CUANDO LA PALABRA INVADE Y CAMBIA LA VIDA EN LOS PENALES
La palabra. Estar o no estar en ella es la diferencia. La palabra, es la única palabra para los presos, la que traspasa barrotes y cercos, la que evita motines y fugas, la que otorga a un detenido la posibilidad de imaginar una nueva vida apenas deja la prisión y de tener entre sus manos algo vedado a aquellos que pierden su libertad, el futuro. Esta visión es compartida por guardiacárceles, comisarios y por los propios presos, que consideran que esta nueva vida que consiguen les ayuda a no volver al delito. Pero este trabajo no se sostiene sólo en Rosario: en Buenos Aires las prédicas de los grupos evangélicos hacia las poblaciones penales logran que sólo un dos por ciento de internos reincida en el delito una vez que abandonan la reclusión.
No es casual que en las cárceles más del 40 por ciento de la población se vuelva evangelista. De hecho, durante la masacre de Coronda los líderes religiosos jugaron un importante rol que logró evitar más muertes, según contaron varios testigos.
Este fenómeno llegó a las comisarías locales, donde ya hay tres seccionales “convertidas a la palabra” y un trabajo que con paciencia los cristianos vienen realizando en más de la mitad de los penales de comisarías.
Desde hace tiempo la seccional 14ª de barrio Belgrano alberga una población completa de “hermanos”. Después, le siguió la 18ª y mañana más de 40 reclusos que viven en la seccional 19ª de Barrio Moderno serán bautizados en la fe cristiana. Un acontecimiento al que no faltarán pastores ni fieles y que representa la conversión de los reos y el inicio de una vida en Dios. El bautizo está previsto para las tres de la tarde, cuando los internos serán sumergidos en una pequeña pileta de lona.
UUNA ZONA COMPLEJA
José Luis Juárez llegó como jefe a la comisaría 18ª en enero de 2004 y, según reconoce, uno de los mayores problemas en esa jurisdicción eran los presos a los que había que cuidar.
“Había fugas, motines, retención de visita, presos que se cortaban. Y nunca hubo menos de 50 o 60 presos”, reconoce.
En marzo de ese año un grupo de pastores le pidió autorización para “predicar” en el penal. Desde ese momento, dos veces por semana las autoridades religiosas comenzaron a brindarle “la palabra” a los reclusos.
“Lo primero que noté es que se terminaron los problemas”, admite Juárez, quien desde esa época desconoce lo que es una fuga, un motín, una visita retenida, o un hecho violento entre los 60 reclusos forzados a convivir allí.“Los presos tienen la presión de la familia. Sufren cuando los vienen a ver y les cuentan las necesidades por las cuales atraviesan”, explica el comisario.
Hoy el penal es otro. Está pintado, reciclado, tiene ventiladores, televisor, cable y una disciplina muy rígida que ellos mismos establecieron. En las paredes abundan prolijas inscripciones, todas extraídas del Evangelio. Además, adaptaron un sector de la seccional que hoy funciona como templo.
Tres presos devenidos líderes religiosos son los encargados de las tareas que se reparten entre todos los reos. Una de las reglases la prohibición de fumar, a tal punto que entre el listado de cosas que se le prohibe a los familiares ingresar al penal están los cigarrillos.
LA HISTORIA DE UN CONVERSO
Irineo tiene 26 años, es padre de dos hijos. Es uno de los líderes religiosos del penal y, si bien está a punto de recobrar su libertad, desde hace cinco años predica en los lugares donde le tocó estar detenido.“Yo conocí la palabra desde muy chico. Pero en el 2001, estando detenido, encontré a Dios”, sostiene.
Sobre el trabajo que realiza en los penales, considera que la reconversión de una persona que ha delinquido no es tan sencilla: “Nos encontramos aquí, con una vida ya vivida y darte vuelta no es tan fácil”. Y explica que “la palabra exige tener una conducta como persona y en estos lugares te encontrás con un montón de contradicciones, pero con Jesús se puede”, asevera.
Su conocimiento sobre Dios le llegó en el penal de la 16ª. “Yo lloraba mucho, estaba lleno de dolor, me decía «por qué a mí», pero también sentía que había desobedecido y entendí que tenía que servir a Dios. Dejé de un día para el otro las drogas y el cigarrillo. Y recuperé a mis hijas y a mi mujer”, afirma.
Hoy es el primer día de salida de Irineo. Fuera del penal lo espera su familia y un trabajo junto con su hermano. “Me voy a casar, y ya tengo una casa que tengo que arreglar”, cuenta ilusionado.
Sobre su trabajo en los penales, elige una palabra: perseverancia. “Todo se logra, todo tiene un proceso y hay que perseverar. Hay que hacerlo de corazón”, agrega.
“Hay gente que se aferra mucho a la paz del penal –dice– y cuando salen se encuentran con una realidad muy dura”.
“Yo trabajé seis meses con un único compañero y le fui probando que con Dios se puede. Si estás en el vicio, no podés escuchar, pero Dios te ayuda”, asevera.
SIN CONFLICTOS
Según Juárez, hay un 10 por ciento de la población que no se ha convertido, pero tampoco molesta. “Viven en un lugar tranquilo, donde no hay problemas ni rastreros (los que roban objetos personales o comida), algo que es común en los penales”, agrega.
En la comisaría 18ª, la población penal es móvil. “Por semana caen dos o tres nuevos acusados de robo calificado. De golpe, se encuentran con esta realidad y la mayoría se engancha. Los que no encajan con el resto piden traslado. Es muy estricto todo: si bien hacen un esfuerzo por convertirlos, el que no quiere es el que pide traslado”, afirma.
La efectividad de los que predican “la palabra” en los penales es reconocida desde varios lugares por el titular de la dependencia. “Es positivo. El que trabaja con presos está siempre expuesto a una gran presión. Pero el penal se termina transformando en un lugar que gracias al Evangelio se convierte en un lugar sin problemas y te facilita el trabajo.
Porque gracias a esta situación podemos brindarle otro tipo de servicio a la comunidad en la prevención del delito”, opinó Juárez. “Yo creo que la mayoría, cuando salga de acá no va reincidir. Vos leés el historial de cada uno, ves el cambio y no lo podés creer”, indicó.
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