Cuando me escuches decir…
Cuando me escuches decir que esto es así o de ninguna otra manera, reíte.
A carcajadas.
No existe en el mundo un solo modo de ver las cosas. Ni dos.
Tan distintos y tan iguales, todos. Somos capaces de dejar neuronas, garganta, nervios y buena parte de la vida intentando controlar lo que no podremos jamás controlar. Convencer al otro de lo que jamás podremos convencerlo.
Y no. No hay, nunca lo hubo ni lo habrá, una sola manera de ver las cosas. Ni de pensarlas, ni de sentirlas, ni de crearlas.
Tienen que pasar muchos malditos años para terminar comprendiendo que cada uno es dueño de ver al mundo como se le antoje verlo. Y que aunque hayamos pactado cosas elementales para poder sobrevivirnos a nosotros mismos, (y no hace falta que pasemos por Hobbes ni por Rousseau para entenderlo) es inútil creer que habrá alguna vez una sola manera de ver las cosas.
No podrán los que lo intenten.
Ni la Iglesia Católica de las cruzadas pudo con la mujer libre, ni ISIS podrá.
Ni las bombas atómicas pudieron con las alianzas opositoras, ni la fría URSS matando millones de inocentes.
Ni los nazis con los judíos. Ni los turcos con los armenios.
Ni los bombardeos de Plaza de Mayo con el peronismo
Ni el peronismo con los que no creemos en él.
Ni la fe con Saramago.
No me hacen falta tus discursos, ni tus gritos. Ni la amenaza del mal que viene. Ni el fatalismo de tus advertencias. El mundo seguirá andando hasta que se apague el sol, y en el mundo habrá tantas miradas como hombres queden. Y tantas libertades mentales como mujeres nazcan.
Es en vano que insistas. Y es ridículo exigirme a mí que piense como vos, si no lo pienso.
Somos nosotros, nuestra infancia, nuestro barrio, nuestras carencias y nuestros afectos, nuestros libros, la memoria, los discos que escuchamos, los viajes que tuvimos la fortuna de hacer. Los amigos con los que nos emborrachamos. Lo amaneceres que compartimos. Las pieles que mordimos y besamos. El golpe en la cara que recibimos. Las tristezas, los desconsuelos, los fracasos, las mentiras que dijimos. Somos las verdades que demoramos en decir, las emociones, el grito de gol, nuestros te quiero. Las ilusiones, las promesas que nos hicimos. Los años que pasan por nuestros cuerpos, la serenidad que alcanzamos cuando lo conseguimos. La desolación y la desesperación de las demoras. Somos eso, somos lo que cada uno fuimos, y no habrá modo de ser otros que esos mismos.
Aunque finjamos. Aunque le pongamos precio. Aunque intentemos camuflarnos en ropas creadas para otros. Seremos siempre lo que fuimos, y no demorarán mucho en saberlo.
Lo que somos es lo que fuimos. Y ninguna otra cosa que nuestra propia construcción personal, a veces enlazada con las ilusiones de unos parecidos.
Y no podrán, jamás.
Ni los ateos con los feligreses
Ni la bestia con el arte, ni el arte con la bestia
Ni Mozart con la cumbia villera ni la Mona Giménez con la Sinfónica de Berlín.
Ni el idiota con Sarmiento
Ni Sarmiento, a mi pesar, con todos los idiotas juntos.
Ni la represión con los homosexuales,
Ni la tristeza con los que tenemos ganas de reír, hasta que salga el sol.
No hay una sola manera de mirar las cosas, aunque seamos amigos, hermanos mellizos, familia, maridos, hijos o padres.
No existe la coincidencia perfecta sobre el color que vemos, sobre las cosas que nos conmueven, sobre lo que es justo o injusto, si no está en juego la ley. Ese pacto que hicimos.
No sabemos cuándo empieza ni cuando acaba el juego. Ni sabremos jamás, hasta donde dura lo que sentimos, ni si lo que sentimos o pensamos será por siempre así.
Somos lo que fuimos, y lo que somos en este instante. Y podemos ser otra cosa, si lo que nos ocurre tiene la potencia de modificarnos. Y eso nunca se sabe, maldita sea.
Es absurdo que intentes decirme como tienen que ser las cosas, porque aunque lo creas así, tengo una mala noticia: no lo sabés, ni aun creyendo saberlo.
Por eso, no me escuches cuando te digo con voz de autoridad, como son las cosas.
El mundo está habitado por una manada de locos, entre los que nos incluimos.
A cada segundo alguien regala amor, mientras otros matan a sus semejantes. Y ninguna de las dos, se pueden evitar.
No pudo Ana Frank con Hitler. Ni Hitler con el diario de Ana Frank.
No pudo Spinetta con el cáncer, ni el cáncer con la obra de Spinetta.
No pudieron los inundados con Reutemann, ni podrá Reutemann con la memoria de los inundados.
No pudo la guerra con Chaplin.
No pudo la cárcel ni el Apartheid con Mandela.
No pudo el Nobel con Borges
No pudo, dicen, la muerte con Jesús. Ni Jesús pudo con el traidor.
Cuando me escuches decir que esto es así o de ninguna otra manera, reíte.
A carcajadas.
Este contenido no está abierto a comentarios

