CUANDO SE PIENSA EL AMOR
En el lobby de un hotel cinco estrellas, entre empresarios elegantes, promotoras deslumbrantes y turistas disfrazados de turistas, Alberto Cortez aparece como una rara avis de este ecosistema. Con remera a rayas horizontales, jeans y zapatillas, embutido en una campera que no se desabrocha, ni siquiera muestra ínfulas de artista internacional consagrado. Parece un tipo común: alto, robusto, agigantado por sus debilidades culinarias. Al sentarse a la mesa de la confitería, aún bajo los efectos del jet lag, pregunta si la entrevista no estaba pactada para una hora más tarde y luego tararea María Bonita. “¿Nunca te ha ocurrido que no puedes quitarte una canción de la cabeza? —pregunta, con un acento madrileño que irá perdiendo en minutos—. Me pasa por estar leyendo una biografía novelada de Agustín Lara”.
Después de todo, a los 63 años, Cortez también está en tema. Acaba de llegar desde España para presentar el CD Después del amor, con temas cargados de dichas y desdichas sentimentales.
Alguna vez dijiste que no escribías tantos canciones de amor porque todas estaban dedicadas a tu esposa (la pintora belga Renée Govaerts) desde hace 39 años. Ahora presentás un disco enteramente romántico…
Es cierto. Hay una explicación y es de tiempo. Estas canciones, muy eróticas, fueron compuestas a lo largo de muchos años; desde que empecé a grabar discos, allá por comienzos de los 60. Son temas que no incluí en otras placas y que fueron cubriendo distintas edades mías. Compuse Un cigarrillo, la lluvia y tú, por ejemplo, a los doce años, cuando tenía prohibido el cigarrillo y el tú.
¿Los amores fallidos dan mejor material para la composición que un matrimonio de décadas?
Depende desde dónde lo mires. El drama tiene una aceptación particular en el público. Pero mis mejores canciones están inspiradas en mi mujer, lo más puro que tengo. Para escribirlas he tenido que investigar mis sentimientos, no los de ella. Porque el amor es cosa de uno, no de dos, como todo el mundo dice. Lo principal es estar enamorado. Si ese sentimiento es retribuido por otro simétrico, fantástico.
En una nota con Jorge Guinzburg declaraste: “La inmoralidad no tiene perdón; la infidelidad, sí”. ¿Podrías ampliar la idea?
Un tipo que está seis meses lejos de su mujer empieza a colmarse de necesidades. Las mujeres también tienen necesidades psicológicas y físicas. Pero nosotros generamos hasta sustancias que debemos expulsar, siempre que no pretendamos convertirnos en expertos en manualidades (ríe). Entonces tenemos que buscar una solución al problema. Es lo mismo que comprar una entrada para ir a ver una película…
¿Una entrada comprada de común acuerdo con la pareja?
Te hablaré claro: no soy un putañero. Si alguna vez he recurrido a semejantes cosas es por una necesidad física, no por una necesidad mental ni espiritual.
¿Y a qué le llamarías “inmoralidad” en el ámbito de una pareja?
No tolero a los que se enamoran de otra mujer, algo que puede sucederle a cualquiera, y no se lo plantean a su esposa. Ahí tiene que surgir la ética. Tienes que enfrentar a tu mujer y decirle: No te quiero más, me he enamorado de otra persona. Lo que no me parece honesto es vivir una doble vida. De hecho, eso ha ocurrido en mi entorno inmediato con queridísimos amigos que han dejado de ser queridísimos por eso.
¿Por qué con tu mujer decidieron no tener hijos?
No fue una decisión sino un accidente. Buscamos un hijo de recién casados. Nos hicimos estudios y a ella le encontraron un problemita por el cual debieron operarla. Después, mandamos cartas a París pero no tuvimos respuestas. Finalmente, te entra la resignación. Ahora, casi hasta me alegro de no haber tenido hijos. A lo mejor es egoísta, seguramente lo es. Pero veo muchos conflictos con los hijos, al menos en Europa. Mucha distancia.
Se dice que los hijos otorgan alguna forma, acaso la única, de inmortalidad. ¿No creés en eso?
En todo caso, esa sería una inmortalidad egoísta. Cuando en una pareja hay amor y nace un hijo, la pareja termina dando paso a la familia. La pareja muere.
