Cuna “K”
Acá no es Kirchner. Ni Néstor, ni Pingüino, ni el presidente. Acá es “El Lupo”, la deformación de Looping, ese personaje de historieta narigón y chicato que fue popular en los 80. “El Lupo” para todos: oficialistas, opositores, opositores que se hicieron oficialistas, políticos nuevos, izquierdistas, derechosos, nostálgicos setentistas, desencantados, despreocupados o advenedizos que llegan a “hacerse la Patagonia”.
Y lo nombren como lo nombren, Néstor Kirchner, hijo de Río Gallegos, no pasa inadvertido para nadie en su pago, no porque sea el hombre que decide la suerte del país, sino de bastante antes, cuando de ser perdedor seguro en las internas peronistas pasó en poco tiempo a ser el líder de una de las provincias más ricas de la Argentina, donde hasta sus más enconados adversarios le respetan su “capacidad de armado”.
De afuera, la casa de los Kirchner se ve como confortable, aunque no lujosa. Es una esquina pintada de amarillo (no de rosado), que no tiene rejas ni custodios a la vista. El bar en el que Kirchner “toma café como siempre con sus amigos”, según los suyos o “hace populismo”, según sus adversario, es un boliche al que podría ir usted, con su barra, nada de otro mundo. Aparentemente, todo lo que rodea al “Mundo K” es terrenal.
Nada de champagne con pizza, parece. No obstante, un militante de izquierda no está de acuerdo con que no se parezca en nada a quien patentara la pizza con champagne. “Kirchner tiene todos los medios de comunicación acá, los maneja a su antojo y los compra a través de Ulloa, que es uno de sus hombres de confianza”. Temeraria la afirmación, que el oficialismo desmiente. Igual, un periodista corrobora aunque sea a medias: “acá, para que te den publicidad tenés que estar con ellos o fuiste”.
Una de las banderas del aluvión “K” es la obra pública. Y en Gallegos, como en todo Santa Cruz, se nota. Hace dos años estaban asfaltando un tramo de la Ruta 3 que vincula la capital provincial con el paso internacional de Monte Aymond. Más adelante, en Tierra del Fuego, estaban haciendo lo mismo con el camino desde Tolhuin a Ushuaia. En la isla todavía no terminaron. En Santa Cruz sí, y además están repavimentando otro tramo.
“Es que con eso hacen caja”, dice un trotskista convencido, de su trotskismo y de que “K” no es tan transparente a la hora de administrar pero “suele no dejar huellas”. Claro, los que se atienden en el hospital público de Río Gallegos, uno de los mejores de la Argentina, a la altura de las mejores clínicas privadas de Buenos Aires, opinan lo contrario. Igual que los que tienen una casa pagando apenas 80 pesos por mes o los que dependen del estado con su salario.
En verdad, en Santa Cruz, casi todos dependen del estado. Los petroleros, los maestros, los gendarmes y policías son la mayoría. Antes de las elecciones los policías estaban en conflicto por lo salarios. “K” bajó a su pago desde el norte y su sola presencia acabó con la porfía, o al menos consiguió una tregua, porque ahora otra vez hay problemas. Pero eso habla a las claras que de “K” se habla más por lo bajo que cara a cara.
En una estación de servicio hay una revista Noticias en el exhibidor. Claramente se ve al “Lupo” con una capa y una corona y lo bautizan irónicamente “El Rey”. Un hombre dice por lo bajo, llevándose la mano a la boca como quien tapa el viento y pide complicidad: “ojo que estos no le erran en nada, tienen razón”. Y la oposición, ratifica y condena: “no sólo es el rey, sino que como buen rey, está rodeado de lacayos”.
En ese sentido, propios y extraños le reconocen a Néstor Kirchner una enorme capacidad para negociar con ex adversarios políticos que intentan confrontar con él y terminan seducidos por algún cargo cerca suyo. Los ejemplos son innumerables. “El que se pelea con el Lupo tiene el destierro o un cargo, tiene que elegir”, dice un trabajador minero. Pero reconoce que ahí “se paga menos el gas, casi no hay desempleo, en fin, no se puede comparar con el norte”.
Así vive la Río Gallegos de Kirchner. Nunca lo hace pasar inadvertido. Por los medios para vitorearlo o por lo bajo para achacarlo. Le reconocen la obra pública y su fama de buen pagador. Le dicen que es irascible y hasta que esa irascibilidad lo conduce muchas veces a gestos autoritarios “a los que Cristina es más anuente todavía”, cuentan. Pero, por sobre todo, lo respetan. Es omnipresente en las charlas. Lo nombran siempre, para bien o para mal. Y en política eso suele ser importante, máxime cuando sólo nos habíamos acostumbrado a nombrar para mal.
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