CRISTINA KIRCHNER NO ACEPTA SER CANDIDATA
Las exploraciones iniciales han tenido la marca del fracaso. Néstor Kirchner mantiene congelada su estrategia electoral para 2007. No tiene hoy otro candidato que no sea él mismo. E insiste en que no quiere ser. Pero Cristina Fernández, su esposa, desechó en los últimos días las primeras sugerencias serias que escuchó para convertirse en aspirante a presidente.
¿Quiénes trataron de persuadirla? Se supone que ese dilema forma siempre parte del diálogo matrimonial. En sus oficinas políticas o en su alcoba. Aparte de Kirchner no son muchos los funcionarios que se atreverían a parlamentar sobre aquella cuestión con ella. Tampoco son muchos los funcionarios que tendrían la venia presidencial. Quizás apenas un par: Alberto Fernández, el jefe de Gabinete, y Carlos Zanini, el secretario Legal y Técnico.
Uno de esos dos hombres —o los dos— dialogaron con Cristina. Ese diálogo coincidió con un alarde de optimismo sobre la ponderación pública de la senadora que hicieron desde el Gobierno. Se fogoneó una encuesta que demostró que Cristina, al igual que Kirchner, estaría en condiciones de triunfar sin la necesidad y el riesgo de un ballottage. La distancia que separaría al mandatario de su mujer oscilaría en 13 puntos. Pero la senadora le arrancaría casi 18 puntos a su perseguidor, Mauricio Macri.
Hay encuestas que dicen otra cosa. Que la arrimarían a Cristina a la posibilidad de la segunda vuelta. Pero las encuestas electorales forman ahora parte del universo imaginario en que suelen navegar los políticos. El año que viene es un tiempo excesivamente lejano para una sociedad atraída por otros quehaceres y padecimientos. Las ofertas son todavía muy imprecisas, más en la oposición que en el poder. Falta, por ejemplo, la última palabra de Roberto Lavagna.
Los argumentos arrimados a Cristina tendrían una médula. Los próximos cuatro años de Gobierno no estarían marcados por las demandas económicas sino por las reformas de índole institucional. De arranque se detecta un derroche de confianza: nada indica que la economía vaya a caminar sobre ruedas sin la necesidad de un auxilio permanente. Nada garantiza la ausencia de estremecimientos, por motivos internos o externos.
Aquel libreto imaginaría a la senadora promoviendo la reforma tributaria, la reforma en el área de salud y la puesta en marcha de una nueva Ley Educativa que empezó a asomar de la mano del ministro Daniel Filmus. No se mencionó otra cuestión que merodea la cabeza del Presidente y también de Cristina: la posibilidad de otra modificación constitucional que corrija supuestos errores en la sancionada en 1994. Kirchner y su mujer fueron partícipes en su época de aquellos errores. Y lo aceptan.
¿Qué le disgusta a la senadora de esa propuesta? De ningún modo ser el motor de hipotéticos cambios que demandarán estudios y discusiones. Ese es su ámbito preferido. Pero aún está convencida de que esa batalla podría darla desde su banca en el Congreso y no desde un lugar del poder que absorbe y aja. La gestión cotidiana, a su entender, impediría todo lo otro. Quizá le sirve de espejo la presente experiencia de su esposo. En cualquier caso, la tarea requeriría de ella una docilidad que se le desconoce y una permeabilidad para atender la razón de los demás.
También la invaden otras dudas. La factibilidad de ejercer con verdadera independencia el poder si es que Kirchner dejara al mando con buena valoración popular. El temor a que pueda fomentarse una autoridad con dos cabezas. Y los interrogantes de hasta dónde la sociedad argentina estaría preparada en esta instancia para aceptar a una mujer al comando del Gobierno.
Hubo un episodio de la semana pasada que la habría impactado y que, en realidad, también impactó al Presidente. Fue la visita a Mendoza de Michelle Bachelet. Vieron a la mujer con coraje que conocieron hace años, pero también a una mandataria algo abrumada por un cúmulo de problemas impensados que aquejan a Chile. En un momento intimista del diálogo que mantuvieron, Bachelet cuestionó la severidad con que la trata la oposición, el mal trato general que le dispensa la prensa y desgranó una confesión: “Hay sectores de la sociedad y de la dirigencia chilena que me castigan sólo por mi condición de mujer”, afirmó.
¿El rechazo de Cristina es irrevocable? Casi nada en política lo es. Alguna vez dijo que nunca sería senadora por otra provincia que no fuera Santa Cruz. Lo es ahora por Buenos Aires. No funciona como engranaje dislocado en la maquinaria de poder de Kirchner. Habrá que ver las circunstancias. Habrá que esperar el desafío que es capaz de plantear la oposición. La presión de su marido, de Alberto Fernández y de Zanini no aflojará.
