Cuenta regresiva
Tantos días después de la partida, es imposible medir el exacto paso del tiempo, tal como lo hacemos al compás de la rutina. Pero, hombre al fin, uno se inventa medidas, hitos, puntos que le permitan, por un lado sostener la gimnasia de crónicas que sí son rutinarias y, por el otro, adaptarse a este nuevo tiempo, que casi siempre está regido por uno mismo, a veces mal administrador, en otras no tanto.
Ocho meses después, tras haber dormido en más de 90 lugares diferentes, entre ambientes, climas, gentes, suelos tan distintos, es justamente eso lo que ha cambiado: el empleo del tiempo. Ahora es de uno y en la gimnasia diaria siempre lo manejan otros. Sin embargo, para buscar los acordes de la cronología habitual no son las noticias de los diarios o los programas de la televisión los que comprueban que bastante ha transcurrido.
No. El paso del tiempo, manejado por quien fuere, está dado por los amigos y los familiares que en más de 240 días han parido hijos, han combatido enfermedades, han militado elecciones o se han divorciado para empezar una nueva vida. Entonces, de repente parece que las cosas se entremezclan y que la rutina es acá y lo imprevisible allá. Quizás todo sea un poco en cada parte.
Otro síntoma del viaje es la relación establecida a esta altura con los lectores de cada día, los desconocidos con los que hablamos a través del mail como si nos conociéramos de siempre, la maravilla de una compañía lejana, el abrazo con el entorno como si no existiera la distancia; o sea, el milagro de la comunicación, afectiva, efectiva, a la máxima potencia.
Lo cierto es que pensar en el tiempo implica que en este mes, por primera vez se nos ocurrió que el regreso está cerca. Si podemos caracterizar a octubre en la ruta podemos decir que fue la época de la cuenta regresiva, de saber que los días para la vuelta bajaron a dos dígitos y que ahora, con rutina o sin ella, los días se escurren como si uno intentara atrapar el agua bajo sus puños.
Mientras nosotros nos tomamos tiempo para hablar del tiempo, octubre nos entrometió en una Patagonia para gozar, sea en el mar como en la montaña, y otra para pasarse una vida intentando descifrarla, conformada por personajes de Dostoievsky que se lo pasan inventando historias imposibles para amar a un sur que los convoca siempre a la nostalgia y como paga a ese precio les otorga la chance de vivir que en sus lugares de origen no les fue conferida.
Da la sensación que esa es la Patagonia, un amigable sitio que hace lugar a todos pero pone condiciones hechas clima que hay que pasar, que propone añoranzas permanente y que está en crecimiento constante. Para un cronista ávido, esto es demasiado. Elucubraciones sobre el tiempo, los amigos y el origen de lado, la certeza mayor es que nada de lo que hayamos contado en este octubre patagónico alcanzará para contar toda la Patagonia, un sitio inabarcable como el tiempo mismo.
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