D´ALESSANDRO Y ONETO BUSCARÁN LA FINAL OLÍMPICA PARA EL FÚTBOL Y HOCKEY SOBRE CÉSPED
Hay un conglomerado de voces y de colores alrededor. Van y vienen atletas, van y vienen ilusiones. Y en el ombligo de este planeta al que todos llaman Villa Olímpica están ellos. Vanina Oneto y Andrés D’Alessandro. Bajo el impiadoso sol del mediodía. Con la mejor de las ondas ante la convocatoria de Clarín.
Dice Vanina: “Yo les deseo de todo corazón a los chicos que pasen a la final, que Andrés haga un gol…”
Interrumpe Andrés: “Es medio difícil, no soy goleador”.
—Pero dale, deseame lo mismo…, le reclama ella.
—¡Qué viva! Vos sos goleadora, le replica él.
Pero decime, dale…, insiste ella.
Bueno, está bien…Ojalá que hagas dos o tres goles, o en realidad que los haga el equipo, y que puedan llegar a la final, contesta él.
Hoy las unas y los otros —primero las damas, claro— irán por la final de los Juegos Olímpicos. Nada más y nada menos. Todo será a partir de las 12 en Buenos Aires y en casi toda la Argentina, desde las 18 hora griega. Ellas, Las Leonas, irán por el boleto al oro ante las holandesas, mientras que ellos, los del fútbol, tendrán que eliminar a Italia para seguir su camino al Olimpo.
“Para nosotras es una final anticipada. Después del partido que perdimos con China el ánimo, obviamente, no fue el mejor. Varias chicas estaban bajoneadas. Pero debemos pensar que estamos en la misma instancia que si les hubiésemos ganado a las chinas, con la diferencia de que tenemos que enfrentar a Holanda ahora y no en la final”, sostiene Oneto, símbolo del seleccionado de hóckey sobre césped, que está a punto de ir a almorzar. Es la una menos veinte, y D’Alessandro ya se levantó, ya dejó el amplio salón comedor de la villa, y llega a su encuentro.
“Todavía no hay nada, sigue todo igual, ahora sólo tengo la cabeza puesta en este partido con Italia”, señala el Cabezón D’Alessandro cuando se le pregunta por las últimas novedades de su inminente traspaso del Wolfsburgo al Deportivo La Coruña.
Ella es fana de Boca y cuenta que “con Carlitos Tevez ya cambiamos una camiseta. Me dio firmada la suya y cuando le dí la mía me dijo ‘ésta es para el museo’. Es un personaje…” El, loco por River, no quiere líos: “No, cómo la voy a convencer… Si quiere ser de Boca, que sea de Boca, nomás”.
Ella tiene 31 años, él 23. Ella anda extrañando a montones a su hijita Maia, de un año y medio, y todavía recuerda las lágrimas que dejó en Ezeiza “hace 41 días”. El se siente más futbolista que nunca a la hora de posar: “No soy modelo, che… Además, si me río mucho se me ve el colmillo”. Ella recuerda que aquella noche del sábado 7, cuando se juntaron todos los deportistas argentinos en la Villa para cenar: “ellos eran los únicos que faltaban porque habían ido tarde a entrenar. Y cuando llegaron, empezaron a sentarse solos, aparte. Hasta que Clemente Rodríguez se metió en medio de algunos dirigentes. Y ahí sí se prendieron otros para sentarse intercaladamente con otros atletas. Se nota que son retímidos…”
Vanina ya tiene puesta la remera del Comité Olímpico Argentino. Ahora se cambia Andrés. “Ojalá —dice el cerebro de la Selección de Bielsa; y no se trata de un juego de palabras por su apodo— que tanto ellas como nosotros podamos llegar a la final. Los dos equipos tienen mucho para dar”.
—Eso… Y sin sufrir. ¡Por favor!, implora Vanina.
—Y quizá todo termine como empezó: con una fiesta aquí en la Villa Olímpica.
Andrés: Sí, ojalá.
Vanina: Con una cena tranquila, digamos.
Andrés: Claro, con una cena. No pongas fiesta porque sino, después…
—Pero vos, también…
Andrés: Con una cena tranquila y celebrando. Ese es el mayor deseo de todos.
Saludan, pegan media vuelta y se van. Caminando juntos. Pensando en hoy. Con sonrisas amplias. Las de ella. Y con sueños nuevos. Los de él.
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