rafael Bielsa y su segundo, Jorge Taiana, por la estrategia en este tema.
Hace dos semanas, Kirchner firmó y envió una carta a Castro pidiéndole que le permitiera viajar a la neurocirujana antes de Navidad para reunirse con Roberto Quiñones —su hijo naturalizado argentino— y sus dos nietos que reclaman por el caso desde hace 10 años.
Contra los cálculos políticos de Bielsa y Valdés, Castro respondió el martes con un “no” y contraofertó en una carta a Kirchner, que fuera la familia la que viajara a La Habana. La negativa fue a contramano de la reciente liberación de una docena de disidentes políticos de mayor entidad política, pero reclamados por España.
Tampoco torcieron la postura de Fidel el fluido contacto con Kirchner, ni gestos políticos de la Argentina como haberse abstenido de condenar a Cuba en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, en Ginebra.
“Me consta que el canciller cubano (Pérez Roque), en Guadalajara se comprometió con Bielsa a colaborar y hacer las gestiones necesarias para que Hilda Molina viniera a la Argentina”, apoyó ayer el diputado Federico Pinedo, entre muchas voces políticas que se pronunciaron a favor de que el Gobierno le otorgara el asilo a Molina.
Horas antes de la respuesta de Castro, Bielsa había presionado públicamente a Cuba para que respondiera. Por lo bajo hubo hombres del Gobierno que lo criticaron por haberlo hecho desde Washington, justo al salir de un encuentro con Colin Powell. La paradoja es que puertas adentro el argentino habíadiscrepado con el secretario de Estado, justamente, al evaluar los progresos en materia de derechos humanos en la isla.
A punto de dejar Washington rumbo a Berlín, Bielsa y Valdés habrían autorizado que Molina fuera recibida en la Embajada al enterarse de que la neurocirujana planeaba “encadenarse” al frente de la delegación, señaló una fuente diplomática. Taleb aún estaba en Buenos Aires.
La alternativa no era un escenario viable. ¿Cómo rechazar que entrara si se había pedido públicamente por su caso?
El Gobierno apostó entonces a resolver la situación en reserva, mientras descomprimía la tensión política diciendo que la propuesta de Castro era “un paso adelante”, aunque en Buenos Aires, su hijo ya hubiera rechazado viajar a La Habana.
En tanto, Bielsa envió al embajador en Honduras, Alfredo Forti, desde Tegucigalpa para pilotear “in situ” las negociaciones con el gobierno cubano. “Este es un tema que requiere mucha delicadeza, porque están de por medio situaciones familiares dolorosas”, opinó desde Belo Horizonte cuando la crisis era pública y arreciaban los rumores sobre el enojo presidencial.
Una fuente del Gobierno cuestionaba anoche que se haya embarcado al Presidente en firmar una carta pública sin tener garantías de que Castro aceptaría.
En la turbulencia, resurgió el mentado enfrentamiento entre Bielsa y su segundo, el vicecanciller Jorge Taiana. En el riñón del canciller se lo responsabilizaba por haber azuzado las críticas a la movida diplomática en los oídos presidenciales.
Taiana, que conoce el caso desde sus tiempos en la Comisión de Derechos Humanos de la OEA, siempre se opuso a la táctica de presionar a Cuba en público por el caso, sosteniendo que no se obtendría el resultado buscado. Y de hecho habló el miércoles del tema con el Presidente durante la Cumbre del Cambio Climático. Los propios dicen que, aun sin retirar sus objeciones, buscó acompañar la gestión de Bielsa.
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