DE ROSARIO A PUNTA ALTA, UNA JOVEN ENGAÑADA Y PROSTITUÍDA
“Una vez quise escapar de Punta Alta. Corrí toda la noche y llegué al campo, después a una ruta, pero cerca de Bahía Blanca me encontraron y me llevaron de nuevo”. Quien habla es una chica de 15 años que en enero del año pasado fue llevada bajo engaño a un burdel de la localidad lindante con la base naval de Puerto Belgrano, 20 kilómetros al sur de Bahía Blanca. Le prometieron empleo como niñera pero a la semana la obligaron a pasar todas las noches en El Tucán. Como resistía, la violaron e iniciaron en el mundo de la prostitución con otra identidad. Presa, lejos de su familia y desesperada, intentó huir, pero el fin del cautiverio llegaría meses después, con la denuncia judicial de un cliente. El prostíbulo fue allanado y los principales explotadores detenidos. En octubre volvió a Rosario.
Rebeldía adolescente
Se había marchado tras discutir con la mamá, de 41 años, que no la dejaba salir de noche por los peligros del barrio. Una vecina de 27, enterada del conflicto, le ofreció trabajo bien pago en una ciudad de la provincia de Buenos Aires que ella no tenía idea dónde quedaba. De todos modos aceptó y así conoció el infierno, sin que su humilde familia imaginara dónde estaba y menos los vejámenes que sufría. La denuncia en los tribunales de Bahía Blanca de un joven de 29 años terminó con la traumática experiencia que ahora la retiene en su casa, temerosa. Allí accedió a charlar con El Ciudadano, con la condición de no revelar su nombre y la esperanza de que este testimonio sirva para que otras adolescentes no caigan por ingenuidad o necesidad en la prostitución.
La historia de Natalia, como se llamará para esta nota, es, para algunos policías que investigaron las redes del comercio sexual, ejemplo de lo que le sucede a muchas menores con problemas económicos o familiares, que sirven de “materia prima”, al decir de un detective, para burdeles del sur del país.
El infierno
Natalia tenía 14 cuando se peleó con su mamá Olga (el nombre también es ficticio) y dejó la casa que ocupaba con el padrastro y cuatro de sus seis hermanos. Primero estuvo con el papá y los dos hermanos mayores, hasta que regresó, aún con la idea de pasear y salir de noche, como la mayoría de los adolescentes. Olga se negaba, por la reciente aparición a pocas cuadras del cadáver de una joven, violada, y por los tiros que en el barrio se escuchan a cualquier hora. Pronto Natalia huyó de nuevo, aunque esta vez tardó casi nueve meses en regresar. Cuando lo hizo ya no era la misma: había crecido de golpe, admite.
“Me escapé y fui a lo de una compañera, hasta que encontré a una mujer que sabía de la pelea con mi mamá. Me ofreció trabajo de niñera en Bahía Blanca, porque tenía dos chicos. Me dijo que no contara nada, total llamábamos por teléfono desde allá”, relata, con sus párpados pintados de celeste en un rostro de belleza triste.
Un viaje hacia el horror
La vecina que la contactó era Lorena B., a quien circunstancialmente había visto algunas veces por la calle. Natalia confió en ella y salió de la terminal “con dos señoras que venían de Santa Fe”. En Bahía Blanca la esperaban Ariel A., el marido de Lorena, y sus nenes de dos y siete años. Natalia pensó que el empleo de niñera le sería sencillo ya que solía cuidar a sus hermanos menores y a los hijos de las mujeres que trabajaban en la copa de leche de Olga. Pero cuando la semana siguiente Lorena llegó desde Rosario todo cambió. El hombre le exigió los gastos del viaje y los producidos durante su ausencia, lo que sorprendió a Natalia. “Si no podés pagarme, te tendrás que desvirgar y trabajar”, le sugirió. La chica se negó y allí comenzó el calvario.
“Me hacían bañar con agua fría, me pegaban en todo el cuerpo. No podía pedir ayuda porque estaba vigilada, no me dejaban salir ni a hacer mandados”, cuenta Natalia con una voz finita que a veces engorda de angustia. La casa no tenía teléfono, salvo el celular de la pareja. Mientras Olga denunciaba la fuga de hogar y trataba de averiguar dónde estaba la hija, ésta pasaba sus días a merced de la pareja. Como no la convencieron, la entregaron a un tal Titi. “Era el que más pegaba, me apuntaba con un revólver y decía que si no lo hacía me mataba. Tenía mucha fuerza, una vez me dio la cabeza contra la pared y me desmayé, entonces me tiró agua fría y dijo que si me volvía a desmayar me ahogaba en el río”, agrega la adolescente. Todavía faltaba lo peor.
Titi la devolvió con Ariel. Éste y un hombre llamado Alejandro violaron a Natalia en ausencia de Lorena y los chicos. “Pusieron el equipo de música a todo lo que da, me ataron a la cama, me rompieron la ropa y entre los dos lo hicieron”, murmura. Cuando Lorena volvió, de madrugada, la encontró llorando en el baño. La chica le reprochó lo sucedido y la dueña de casa replicó: “Vos te la buscaste, para qué viniste conmigo”.
