Cuesta creerlo
Hay veces en las que mirar y pensar van de la mano. Que uno siente que un paisaje, una mujer, una movilización podrían inspirarlo a escribirlo todo. Y hay otras, como en la Cuesta de Miranda, en la que el mirar con los ojos no alcanza, hay que congregar al cuerpo entero y ya no se puede pensar en nada.
Miranda es un pueblito que no dice mucho pero la Cuesta aclara bastante. El sólo hecho de recorrer la ruta 40 –que siempre tiene con qué sorprender- atrae a los visitantes. Pero además, si uno está en Chilecito o en Nonogasta (donde está la curtiembre de los Yoma, que “curten” a todos hace añares) y quiere ir a Talampaya, debe atravesar ese camino.
No son tantos los kilómetros –apenas 12-, no es tanta la altura sobre el nivel del mar –apenas 2050 metros-, pero muchos son los laberintos -320 curvas- y demasiada la belleza constituida por formaciones geológicas prehistóricas que constituyen la antesala del acceso al Triásico, que se concretará en el Parque de Talampaya.
La cuesta de Miranda está enripiada del color ladrillo que deja el polvo de las montañas coloradas y, según sea la posición del sol, los colores varían convirtiendo la zona en un arco iris granítico y gigante que sólo podría envidiar –pero nomás un poco- a la Quebrada de Humahuaca o a los Valles Calchaquíes.
Las quebradas le semejan y lo empinado del camino, le semejan a uno ir en una platea instalada en el ala de un avión. Hacia la cornisa, la tierra parece hundirse como si estuviera presta a mostrar su núcleo y hacia la montaña, muchas veces éstas forman un alero sobre los vehículos, una mezcla de sombra perpetuo y temor pasajero.
Al cabo de un rato que uno quiere perpetuar pero, como casi siempre, no es más que un rato, se anuncia el final del “camino de cornisa”, la ruta 40 se hace “normal” hasta llegar al pequeño pueblo de Pagancillos y Miranda se queda atrás, dejándole a uno la certeza de que no lo podrá contar tal como es.
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