Cuarto capítulo, atrás
Es frecuente cuando uno viaje que se vaya poniendo metas, mojones a alcanzar, más o menos breves, quizás para ordenarse, acaso para no perder el punto de partida, tal vez para imaginar el punto de llegada. Y en este cuenta absolutamente arbitraria, nosotros hemos dividido el recorrido en meses. Y resulta que ya han pasado cuatro.
El derrotero nos ha hecho dar cuenta, dolorosa cuenta, del contraste entre la belleza natural y la pobreza humana que gobiernan el noreste y el noroeste. Y en este último mes que hoy concluye, el contacto con Catamarca y La Rioja ha transmitido sensaciones similares.
Sólo que a 120 días de la partida, con la certeza de que es imposible profundizar investigaciones periodísticas cuando uno está de paso por cualquier sitio, también queda claro que la desigualdad es tan manifiesta que la superficialidad de una mirada leve alcanza para descubrirla.
Es sabido que las estadísticas y sus abanderados montan ranking como quien habla de la tabla de posiciones de cualquier torneo. Y que en el imaginario ranking de la pobreza argentina, Catamarca y La Rioja se encuentran encumbradas, indigentes, apenas unos escalones de Formosa, Chaco o Santiago del Estero.
Ahora, ¿pueden ser pobres dos provincias que apenas juntan entre ambas 700 mil habitantes –algo así como Santa Fe y Paraná juntas- y tienen capacidad para explotar más de 20 minerales? No, en efecto, ni Catamarca ni La Rioja son pobres, a pesar de que los riojanos y los catamarqueños sí lo son.
Sucede que –como en el resto del país- todo lo producido está rigurosamente privatizado en desventajosos contratos para las provincias y suculentos para los privatizadores y las empresas beneficiadas. Que por cada dólar de los 120 mil millones al año que ingresan a Catamarca solamente por la explotación del cobre, apenas queda 1 centavo; que el ingreso per capita de lo producido por La Rioja podría ser de 4 mil pesos por habitante, pero el dinero que llega desde la Nación como no coparticipable se cuenta como gasto reservado.
Ante esa situación, en las dos provincias de las que brotan minerales como manantial, la gente está condenada a vivir mendigando planes o morir temprano en una mina. Que conste, Catamarca y La Rioja son ricas, sólo que el dinero se concentra en una pocas manos o directamente se va por los contratos de privatización. Casi como si fueran dos provincias argentinas.
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