CUANDO EL PELIGRO RECORRE LAS CALLES
Doscientos metros. Hasta esa distancia llegaron a encontrarse los metales retorcidos de un camión que el 15 de febrero de 2001 chocó y estalló cerca de la localidad de Susana, en la ruta 34, cuando transportaba cloro gaseoso. Los testigos del accidente aseguraban por entonces que las llamas podían observarse desde varios kilómetros.
Aquel hecho ocurrió en una zona rural. Sin embargo, el peligro de que una situación similar se repita está siempre latente en algunos de los sectores más densamente poblados de la ciudad de Santa Fe. Fuentes de la Dirección de Defensa Civil de la Provincia reconocieron que por las avenidas Alem y 27 de Febrero circulan frecuentemente camiones que llevan el mismo producto que estalló en Susana, mientras que otros vehículos transportan combustibles, soda cáustica o ácidos de uso industrial (ver nota aparte).
La decisión del gobierno provincial de prohibir el ingreso de un cargamento de DDT -plaguicida fuera de uso por sus efectos contaminantes- que iba a ser enviado desde Córdoba para que fuera depositado en San Lorenzo, puso nuevamente al descubierto el tema del transporte de sustancias riesgosas.
No resulta sencillo confirmar cuándo se realizó el último control coordinado sobre cargamentos peligrosos en la ciudad de Santa Fe. Sin embargo, y más allá de los datos contradictorios que aparecen entre distintas reparticiones, se estima que a fines del año pasado se montó un operativo en el que participaron Defensa Civil, la Subsecretaría de Transporte de la Provincia, la Secretaría de Medio Ambiente, la Municipalidad, Bomberos y Policía.
El problema no es menor, sobre todo porque no existen en la ciudad controles sistemáticos sobre esta clase de transportes mientras recorren sectores urbanizados. ¿Qué efectos tendría en Santa Fe un accidente de las características que alcanzó aquel impacto producido en la ruta 34?
Preocupación
Los responsables de las distintas áreas involucradas en la problemática reconocen su preocupación y advierten que los controles se realizan a través de un “sistema de muestreo” en forma más o menos periódica, pero nadie tiene certeza acerca de qué tipo de sustancias está atravesando la ciudad en un momento determinado.
El tránsito internacional por la ruta 168 de camiones con este tipo de cargamentos se redujo en Santa Fe a partir de la inauguración del puente Rosario-Victoria. Fuentes del Ejército Argentino informaron que, apenas tres veces por semana, la balsa que cruza el Paraná está transportando un camión que lleva tubos con gas licuado -los vehículos con cargas que no representan riesgo utilizan el túnel subfluvial-. Sin embargo, continúan circulando por las avenidas de la ciudad camiones con destinos locales y nacionales.
El puesto de Gendarmería, ubicado en la zona de Colastiné Sur, tampoco controla la existencia de sustancias peligrosas. Además, permanece cerrado durante las noches.
“A veces el transportista no sabe qué está llevando. Lamentablemente el peligro no sólo existe en Santa Fe, sino en la mayoría de los pueblos a la vera de las rutas. De todos modos, nosotros contamos aquí con una brigada de primera intervención para riesgos especiales”, dijo el jefe de Bomberos, Julio Blanc, quien reconoció estar “preocupado” por la situación.
El secretario de Medio Ambiente municipal, Jorge Aími, afirmó que “supuestamente” el Cobem y los organismos de seguridad deberían contar con los recorridos autorizados ante la presencia de sustancias peligrosas, “pero siempre existe el transporte `trucho’ que es difícil de controlar”.
De todos modos, El Litoral pudo confirmar que ante la presencia de combustibles, solventes, ácidos y otro tipo de químicos, no existe ninguna clase de advertencia a las autoridades. “Es imposible controlar cada camión. Para ello deberíamos tener una cabina en todos los accesos a la ciudad”, explicó Aími.
Desde Medio Ambiente de la Provincia, Marcelo Terenzio sostuvo que “la encargada de controlar la circulación de estos materiales es la Subsecretaría de Transporte”. Pero desde dicha repartición se respondió que los responsables del control son los agentes de Defensa Civil: “Nuestros inspectores no tienen los elementos para hacer esas inspecciones. Se necesita gente técnica especializada”, aseguró Gerónimo Bonavera, de Transporte, quien aceptó no contar con “un detalle de los camiones con sustancias peligrosas”.
A principios de 2001, en un informe publicado por El Litoral, las autoridades de la Dirección de Defensa Civil de la Provincia ya reconocían la existencia del problema. El tiempo pasó y, más allá de que existieron esfuerzos por coordinar tareas sobre cómo actuar frente a un accidente, en materia de control y prevención poco parece haber cambiado.
Los productos y sus efectos
Personal de la Dirección de Defensa Civil de la Provincia elaboró un listado de las sustancias peligrosas que transitan las avenidas 27 de Febrero y Alem. Entre ellas aparecen combustibles líquidos y sólidos, cloro gaseoso -en cilindros de 800 kilos-, agua oxigenada -envasada en cilindros de 200 litros-, soda cáustica, ácido sulfúrico y amoníaco.
El Lic. Walter Albornoz, un bombero que presta servicios en Defensa Civil y está especializado en Sistemas de Protección contra Siniestros, explicó que en caso de que estallara un tanque cargado con nafta en una zona urbana “habría que evacuar un radio máximo de 800 metros”.
“El estallido se puede producir en caso de que se incendie el camión y los tanques levanten temperatura. Este calor haría que el combustible líquido entre en ebullición y genere vapores a una enorme presión. Lo mismo podría pasar con cualquier otro líquido, pero es mucho más grave en el caso de combustibles porque las llamas se extenderían rápidamente en toda la zona”, advirtió.
Si se produjera un derrame de soda cáustica o ácido sulfúrico, los efectos serían diferentes. “Como cualquier corrosivo -explicó Albornoz- producen quemaduras químicas porque deshidratan la piel, generando desde ampolladura hasta la muerte de los tejidos, según el grado de exposición o concentración”.
Lo que se debería hacer frente a un derrame de estas características “es actuar con suma rapidez colocando taludes de arena o tierra, de manera que el líquido no se extienda ni llegue a las bocas de tormenta”.
El mayor riesgo es que estos productos químicos “reaccionan” con el agua y pueden generar vapores tóxicos. “Los bomberos saben cómo tienen que actuar, aunque se plantean dificultades cuando el derrame es acompañado por un incendio, pues no se puede utilizar agua”, insistió el especialista.
Quienes transportan estas sustancias no están obligados a advertir a las autoridades cuando circulan por zonas urbanizadas.
El cloro es otro producto que “se ventea como gas y puede ser tóxico en altas concentraciones cuando se inhala”.
En realidad, los efectos de estas “nubes tóxicas” están directamente ligados al comportamiento del viento. “Este es un factor que nos puede jugar a favor o en contra. En caso de no haber viento, los gases tienden a elevarse y sus efectos se pierden”, indicó Albornoz.
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