DE BIBLIOTECA DE BARRIO A PARADIGMA DEL SAQUEO MILITAR
La historia de la cultura argentina del siglo XX está plagada de tristes episodios que, censura mediante, han ensombrecido y postergado en décadas el desarrollo de nuestro ser nacional. Gobiernos civiles y militares se han sucedido, una y otra vez, dibujando cada uno a su medida distintas estrategias de regulación y control de todo lo que espontáneamente producía el campo cultural. Sin embargo, fue el último gobierno militar encaramado al poder en 1976 el que marcó la etapa más trágica y oscura de la cultura nacional, al punto de no haberse limitado a la prohibición de textos y otras manifestaciones culturales, a la persecución y el hostigamiento de los creadores, sino que, además, apeló sin retaceos a la desaparición física de miles de personas para lograr sus mezquinos objetivos. En ese período, la estrategia diseñada por los más tenebrosos personajes para la cultura fue, sin duda, funcional y necesaria para imponer sin miramientos el terrorismo de Estado. El caso de la Biblioteca Constancio C. Vigil, que los rosarinos vivimos en carne propia, es, quizás, el más paradigmático de nuestro pasado reciente. Hace dos semanas, y a 27 años de la intervención, el gobernador Jorge Obeid anunció “la voluntad política” de restituir aunque sea una parte de lo que fue saqueado por los militares, y devolver la Vigil a sus verdaderos dueños, la gente del barrio que la construyó con sus propias manos.
Biblioteca de barrio
A comienzos de los 60, la esquina de Alem y Gaboto es la típica postal de esos barrios de extramuros, alejados del centro de la ciudad, con calles estrechas y poco iluminadas que dan marco a casitas chatas habitadas por seres anónimos, sin historia, sin diplomas universitarios que viven sus alegrías y sus penurias cotidianas sin altibajos, como algo natural. Un barrio manso, quieto, en el que la mayoría de los vecinos trabajan en empresas de la zona y mandan a sus hijos a estudiar en escuelas cercanas, con un puñado de calles pavimentadas rodeadas de muchas de tierra y pocos comercios, apenas los necesarios.
En esa esquina, quebrando la monotonía de los paraísos que crecen sin orden ni pausa sobre las veredas, impregnada del aroma de comidas caseras que anuncian los mediodías, se levanta un edificio de nueve pisos que contrasta con el paisaje y el núcleo urbano que lo circunda. Es la sede de la Biblioteca Popular Constancio C. Vigil. La Vigil, como la identificaron con el paso del tiempo los vecinos y hasta el menos informado de los rosarinos, trascendió los límites de la ciudad y del país como ejemplo de lo que significó el esfuerzo solidario y el trabajo mancomunado de esos vecinos, anónimos y sin historia pero impulsados por sus anhelos y las esperanzas de una vida mejor. Creció gracias a la acción desinteresada de una comunidad que hoy la recuerda como uno de los más importantes proyectos culturales y educativos de la ciudad y, tal vez, la mayor experiencia en educación popular en América latina.
La Vigil nació como institución autónoma en noviembre de 1959, como una pequeña biblioteca para brindar libros y material de consulta a los vecinos de La Tablada, pero la propuesta pronto se expandió y en pocos años la gente del barrio fue testigo de la creación de una escuela primaria y otra secundaria, de un jardín maternal y hasta una universidad popular.
A partir de entonces se suceden, en forma vertiginosa, otras actividades educativas y culturales, como la escuela de música, la escuela de teatro, la de artes visuales, los cursos de expresión creativa infantil, de artesanías y de educación física. Más de 10 mil alumnos pasaron por sus aulas y recibieron gratuitamente lo mejor que el medio podía ofrecerles, tanto en el aspecto pedagógico como asistencial y cultural. Llegó a contar con 650 empleados, entre docentes y no docentes y alrededor de 20 mil asociados.
Otra de las actividades en que la Vigil concentró sus esfuerzos solidarios fue la creación de un observatorio astronómico equipado con un telescopio, que permitió a cientos de personas realizar cursos de astronomía, física solar, astrofísica, geofísica y tareas de investigación diversa que la llevaron incluso a programas de estudio a nivel nacional e internacional. Mientras tanto, la biblioteca popular, que originó las primeras actividades de la institución, que por su permanencia y expansión a través de los años definió mejor que ninguna otra área la esencia del complejo educativo, seguía creciendo y permitió a varias generaciones realizar múltiples actividades vocacionales descubiertas, en muchos casos, a partir de su creación.
