De a pie
Una mochila con agua, unas naranjas y unas malas zapatillas. Tarareo a Zitarrosa que “son más largos los caminos pal’ que va cargado de más”. El sol es un enemigo implacable y el monte una mujer sugerente. Allá voy. A caminar rumbo al arroyo Bonito, que envuelve como las orquídeas o como un atardecer naranja a todo el pueblo de Montecarlo. Dicen que el arroyo es tan como su nombre que al llegar uno se queda horas contemplándolo. Mi compañera va tratando de que los ojos le alcancen para ver todo. Y va también el Chango, amigo con ínfulas de baquiano.
Por entre una plantación de citrus que alcanzaría para la Vitamina C de todos los pibes de Misiones arranca la expedición. La falta de agua todavía tiene verdes a los pomelos y las mandarinas. Se asoman algunas naranjas ombligo y se caen los limones que ya no serán. Parece que hace nada que salimos porque ni gotas de sudor se han asomado y parece que hace mucho si se juzga por la tierra que ya nos ha tapado.
Ahora vienen unos 300 metros de asfalto, los últimos, anunciando una subida pronunciada que luego sería un denominador común de la excursión.
Y después a la derecha, por una margen de Montecarlo. A un lado está el Cementerio y al otro el sudor. El baquiano dice que falta bastante todavía. Pero el cuerpo parece ofrecer cuerda para rato y nada hay de qué quejarse.
Sigue la caminata. Aparece lo que claramente es un arroyo. Uno se cree que el arroyo Bonito está ahí nomás. Pero no, “es apenas un brazo”, dice el Chango. Y está bien que así sea, piensa uno. Ya la naturaleza nos enseñó en Moconá que para mostrarnos paisajes de ensueño primero pide prendas difíciles.
Más para caminar, tanto más que una ampolla inoportuna quiere viajar sin pagar peaje sobre el dedo menor de mi pie derecho. Que venga, me digo, que acá se llega una sola vez.
Chango es baquiano pero no por eso no ha de tener hambre. Dice que paremos a comer unas naranjas. Me digo que ahora que la mochila tiene menos lastre iremos más de prisa. Pero una nueva cuesta arriba me indica lo contrario. No importa, todo sea por llegar al cauce principal del arroyo Bonito, el de las aguas frías que baja rumbo al Paraná.
Se ven los últimos vestigios de vida humana. Corretean unos chicos descalzos y desde una casa de madera suena una cumbia que se ha escapado río arriba de algún barrio de Santa Fe.
Menos la ampolla, que ahora se estira más para ponerse más cómoda, todos empezamos a sentir el cansancio. Para sorpresa de los caminantes, el baquiano también. Igualmente, allá vamos. Ahora empezamos a acordarnos de los que nos aconsejaron no ir entrada la mañana, porque el sol del mediodía, en Misiones, es muy ingrato con los forasteros. Si la cabeza duele algo será cuestión de no decir nada y seguir. Al fin y al cabo, cuando el paseo llegue a su punto culminante, las aguas frías del arroyo Bonito servirán de bálsamo.
El camino tiene muchas piedras y pocos sitios alisados. Las máquinas del municipio ya no llegan. O tenía, porque el camino va desapareciendo para convertirse en una huella. Zumban a los costados las moscas atraídas por la última naranja y las vívoras de cascabel que no quieren visitas.
Dice el baquiano que al pasar el último pinar estará el arroyo Bonito en toda su magnitud. Voy con lo poco que me queda de fuerza y con lo mucho que me queda de ampolla.
Los pinos bajan hasta los bordes de otros arroyos que no son el arroyo Bonito y hasta el costado mismo de la huella. El que planta pinos no quiere que ningún pino se quede sin ser plantado. Y tiene muchos. Por fin no hay más pinos, pero el baquiano se rectifica. Chango ahora cree que es un poco más lejos. Discutimos acerca de cuánto llevamos de recorrida. Bromeamos y nos reímos como método de defensa. Seguimos. Supongo por un momento que el arroyo Bonito ha decidido sin consultar al Concejo Deliberante, cambiar su curso por propia cuenta, porque no aparece por ningún lado. Una magra ración de agua que llevabámos llega a su fin. Los pies dicen basta. No hay arroyo. Hasta el baquiano, a quien en este momento dejamos de llamar baquiano, cree que será oportuno el regreso, para que la caída de la tarde no nos tome en el monte. A desandar. Allá vamo. O venimos. La ampolla y yo. Mi compañera y el Chango. Ellos hablan.
Todo lo que tengo para decir es para mi ampolla pero no me sale. Sigo y seguimos. Vaya uno a saber cuánto después se aparece un kiosco. Me pongo tan feliz como cuando a Moisés se le cerró el mar rojo para evadirse de sus perseguidores. Líquido por favor. “Acá sólo hay cerveza y gaseosa, pero líquido no, señor”. Es lo mismo, líquido ya. Y también comida. ¿Qué hay para comer? . Bien, bien, traiga pan y mortadela. Gracias.
Está agria la mortadela, fea, incomible; pero sabe tan bien en semejante circunstancia. La jaqueca se hace amiga y se va pero la ampolla decide viajar el resto del camino conmigo. Otra vez a andar. Más y más. Todo habría sido tan lindo sin la ampolla. El arroyo y el monte, como en las caminatas de Hansel y Gretel, aunque sin miguitas. Basta ya. Alguien viene por el camino….
Les confesaré un secreto si prometen no decírselo a nadie. 14 kilómetros después imploro que se detenga primero a un camión, más tarde un tractor, entonces con los pies en la mano regreso al fin al campamento central, rojo de tierra, colorado de vergüenza, preguntándole a la tarde ¿cómo será el arroyo Bonito? Chango, el baquiano, encima se burla de mi ampolla.
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