Aquella pretensión de debates con vuelo y de un intento de reparación de la calidad institucional no es, además, lo que se visualiza en la Argentina de este tiempo. La añoranza se hizo profunda la semana pasada con la muerte de Rogelio Frigerio que, más allá de toda consideración política, fue un dirigente empeñado en vertebrar ideas de infrecuente calidad. Pero la nación política prefirió regodearse metiendo sus narices en una alcantarilla. La atmósfera se inundó de vahos nauseabundos.
El detonante fue la revelación, 25 años después, de que el diputado Juan José Alvarez había pertenecido a las estructuras de la SIDE. Alvarez es ahora legislador pero ocupó lugares ejecutivos clave (en Seguridad) en las épocas más crudas de la crisis argentina. Y no permanecía al margen de ninguna competencia política. Suena incomprensible, entonces, que en algún instante no haya mensurado el valor y el sentido de su paso por un organismo tan discutido y sospechado.
Antes de caer en la tentación de pretender demonizar todo aquello que tenga relación con las orillas del peor pasado, deberían conocerse las tareas precisas que cumplió Alvarez en el epílogo de la dictadura y el amanecer de la democracia. Ajustada esa cuenta, tampoco se podría invalidar la historia posterior: el diputado desarrolló un trabajo eficiente como secretario de Seguridad cuando la crisis estaba en pleno hervor durante la emergencia de Eduardo Duhalde. Evitó represiones y desbordes en un momento en que se contaron 17 mil marchas callejeras. El sayo no le cupo por las muertes de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán.
El episodio tuvo, sin dudas, facetas y efectos múltiples. Uno de ellos es otra degradación de una política que viene degradada. Será imposible que con esas manifestaciones pueda recobrar algún grado de afecto y confianza popular. Pero sobresale además la vulnerabilidad de informaciones sensibles que el Estado debería tener la obligación y la responsabilidad de resguardar.
La SIDE vuelve a estar, sin remedio, en la picota. La función del organismo de Inteligencia parece durante este Gobierno —como lo fue en los anteriores— también vidriosa. Por razones de presupuesto, casi todas las delegaciones en el exterior fueron levantadas. Funcionan las de Chile, Brasil y España. La información internacional reservada llega por otros canales. La energía se deposita en asuntos domésticos.
La carpeta que involucró a Alvarez salió de una Dirección Especial, con medidas de seguridad estrictas, a la cual no accede cualquiera. El diputado portaba en ese momento una doble filiación. El resto de las carpetas están en otros lugares de la dependencia y con clasificaciones diferentes. ¿Cómo pudo salir de la SIDE burlando el control de las autoridades? Los máximos responsables son dos hombres que provienen de la Patagonia. El ex gobernador de Santa Cruz, Héctor Icazuriaga, de buena reputación, oficia de jefe. La espada política es, sin embargo, Francisco Larcher. Ambos tienen una directa vinculación con Kirchner.
Alberto Mazzino, el actual director de Análisis de la SIDE, es el único funcionario que en los comienzos de los 80 compartió las oficinas con Alvarez. En esa época estaba también Jaime Stiusso, el director de Operaciones. La divulgación de su foto le valió un proceso judicial al ex ministro Gustavo Beliz. Pero la oposición insiste con la presencia de un grupo de ex policías de Santa Cruz que estarían actuando también en el organismo. Añaden otro dato: habría pasado por allí a comienzos del 2005 Wilfredo Roque. Roque volvió a ser jefe de Policía de Santa Cruz tras la renuncia del gobernador Sergio Acevedo. Lo había sido entre 1991 y 2003. Tuvo, además, un interinato en la delegación de la SIDE en Río Gallegos.
¿Fue el Gobierno responsable de esa filtración? Lo fue porque las carpetas salieron de la SIDE. ¿Buscó afectar el armado político de Lavagna y sembrar temor en la oposición? Todo indica que sí, aunque las conjeturas serían infinitas. Convendría reparar en las consecuencias inmediatas: Alvarez fue respaldado por los ex duhaldistas, aunque el grupo que responde a Adolfo Rodríguez Saá decidió emigrar. El diputado sigue comprometido con el proyecto de Lavagna y no estaba ensayando —como se rumoreó— ningún pacto con el poder. Ni habló con Alberto Fernández ni transó en las sombras con el kirchnerista Carlos Kunkel.
Lavagna tuvo el reflejo atinado para no encharcarse en esas aguas sucias. Los diputados de uno y otro bando alzaron un paño blanco después de amagar con una guerra. Se inició un sumario en la SIDE con el propósito de descubrir la anomalía. Todos gestos razonables, salvo el silencio sugestivo e inconveniente del Gobierno.
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