Cuidados intensivos
Alguna vez hemos hablado de la extraña relación que establece quien pasa más tiempo con un objeto que con una persona. En San Juan tuvimos oportunidad de preguntar –por ejemplo- por la relación que establecen los científicos que pasan quince días del mes pegados a un telescopio, sin contactos humanos a la vista. En Uspallata había camioneros que estuvieron 24 días varados por la nieve, con la única compañía del camión.
Y después de 15 mil kilómetros, de más de ciento cincuenta días en el que a veces él también ha sido una cama, el auto se vuelve algo más que un auto, un principio de desarrollo burgués, una herramienta de trabajo, un móvil para el paseo, una excusa para la ostentación según sus virtudes. Nada de eso. El auto de alguien que prácticamente vive en el auto cobra vida propia, como alguna vez comentamos.
De modo que, como todo aquello que tiene vida propia, un hijo, un amigo, una mascota, una planta, el auto se convierte en demandante. Si uno no lo atiende es capaz de llamar la atención como un adolescente. Si uno lo higieniza es capaz de convertir en olor nauseabundo hasta un sahumerio de lavanda. Si uno lo mima con franela en sus vidrios es capaz de contestar congelando el gas para impedir una partida.
Nada de esto ha sucedido hasta el momento es este modesto auto que nos acompaña y que, no solo ha cobrado vida, sino que también ya se ha movido con coraje y decisión en terrenos tan disímiles como la piedra tosca, la picada, la tierra, el ripio, la nieve, una nube o las autopistas de Adolfo Rodríguez Saa. En función de todo esto, es que bien merece la pena que hoy tenga su día el servicial azul.
Hoy, en lugar de votar en las internas abiertas, llevar luego los chicos a Mac Donald, leer en el Clarín cómo nos va fenómeno pero no se nota, escuchar los partidos de la tarde para comprobar que Colón y Unión han reunido más de lo mismo o pasear por el zoológico de Mendoza que es uno de los tres más grandes de Sudamérica, vamos a dedicarle toda la jornada a él.
Será cuestión de devolverle tantas alegrías. O no, eso de devolver no suena correcto, más bien denota una relación interesada que no es la que se ha gestado entre él y yo. Digamos que será cuestión de compartir un día diferente: irá al service, recibirá un lavado de agua tibia acorde a los caminos cordilleranos, será mimado en ese vidrio que no levanta, tendrá finalmente anticongelante, renovará su seguro y su oblea de gas. En fin, esta nueva relación gasta más que una noche con la Zalazar, o llevar mellizos al shopping. Pero bueno, nos queremos.
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