De frente
Si un pudiente de Clorinda tiene que mandar a estudiar a un lugar pretencioso a su hijo, debe recorrer 1.500 kilómetros si elige Buenos Aires o 50 si elige Asunción. Si un no pudiente de Clorinda tiene que mandar a estudiar a un lugar pretencioso a su hijo, va de suyo que no podrá hacerlo.
Si un pudiente de Clorinda tiene que internar a su madre de urgencia tendrá que recorrer 118 kilómetros hacia una clínica privada de la capital de Formosa, donde no le garantizarán resultados, o recorrer 50 kilómetros hacia las clínicas europeas donde se cura la alta sociedad paraguaya. Si un no pudiente de Clorinda ve enferma a su madre, es probable que solo le quede rezar, en una comarca que ofrece sitios a granel para ese menester (por curioso que resulte, es más fuerte la inserción de la iglesia donde es más fuerte la inserción de la pobreza)
Así las cosas, la única ciudad del mundo que está frente a la capital de un país, sólo tiene eso para contar.
Los comercios de Clorinda son menos que en otras ciudades. Es que, en las épocas de la convertibilidad, todos los clorindenses compraban en Nanawa y en las épocas de la devaluación, todos los clorindenses quedaron sin poder siquiera comprar.
Ya nos vamos de la ciudad de las necesidades básicas insatisfechas. En la noche calurosa subtropical duerme en la vereda, envuelto en una bolsa de nylon gigante, un hombre que se parece a un mendigo, casi como un DNI de la zona donde, casi como una constante del sur, unos pocos tienen mucho a costillas de que unos muchos no tengan nada.
Al menos la cooperativa ofrece servicios baratos y Nanawa precios competentes. Si no, nadie sabe qué sería de Clorinda. Al costado de la ruta, miro a Cristo que de reojo, crucificado, me devuelve la mirada en lo alto de una cruz que domina el paisaje. No me dice nada.
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