El caudal bibliográfico se formó y se acrecentó gracias a las compras directas a editores, libreros y distribuidores, las donaciones de personas e instituciones, la adquisición de colecciones particulares y el canje nacional e internacional, llegando a las 55 mil piezas habilitadas para consulta y préstamo y miles en trámite de catalogación al momento de su cierre. Con el nombre de Editorial Biblioteca se inauguró en 1966 la producción y edición de libros a un ritmo vertiginoso. En 10 años se publicaron más de 100 títulos, con una tirada superior a los dos millones de ejemplares, de los cuales un millón se destinó a donaciones efectuadas a escuelas y bibliotecas.
La noche más negra
La dictadura militar que en 1976 había derrocado al gobierno constitucional dispuso la intervención de la Vigil el 25 de febrero de 1977. Siete días después se cerraban todas las escuelas extracurriculares, los cursos de capacitación y la biblioteca y se cancelaban las actividades de los talleres de producción, la caja de ayuda mutual, la guardería y el centro materno infantil.
Poco después, la intervención de transformó en liquidación y al mismo tiempo los ocho miembros de la comisión directiva, junto a otros funcionarios, fueron detenidos por personal militar y alojados en la Jefatura de Policía de Rosario. Los ocho directivos fueron liberados ocho meses después, sin que les abriera causa alguna, porque no se les imputó ningún delito. Dos docentes, algunos asociados y el titular de la asociación de padres de la escuela primaria aún hoy figuran como desaparecidos.
Pero si así de brutal fue el trato para con las personas, los libros recibieron un tratamiento especial. La biblioteca y el depósito de su fondo editorial, uno de los más importantes del interior del país, fueron saqueados. Se destruyeron y quemaron más de 20 toneladas de libros, cuatro toneladas más que en la triste y despreciable quema ordenada por Adolf Hitler en 1933, en los albores de la Alemania nazi.
También fueron destruidas miles de diapositivas que se utilizaban en las escuelas y en la editorial, con la consecuente pérdida de importantes obras originales en proceso de impresión, además de muebles, máquinas, insumos y materiales desaparecidos y de los que nunca más se tuvieron noticias.
Pero tal vez la mayor de las rapiñas perpetradas por la intervención militar fue el robo de la lente del telescopio, operación que sólo pudo concretarse mediante un delicado trabajo de ingeniería, ya que el gran artefacto tuvo que ser desarmado y la lente reemplazada por vidrios comunes.
La tarea de la intervención militar en la Vigil fue vil y rastrera: desarticuló la institución en todos los niveles, persiguió y encarceló a sus dirigentes, asumió las funciones de la asamblea de socios, liquidó el sistema educativo cerrando numerosos cursos y escuelas, cesanteó a la mayor parte de los empleados y docentes, interrumpió la prestación de servicios esenciales, robó, destruyó y, finalmente, vendió los principales inmuebles al gobierno militar de la provincia de Santa Fe en 1981.
Lo demás es historia reciente. En el edificio de Alem y Gaboto hoy se aloja la delegación local del Ministerio de Educación y Cultura de la provincia y otras reparticiones oficiales. Hace pocos días, integrantes de una comisión integrada por vecinos del barrio La Tablada y ex alumnos y directivos de la biblioteca se reunieron por separado con el gobernador Jorge Obeid y con el intendente de Rosario, Miguel Lifschitz, para hacerles conocer su intención de lograr la restitución de la personería jurídica y el patrimonio de la institución, como paso inicial para su recuperación y reactivación definitiva. Obeid sostuvo que comparte “plenamente” la idea. “La voluntad política es que la biblioteca Vigil recupere los bienes que le fueron saqueados por el gobierno militar. Estoy convencido de que tiene que haber una reivindicación histórica”, afirmó. Por su parte, Lifschitz prometió un amplio apoyo de la municipalidad a las gestiones y destacó que “se trata de un acto de justicia y de reparación histórica”.
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