En 1996 fue él quien estuvo a punto de morir. En Mar del Plata, le descubrieron una obstrucción de carótida a la que le sucedieron complicaciones neurológicas. El 18 de enero fue operado; le quedaron algunas secuelas motrices. Carlos Menem, entonces Presidente, le mandó a sus médicos personales y lo invitó a rehabilitarse en la quinta de Olivos. Al año siguiente, Cortez volvió a Buenos Aires y, al presentar la canción Mis amigos, mencionó a Víctor Heredia, Serrat, Fangio, Valdano y Menem. Una silbatina que jamás había recibido como músico lo dejó sordo.
¿Qué hubieras votado en el ballottage, nunca hecho, Menem—Kirchner?
Hubiera votado al que tenía proyección futura. Creo que la opción era Kirchner. Pero no dejo de reconocer la mano formidable que me echó Menem. De alguna forma, me salvó la vida. Me cedió la quinta presidencial; pasaba cada día a preguntar cómo estaba: mi mujer y mi madre no podían creerlo. Claro que eso es una cosa y su gestión de gobierno es otra. Debo decirte que hubiera votado a Néstor Kirchner.
¿Cómo ves la gestión de Kirchner desde afuera de la Argentina?
Creo que si sigue actuando con sensatez puede recuperar parte de la confianza de la gente. Pero la Argentina es ciclotímica; como un mar embravecido, con olas que van y vienen. Si estuviera en mis manos, dejaría que los hechos se desarrollaran de a poco. No endiosaría al Presidente. Es peligroso. A veces creemos que estamos al lado de Dios y que él nos pide consejos.
¿Cómo está tu salud?
Estoy bien pero gordo, lo cual es evidente sin que lo diga. Es un problema: los que tenemos un cierto halo público estamos obligados a mantener un grado de estética visual, aunque también moral, espiritual. Y no puedo salir cabreado a un escenario por no haber comido lo que quería. Me hace daño, lo sé, pero qué le voy a hacer.
¿No le tenés miedo a la muerte?
Te podría decir, en un acto de valentía tonta, que no. Mentiría: todos le tememos. Aunque, si lo analizás a fondo, el miedo es a la premuerte, a la enfermedad que te va a joder los últimos días. Como le pasó a mi padre, que tuvo un cáncer de vejiga a los 48 y que antes de morir estuvo un año pasándola de putas. Miguel Hernández decía: Tanto penar para morirse uno
Durante tu convalecencia dijiste que, como ya habías entrado en la “premuerte”, tal vez te hubiera convenido seguir de largo y evitarla en el futuro…
Sí. Pero mejoré. Y ahora, ilusiones como ésta, subir a un avión y venir para acá, hace que todo lo que dije en aquel momento haya sido una tontería.
¿Qué hubiera pensado aquel chico que escuchaba a cantores de pueblo en el bar de su padre, en Rancul, del artista que sos hoy?
Sentiría un gran asombro. De chico, mi contacto con el mundo era la radio. Escuchaba el Glostora Tango Club, con Alfredo De Angelis. Mi sueño máximo era conocer a Carlos Dante o a Julio Martel. Hasta que llegó un día en que, en una entrega de los Premios Konex, un hombre me dijo: Maestro, quiero felicitarlo. Le pregunté si era de Konex. Me contestó: No, fui un cantante de tangos. Era Martel. Temblé; tuve que agarrarme de la silla. Aquel chico de Rancul no hubiera entendido eso. Yo tampoco.
¿Te arrepentís de algo en tu carrera?
Sí. Hubo una época, hasta los 20 años, en que me dediqué a lo frívolo. Incluso muchos discos míos de ese tiempo lo fueron. Tal vez encuentro algunas buenas ideas, pero mal escritas, mal hechas, frívolamente hechas. Claro: con 19 o 20 años, quería tener una mujer estupenda en la cama y un coche deportivo en la puerta. Andaba con anteojeras, como los caballos, me interesaba ganar dinero y tener fama. Por suerte, creo que pude redimirme de aquellos pecados de juventud.
Cuando cantaste en el Colón, en 1992, dijiste que se había cumplido tu sueño artístico. ¿Qué te motiva ahora?
Poder seguir andando; me refiero a escribir y cantar. Hace años, le preguntaron algo parecido a Jacques Brel. Contestó: No me queda nada por escribir. Pero después, cuando ya estaba enfermo de cáncer, escribió Ya voy, una canción hermosa, profunda, densa, tremenda, en la que cuenta cómo se va acercando a ella. La obra del artista no está terminada hasta el último día. Y es mejor no ceder a la tentación de escribir el epílogo antes de tiempo.
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