De otra galaxia
Entre cinco mil y diez mil visitantes al año, unos turistas, otros estudiantes, visitan el Observatorio Astronómico El Leoncito, ubicado en el sanjuanino departamento de Calingasta. Pero un paseo para conocer las características más salientes de los instrumentos de medición o el modo de trabajo, no es nada en comparación con los que allí pasan muchas horas de una vida solitaria y abnegada.
¿Cuánto mide un año luz? ¿Un asteroide va a chocar con la tierra? ¿Dónde quedan las nubes de Magallanes? ¿Se puede ver Júpiter en una noche despejada? ¿Cuándo chocará nuestra Vía Láctea con su vecina Andrómeda? ¿Qué descubrimientos se hacen en El Leoncito? Todo lo que pueda parecerse a preguntas de la revista Muy Interesante se puede contestar aquí.
El Leoncito ya se ha cerrado a los turistas y ahora, Héctor Lepez, geógrafo y encargado del turno, abre las puertas a un cronista anonadado. Tiene un gorro del altiplano que no logra paliar los efectos del viento y una linterna que se ve potente en medio de la más absoluta oscuridad. Enseguida nos conduce al residencial donde el personal del observatorio pasa las horas de descanso, que no son tantas.
La cocinera va y viene una vez que se le anuncian visitas. Todos los días repite la rutina de dar de comer a los científicos que bajarán desde las distintas dependencias, ubicadas más arriba del cerro que ahora es todo una oscuridad rotunda. Adentro sí hay luces. Pero Lepez aclara que “son de interior, porque para mirar no se puede si hay contaminación lumínica”.
De eso el geógrafo no quiere ni oír hablar. Es que, se queja que en las ciudades, las farolas miran al cielo y, además de no alumbrar hacia abajo, molestan a los que miran arriba, como él, que está ávido de mirar y mostrar. Ahora con su linterna apunta a Uspallata o a San Juan. Una queda a 90 kilómetros y la otra a 100, pero el espesor de la noche hace que las luces de ambas ciudades las delatan.
El viento se hace más intenso pero felizmente se ha llevado las nubes. Un ingeniero que estuvo buena parte del día mirando el sol dice que no ha habido grandes novedades hoy. Y mejor que así sea. Una tormenta solar podría amargar a la humanidad más que cualquier guerra terrenal. Es que el astro rey tiene en su interior 6 mil grados de calor para abrigar y, de no mirarlo así, de lejos y con pertinentes instrumentos, podría arruinarlo todo.
Después está “el bicho”, como lo llama el hombre que lo palpa, lo mira como si fuera su amigo, y lo promociona. “Este telescopio vino de España. Era manual y se convirtió en automático. Yo le digo así, porque uno establece una relación con el aparato. Pero bueno, es que uno pasa más horas aquí que con su familia”, dice, mientras lamenta que hoy “el bicho” no pueda trabajar porque el viento le dañaría su ojo clínico.
Afuera, la linterna de Lépez vira hacia el cielo. Enseña la cruz del sur como nunca antes la vimos y aclara que, mucho más allá de los caprichos de los mapas, el polo sur, para nosotros, está arriba y no abajo. Hacia allí apuntan los telescopios capaces de descubrir, como sucedió con el astrónomo Aguilar, que en 1979 encontró un asteroide nuevo que lleva el nombre de El Leoncito.
Y también de predecir. Allí ya se sabe que un asteroide pasará muy cerca de la tierra el 7 de agosto de 2027 a las 7 de la mañana. O que en 3 mil millones de años chocarán la Vía Láctea y Andrómeda, que marchan a 500 mil kilómetros por hora a ese mutuo encuentro. Es que es así, aquí, en El Leoncito, las cifras son inabarcables, como el cielo mismo. No obstante, ya ha entrado la madrugada y usted no deberá alterarse por los choques de planeta.
Es factible que por entonces, ya Bush, Blair, Bin Laden y todos sus sicarios hallan acabado con nosotros sin ninguna colisión de cuerpos opacos o celestes. Pero para este mal no hay ciencia que valga. Por ahora, disfrutemos de poder mirar, sintamos un rato una nada enorme, veamos qué poco sabemos.
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