Cuando pa’ Chile me voy
Ya hemos bajado de la lancha que durante dos horas nos paseó por los más recónditos y caprichosos rincones del Lago Puelo, uno de los más lindos entre sus colegas patagónicos. Sin embargo, dos postales nos persiguen como si se empeñaran en recordarnos el recorrido con obstinación. Una es una cascada que trae agua glaciar desde las alturas del bosque; la otra, el cruce a Chile superando el desnivel pedregoso y endemoniado que hay entre el lago y la angostura del río.
Es media mañana pero algunos nubarrones han hecho tardar el alba, de modo que el cielo se presenta como si recién hubiera amanecido. Abrigado para la ocasión, Jorge, el conductor de la lancha, hace rugir el motor en el muelle, unos metros adentro del agua, unos metros adentro del Parque Nacional Lago Puelo, que desde hace un tiempo tiene esa categoría y ya no depende de Los Alerces.
El baquiano advierte que el día no es el mejor. Pronto estaremos con una lucha interior de sensaciones. Por un lado el cuerpo que se entumece implorándole al viento que deje de traspasarlo como una daga en punta. Por el otro, los sentidos abiertos como se están abriendo las plantas que durmieron su invierno para dejar asomar sus flores de primavera, esas que le dan un condimento especial al paisaje.
La costa es una lejanía borrosa y las laderas de los montes verdes caen en picada hacia el lago. En las profundidades más abisales, esto que ha sido un valle antes del alzamiento de la cordillera, puede alcanzar los 180 metros. Pero es tan vertical la costa que no tarda en alcanzar una profundidad de 50 metros apenas cerca de una orilla inalcanzable, rocosa y paridora de especies arbóreas lujuriosamente bonitas.
Es curioso como los alerces o los maquis, los arrayanes o las lengas, crecen desde dentro mismo de las piedras. Jorge acerca la lancha lo más que puede a un arrayán que parece un dibujo. Dice que los minerales de las aguas bastan y sobran para hacerlo vivir sin la necesidad de que la tierra los alimente. Crece el frío y no alcanzan los ojos. El tiempo pasa a un estadio diferente.
Pronto el lago, que se había puesto en calma contradiciendo al viento, muestra su final, en una bajada abrupta de un par de metros y una angostura hecha río que anuncia que el curso marcha hacia el Pacífico. Será cuestión de comprobar el templo de los nervios y cruzar. Jorge dice que habrá que tomar algunos recaudos pero que bajo ningún punto de vista ingresará agua a la lancha. Los equipos de filmación, agradecidos.
El motor de la lancha cruje y la aceleración, corriente abajo, para salvar el desnivel de piedra y agua espumosa que corre como torrente es exitosa. Se escuchan algunos gritos nuestros acompañando el ruido de la corriente. Es un segundo que se parece a bastante más. Los saltos se repiten dos veces. Pasa casi inadvertido un cartel que cuelga del cerro y anuncia “República Argentina”. Lo propio sucede con un cablecarril que utilizaban los primitivos pobladores, y que ahora es apenas un adorno en medio del verde y el turquesa.
Ya estamos en Chile. Es ahí, entre las rocas y la nada, donde está viviendo los Melo. Es una familia que tuvo que correrse unos kilómetros pero no cambió sus hábitos de solitaria presencia en la zona. Antes vivían del lado argentino y hasta tienen una cascada bautizada con su nombre. Pero a los mapas los hacen otros que suelen no entender de la geopolítica y, conflicto del Beagle mediante, fueron expulsados de nuestro pago, nomás por ser chilenos.
Justamente la cascada de los Melo, y otras que encontramos en el regreso, son las que se aparecen ahora que la travesía ha terminado. Es que, el agua baja y parece encenderse en lucecitas de colores vivos en azul o turquesa. “Son los minerales que bajan como chispas”, dice Jorge. Cuarzo. Eso es. El cuarzo baja hacia el agua y le da ese color que más parece producto de una alucinación que de algo palpable.
Ya hemos bajado, quedó dicho, después de dos horas por el Lago Puelo, tuteándonos con jóvenes especies de árboles bicentenarios, bajo la atenta mirada de los cóndores, con un leve dejo de frustración por no haber podido observar un huemul desde abajo hacia las alturas. Sin embargo, esas cascadas de las chispas de cuarzo, esa caída de adrenalina pura entre las piedras y la espuma de agua, nos siguen acompañando. Es factible que por mucho tiempo. Quizás para siempre.
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