DE LA GLORIA AL OCASO
El tiempo pasa y deja cosas en el camino. Invariablemente, las emociones y alegrías de ayer se cruzan con las penas de hoy. Es el caso de Huracán, paradigma de lo que fue y dejó de ser en nuestro fútbol. Emblema de un sentir futbolero en uno de los momentos más duros de la Argentina; síntesis de lo que es jugar a la nuestra, del potrero, del barrio, del tango y de la bohemia porteña. Hoy se cumplen 30 años del único título local que consiguió el Globo, tres décadas de aquel equipo fantástico que marcó una época, que logró que hinchas de cualquier club fuesen a Parque Patricios a maravillarse con tanto fútbol. Hoy, su gente tiene poco para festejar y ni vestigios le queda de esos tiempos. Descendido, último en la tabla de promedios de la B Nacional y con apenas 4500 socios, de los cuales paga 10 pesos mensuales sólo el 65%, mira la gloria desde lejos.
“El 73 tiene lugar como un recuerdo pero no pensando en él para estancarse. Eso tiene que ser algo histórico que empuje al presente. Fue un enorme orgullo, pero no hay que limitarse a eso. Hoy el pasivo es superior a los 20.000.000 de pesos. Cuando asumí encontré mucho abandono e ineptitud. De eso se sale trabajando”, dice el presidente del club, Néstor Vicente.
Los recuerdos viven, porque hubo un punto en aquel torneo que los protagonistas valoran tanto como el título. Cuentan que René le pegó a la pelota como vino desde afuera del área (golazo) y siguió corriendo por un costado del arco; la carrera continuó por la línea lateral, mientras el Gigante de Arroyito copado por hinchas de Rosario Central se paraba para aplaudirlo; él, Houseman, saludaba en medio de una escena surrealista para nuestras canchas. En realidad, los seguidores rosarinos aplaudían a Huracán, que en las 10 primeras fechas de ese Metropolitano marcó 32 tantos, que de 32 partidos ganó 19, empató ocho y perdió cinco, con 73 conquistas.
Aquella vez se apostó a un proyecto: César Luis Menotti había debutado como DT de Newell´s y llegó a Huracán en 1971, a los 32 años. Las cosas no salieron bien y el Globo terminó en la mitad de la tabla, pero siguió y un año más tarde, con el refuerzo del delantero Omar Larrosa, fue tercero. En el 73 llegó un pibe de Defensores de Belgrano (Houseman), Nelson Chabay (Racing) y Alberto Fanessi y Jorge Carrascosa, de Central. Brindisi, Russo, Babington, Houseman, Avallay y Larrosa (para los que superan los 40 años, de memoria) derrocharon talento a cancha llena y llegaron a la cima.
Hoy, el DT Carlos Roldán está en la cuerda floja, con apenas cuatro partidos dirigidos y sólo dos puntos obtenidos, al Globo lo acompaña poca gente y la publicidad estática en el estadio es casi nula.
Sufrió Huracán, porque por una resolución de la AFA los jugadores convocados para las eliminatorias del Mundial de 1974 no actuaron en sus equipos a partir de la 20a fecha de aquel torneo, y perdió a Babington, Brindisi y Avallay, casi nada. Hubo una merma en la contundencia; en la segunda rueda, los partidos que ganó, lo hizo por la mínima diferencia, salvo un 2 a 0 a All Boys, agigantándose la imagen de su defensa, con Chabay, Buglione, Basile y Carrascosa como estandartes.
Contrastes con el presente, donde no hay figuras; donde 17 jugadores no son del club y están a préstamo; donde el fútbol pasa a ser un problema secundario al haber perdido 45 juicios; al tener como sponsor a la empresa gastronómica Mister Luna, que paga 1000 pesos por partido por figurar en las mangas de la camiseta; al tener en el dorso de las casacas el nombre de la veterinaria Pet Company, aunque el importe de este contrato ya fue cobrado por las autoridades anteriores.
Parece más lindo el pasado, con la camiseta blanca, limpia y el Globito en el corazón; con el fútbol como estandarte y la belleza como una marca hecha a fuego. Pero debe ser la nostalgia, ya nada es como antes. Las paredes del club junto a las que Ringo Bonavena, fanático del Globo, demostraba su pasión por esos colores que siempre llevó a cualquier rincón del mundo, dándole más misticismo a un conjunto mágico, hoy parecen una sombra, con vidrios rotos incluidos. Es la realidad del Globo, el símbolo de tantas cosas cuya historia no merecen una debacle tan vertiginosa, contundente y dolorosa.
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