A los tres días conoció El Tucán, un prostíbulo donde eran explotadas muchas menores, entre ellas varias extranjeras. No recibían dinero por su trabajo y si la producción era pobre, las golpeaban. Ante la inminencia de un allanamiento o control policial, las trasladaban al burdel La Sirena de Puerto White, localidad satélite de Bahía Blanca. Una noche Natalia quiso escapar pero Alejandro, uno de sus violadores, la encontró en el camino y la devolvió al encierro.
Su expectativa era acercarse a algún policía para revelarle que no era Celeste, de 19 años, como la obligaban a nombrarse. Pero los agentes se iban rápido, dice, tras recibir una bolsa en la barra, que ella calcula contenía dinero.
“El Tucán era como un club, todo oscuro, con una parte para bailar. Tenía 13 habitaciones y un sector para las chicas que vivían ahí”, detalla Natalia, que durante el día cuidaba a los niños de Lorena. Además debía obtener buenas ganancias después de que la mujer decidió no trabajar más en el burdel. A veces se quedaba con clientes hasta las nueve de la mañana.
“Apenas entraba alguien lo encaraba porque tenía que hacer por lo menos 200 pesos por noche”, continúa, recordando el precio de los pases. “Los diez minutos eran 20 pesos; los 15 minutos, 30; la media hora, 50, y 100 pesos la hora. Los clientes eran de Punta Alta o extranjeros, militares y marineros. Uno de Estados Unidos me quiso llevar pero como yo no tenía documentos el dueño del barco dijo que no”, explica Natalia con naturalidad una de sus esperanzas frustradas.
El hombre que la salvó
Quien realmente se animó a ayudarla fue un joven de Cañuelas que cuidaba un campo en Monte Hermoso. Ella no tardó en contarle su historia y entonces él comenzó a pagarle pases casi a diario sólo para que descansara. Incluso llamó a Olga, pero el teléfono estaba cortado.
“Una semana antes del allanamiento me dijo que ésos eran mis últimos días de trabajo pero no quiso contar más. Una noche llegó la Policía y las menores y las extranjeras tuvimos que salir por atrás. Ariel me llevó a la casa y me obligó a tener relaciones”, sigue.
Faltaba poco para el final, porque los agentes se trasladaron hacia el domicilio y lo arrestaron. A ella la identificaron por una herida infectada en la pierna izquierda que el denunciante había descripto a la Justicia. El joven también pagó el pasaje de Olga hasta Bahía Blanca, para que una semana después recuperara a su hija. Natalia volvió a verlo pero ahora no tiene contacto con él.
Dejó de ir a la psicóloga del dispensario aunque continúa la escuela. Mientras ella cursa séptimo grado, Lorena, Ariel y Alejandro están detenidos, no así la dueña del local, de apodo Mari, y el llamado Titi.
Cada vez le duele menos la cabeza al hablar o caminar pero igual prefiere no salir. “Pienso que tuve un error muy grande al ir para allá, no sabía que existían esas cosas. Cuando lo vi me quedé con los ojos abiertos”, admite, con esos mismos ojos llenos de lágrimas.
La pobreza como eje de la trata de blancas
Un jefe policial que el año pasado investigó dos casos de prostitución infantil confió bajo reserva de identidad que en Rosario hacen pie redes que buscan, sobre todo, niñas para llevarlas bajo engaño a burdeles ubicados en la costa, desde Bahía Blanca a Río Gallegos.
“Ubican a chicas con conflictos sociales o morales, generalmente en lugares carenciados, y las seducen con fines laborales”, contó la fuente. “Les prestan dinero, les compran ropa y les dicen que es a cuenta de lo que van a cobrar. Después les dan el pasaje o las pasan a buscar. Sólo la minoría sabe dónde va”, agregó el funcionario, quien interpreta que el intermediario recibe dinero por la “entrega”.
“El negocio de los cafiolos, casi como a principios de siglo, es no pagar. Usan a las chicas por unos meses y las echan, a diferencia de las prostitutas adultas, con las que tienen que pactar condiciones de trabajo”, continuó el vocero.
“En la Patagonia hay una infraestructura montada para el ejercicio de la prostitución, que quedó de la época en la que proliferaban los puestos militares. En ese entonces existían los llamados francos higiénicos”, aportó el policía. “Después vino la democracia y se sacó el servicio militar pero las casas de tolerancia quedaron. En el sur no hay comercio sexual en la calle por las inclemencias del tiempo”, resumió.
La fuente también expresó que los clientes ya no son soldados en su mayoría sino trabajadores del sector petrolero y de minas de carbón, turistas y marineros. El negocio mueve mucho dinero sobre la base de los sectores más vulnerables de la sociedad, que si logran regresar con su familia difícilmente cuenten su experiencia y mucho menos la denuncien. Lo que les toca vivir es traumático, ya que pierden el contacto con sus hogares. Suelen vivir encerradas en barrios alejados, buscando el momento de escapar, y por la noche son trasladadas a los prostíbulos, a su vez con estrictas reglas internas.
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