CRISTIANOS Y JUDÍOS CELEBRAN SUS RESPECTIVAS PASCUAS
Tienen una misma tradición y hasta comparten un libro sagrado, pero sus credos registran, cuanto menos, una diferencia sustancial: mientras los judíos siguen esperando a su Mesías, los cristianos llevan más de dos mil años predicando que ya llegó. Así y todo, las dos religiones atraviesan por estos días sus respectivas celebraciones principales. Los judíos conmemoran el Pesaj, una fiesta de liberación que comenzó anoche al caer el sol y durará hasta que salgan las primeras estrellas dentro de 8 días, y que evoca la salida de Egipto del antiguo pueblo israelita. Los cristianos, por su parte, comienzan a transitar el llamado “triduo” de la Semana Santa: hoy recuerdan la Ultima Cena de Jesús y sus discípulos, mañana su pasión y muerte, y el Domingo de Pascua la resurrección. Con un sentido distinto al del Pesaj, se trata también de una fiesta liberadora.
Cada una de esas celebraciones tiene un marco ritual —en algunos casos de ceremonia pública, en otros estrictamente familiar— que remite a hechos históricos (o, según la perspectiva que se adopte, mitológicos) de miles de años. Las tradiciones se han aggiornado, pero los símbolos de cada una de las festividades religiosas sobreviven sostenidos con celo o gracias a la resignificación (ver aparte).
Tradición semítica
El Pesaj coincide con la semana del 15 al 21 (o 22, en la diáspora) del mes de Nisán, el primero del calendario hebreo bíblico. Se trata de la fiesta más antigua del pueblo judío y para muchos estudiosos recoge una tradición semítica que celebra el retorno de la primavera al hemisferio Norte, con la que luego coincide la partida de Egipto del pueblo israelita, hace más de 3.300 años.
Por entonces, recuerda el rabino Fernando Cohen, al frente de la sinagoga de Catamarca 2032, los israelitas estaban “brutalmente esclavizados” y por eso su salida de Egipto adquiere un rotundo significado liberador.
El nombre Pesaj viene de pasah, pasar (o “saltear”, interpreta Cohen), ya que evoca la promesa de pasar de largo de sus casas que Dios hace al pueblo israelita para salvarlos de la última peste enviada a Egipto, la muerte de los primogénitos. Para que el Angel Exterminador pudiera identificarlas, los judíos echan mano a un rito eficaz: marcar puertas y dinteles con la sangre sacrificial de un cordero. Al día siguiente, Moisés encabeza el éxodo permitido por los egipcios.
Pero el Pesaj no sólo es recordatorio: también se instala en el presente de la comunidad judía como un “hecho positivo”, explica el rabino. Por eso la reunión familiar (que ayer además tuvo una edición institucional en el restaurante Mercurio) no es algo secundario, sino un ritual compartido. “Nos juntamos con nuestras familias y relatamos los milagros de la salida de Egipto en base al (libro sagrado) Hagadá y otra serie de cosas extraídas del Talmud”, dice Cohen.
Y aunque no todos los hogares judíos siguen tan estrictamente la tradición, se cuentan con los dedos los que quedan al margen. “Esta es una fiesta muy masiva que se celebra como pocas”, sostiene Cohen, y afirma que, “más allá de que se sepa o no cumplir la ley, que se respete o no el séder (cena ritual), todo el mundo se sienta a la mesa con un sentimiento especial”.
Continuidad y ruptura
También para la cristiandad la Pascua es la celebración principal porque a través de ella se plasma la salvación prometida en el Antiguo Testamento. “Para el cristiano la Pascua es la fiesta fundamental”, sentencia el padre Fernando Varea, párroco de Lourdes y doctor en derecho canónico.
El sacerdote no interpreta la celebración cristiana —y católica— como una mera ruptura con la tradición hebrea. “En cierto modo es una continuidad de la Pascua judía, pero con una significación y un elemento esencial para nosotros, que es recordar la resurrección de Cristo”, explica.
Aun así, la diferencia no es menor. “En la Pascua los cristianos recordamos todas las promesas hechas por Dios al pueblo de Israel y retomamos muchos de esos valores, pero claro que hay una diferencia sustancial y es que los judíos aún festejan la Pascua esperando la salvación de Dios, mientras que para los cristianos la promesa de redención está cumplida en Jesucristo”, dice. Una merced divina que, sin embargo, depende también del fiel. “Porque no es algo fácil saber aprovechar esa salvación y aplicárnosla”, advierte Varea.
Aún se discute si la Ultima Cena que los cristianos recuerdan el Jueves Santo (ver aparte) fue en realidad el séder de la Pascua judía que Cristo estaba celebrando junto a sus discípulos.
Para el rabino, por ejemplo, esa hipótesis es más que posible. Para Varea, en cambio, no está tan claro. No se sabe, explica, si Cristo festejó el Pesaj esa noche o la anterior, un dato no menor por cuanto en ese momento convivían en el pueblo un calendario hebreo y otro esenio. Y hay quienes ubican a Jesús dentro de esta última comunidad.
Hay en ambas celebraciones —Pascua judía y cristiana— un signo de liberación. En el primer caso, a través de la sangre del cordero inmolado para proteger al pueblo judío, lo que permitió la salida de Egipto y su escape de la esclavitud. Por eso el valor del Pesaj es dignificador.
En el caso cristiano, porque los Evangelios muestran a Jesucristo también inmolado el Viernes Santo —de allí su nombre, “Cordero de Dios”—, el mismo día de ese año en que según San Juan se sacrificaba el cordero pascual para el Pesaj en el Templo. También esa es una sangre “expiadora y liberadora” que sella una nueva alianza.
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