CUENTOS DE AMOR, DE LOCURA Y DE MUERTE
Su personalidad fue realmente única en la historia de la literatura. Puede alguien imaginarse a Edgar Allan Poe inventando un aparato para matar hormigas; o a Antón Chejov domesticando un oso hormiguero; o a Jorge Luis Borges construyendo una maquina para destilar vino de naranja. Seguramente que no. Sólo Horacio Quiroga podía combinar la destreza literaria de libros como “Cuentos de la selva” o “La gallina degollada”, con inventos delirantes y muchos años de confinamiento en el corazón de la selva misionera.
Pero no parece posible hablar de su obra literaria sin contar algunos datos de su biografía, ya que la muerte, la soledad, la decadencia, los fracasos amorosos y la lucha por evitar un destino trágico, es una constante en su biografía y sumergió en las oscuras aguas de la desgracia a sus personajes.
En la ciudad uruguaya de Salto, un 31 de diciembre de 1878 nació Horacio Quiroga, escritor que estaría llamado a ser el padre del cuento moderno latinoamericano. Su existencia, fue cercada desde el comienzo por los asfixiantes brazos de la muerte. Sólo tenía 83 días de vida, cuando presenció junto a su madre, cómo se mataba su papá al dispararse accidentalmente con una escopeta de caza, y a los 15 años, revivió aquel doloroso recuerdo cuando su padrastro hemipléjico, utilizó también una escopeta para arrancarse la vida.
Las pasiones adolescentes de Quiroga estaban bastante lejanas del mundo de la literatura. Primero, soñó con convertirse en un ciclista profesional, pero lo continuos fracasos deportivos lo ayudaron a abandonar aquella idea. Luego, intentó experimentar con algunos conocimientos de química y solía conmocionar a toda su familia con explosiones e incendios en su habitación. Hasta que un día, junto con un amigo, casi como un juego, empezaron a escribir poesías y a consumir las tardes leyendo literatura.
Por aquella época estos inquietos muchachos descubrieron un libro de un poeta argentino que los maravilló. El autor era un tal, Leopoldo Lugones. Un año más tarde, viajaron a Buenos Aires y entablaron una amistad con al poeta. Otro de los viajes fundamentales del escritor, fue cuando conoció Paris y allí, frecuentó en los cafés a Rubén Darío. Pero al regreso de su viaje, la muerte, lo visitaría nuevamente. En el año 1902, Horacio Quiroga, mató accidentalmente a su amigo Federico Ferrando.
Intentando olvidar aquella traumática experiencia, Quiroga participó como fotógrafo en una expedición a las ruinas de los Jesuitas, en San Ignacio, organizada por Leopoldo Lugones. Allí, el escritor uruguayo, se enamoró del monte, del verde increíble, del rojo de la tierra y de los aullidos libertarios de los animales. Sólo tres años después, compró una chacra en San Ignacio, se casó con su novia Ana María Cirés y se fue a vivir a la selva misionera.
Pero la muerte no estaba dispuesta a abandonarlo. Su mujer Ana Maria Cirés se quitó la vida en diciembre de 1915, utilizando veneno y agonizó durante 8 días. Estas desbordantes dosis de dolor, tragedia y muerte se apoderaron de su literatura. Y por aquellos días comenzó su etapa narrativa más brillante, con su obra maestra: “Cuentos de Amor, de Locura y de Muerte”.
Horacio Quiroga cultivo los más variados tonos en su obra literaria: el dramático, el patético, el tierno y el humorístico. Pero en general, en su obra predominan los relatos crueles, donde la muerte es el único desenlace posible.
El estilo narrativo de Horacio Quiroga, es un cuento de estructura limpia y sencilla, donde predomina la narración por sobre el diálogo, o la descripción. Y donde no existe profundidad filosófica.
Alguna vez Julio Cortázar que admiraba profundamente los cuentos del uruguayo afirmó: “Quiroga figura entre los narradores capaces a la vez de escribir tensamente y de mostrar con intensidad, única forma de que un cuento sea eficaz, haga blanco en el lector y se clave en la memoria”.
En la vereda contraria, Jorge Luis Borges y los intelectuales que se reunían en torno a la revista Martín Fierro criticaban duramente a Horacio Quiroga y lo llamaban despectivamente “el antiguo” y además decían que era un escritor sobrevalorado.
En el comienzo de la década del 30’, el escritor intentó rehacer su vida. Se enamoró de María Elena Bravo, una jovencita amiga de su hija, 30 años menor que él. Esta mujer se convirtió en su segunda esposa y convivió seis años junto a Horacio Quiroga en la selva misionera. Pero un día de 1936 decidió abandonarlo y separarlo de la pequeña hija de ambos.
Aquel año, un fuerte dolor en el estómago, obligó a Horacio Quiroga a trasladarse a Buenos Aires para ser internado. Cinco meses después un médico, le comunicó el terrible diagnóstico, el escritor padecía un cáncer gástrico. Aquel “solitario y valeroso anarquista”, como alguna vez se autodefinió, no dijo ni una palabra. Salió a dar una vuelta por la ciudad y esa misma noche, el 19 de febrero de 1937, se quitó la vida bebiendo cianuro.
Su amiga, la poetisa Alfonsina Storni escribió en su memoria:
“Morir como tú, Horacio,
en tus cabales,
y así como siempre en tus cuentos, no está mal;
un rayo a tiempo y se acabó la feria
Allá dirán no se vive en la selva impunemente,
ni cara al Paraná.
Bien por tu mano firme, gran Horacio…
Allá dirán.
Más pudre el miedo, Horacio, que la muerte
que a las espaldas va.
Bebiste bien, que luego sonreirás…”.
Este contenido no está abierto a comentarios

