“Debemos humanizar las decisiones judiciales”
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Luciano Lauría, es abogado y juez. Más precisamente, es Presidente del Tribunal Oral y Federal de Santa Fe.
Por Pablo Benito
Los duros principios jurídicos imponen que debería conocérselo “sólo a través de su sentencia”. Pero aquí, periodista y juez, nos planteamos el desafío de correr esa línea y trazar un puente de empatía, en nuestro diálogo y hacia la sociedad. El objetivo preciso es simple y conciso: Que sirva.
“Servir”, en una acepción de la palabra que aparecerá a lo largo de la charla como “vocación de servicio”. Del Juez sí, pero también del periodista y de la necesidad de recuperar la misión que todo ciudadano debe atesorar para re-conocernos en relación a los demás. Un juez tiene un balcón y un punto de vista panorámico que, generosamente y sin estridencia, comparte, con el humilde propósito de aportar su mirada de la sociedad.
¿Por qué estás acá?
– Estoy acá porque estudié, me preparé y concursé. La verdad creo que hoy estudio y me preparo con mayor intensidad que cuando ingresé. Te digo más, aunque hoy sea conmigo mismo, siento que rindo examen día a día. Sobre todo, emocional.
– El Juez Lauría aplicó la ley, Luciano seguía conmocionado.
– No puedo aprehenderlo ni asimilarlo. Soy padre, hijo, hermano. Emocionalmente me desborda. Me angustia muchísimo, pero el oficio de comprender, la función, se simplifica con la aplicación de la norma. Aunque no lo puedo negar, me afecta dimensionar no un caso sino una realidad social y cultural que debería tenernos alertas y activos, a todos, desde el lugar que ocupemos.
– Pero está el estigma de que un juez es una especie de Dios impermeable a lo mundano.
– (Sonríe) Tiene que ver con la trascendencia de mis decisiones y con el lugar que la sociedad otorga a los jueces. La sociedad me pone en este lugar y para mí es un oficio. Tengo que tomar decisiones sobre causas que son más importantes, por las consecuencias sociales que representan, para eso me pagan, para eso rendí, para eso concursé y por eso lo debo tomar con la responsabilidad de un oficio. Hacerlo mejor o peor tiene que ver no con mis ideas sino con mi formación en relación al estudio y la actualización de las normas. Debo forzarme por hacer lo que debo y sin fisuras. Siendo juez, eso significa aplicar la técnica de manera impecable comprendiendo que un juez no es la ley. El juez, apenas, la aplica. Eso es un oficio.
– ¿Te parece que la sociedad, como los niños, a veces está pidiendo límites que nunca están demasiado claros?
– Ahí está un tema que, para mí, es grave y explica parte de lo que ocurre hoy en nuestra sociedad. Los límites están tan difusos que nos salteamos el tapial porque está muy bajo. Como no hay consecuencias, a las conductas anti sociales, las seguimos haciendo y la vamos a seguir haciendo cada vez más. Es un problema nuestro y que tenemos que resolver nosotros. Sería una terrible excusa pretender que la solución, a esta especie de caos cotidiano, la resuelva otro u otros.
– Me quedó gravado -en relación a esto- aquello que me contaste de los cuatros pilares de conducta que habías tomado de San Ignacio de Loyola
– Son fundamentales para mí y creo que, comprenderlos, puede ser importantes para muchos. Se trata del autoconocimiento; el ingenio; el amor al prójimo y el heroísmo.
El conocimiento de sí mismo, es el fundamento de los otros tres: Creatividad, que no es más que la confianza en el poder del optimismo. Esta se desenvuelve alrededor de la indiferencia, vista como la libertad para interpretar y responder a un mundo cambiante. El amor, entendido como el trato al prójimo con actitud positiva y alentadora. Y, por último, el heroísmo. El heroísmo proviene de la motivación por metas personales, aparentemente, imposibles de alcanzar, pero que nos van empujando a logros, parciales, que transforman la realidad.
– Se supone que un abogado que llega a juez consiguió hacerse del último pilar, de “ambicionar”, tendría todo resuelto.
– Es que no se trata de satisfacer el ego, más bien lo contrario, por eso el amor es uno de esos pilares que nos movilizan y que, difícilmente, nos dejen quietos. Somos permeables al dolor del otro de tal manera que lo hacemos propio. Cuando llevas a la realidad la idea de “amar al prójimo como a ti mismo” te soluciona mucho y te “complica” todo.
Te contaba de la jornada que estamos organizando, junto a los demás integrantes del Tribunal Oral y es un poco salirnos del “oficio” y aportar, principalmente, a la ciudad de Santa Fe. Aportar y despertar la ambición. Darnos cuenta que lo que tenemos, de historia, que es impresionante.
– ¿Por qué recalcas eso y con tanto énfasis?
– Es que no lo estamos viendo y lo pasamos por alto. La inmediatez, la vecindad, no nos deja ver. Traigo en una frase, brillante, del Papa Francisco que dice: “creo en la mezquindad de mi alma que busca tragar sin dar”. La mezquindad no nos permite valorar al vecino que tanto nos puede ofrecer. Saber que el propio Lorenzetti es otro Ministro de la Corte, que se formó acá en esta ciudad.
Rafael Gutierrez, es nuestro también. El ha gestionado, de manera impecable, las últimas décadas del Poder Judicial provincial en condiciones, sumamente, adversas. ¿Cuándo lo vamos a valorar? ¿Cuándo se vaya? No dejo de preguntarme, ¿Llegará el día en que dimensionemos la potencia de nuestra ciudad?
– Ahora, que esto surja desde Santa Fe, no es un “milagro”
– ¡Pero Claro! Nuestra ciudad tiene un nivel cultural que se nos envidia. El arte, la música, la literatura. Rosario, tiene lo suyo y es la segunda ciudad, en dimensiones, del país, pero no tiene historia. Sus raíces están difusas. Nosotros contamos con un pasado que es fundacional de la república. Yo creo, verdaderamente, que nosotros tenemos miedo de sacarlo. Me refiero a los hombres y las mujeres santafesinas que sabemos lo que es la ciudad para la Argentina, en términos históricos, y no lo trasmitimos a nuestros vecinos.
– Parecería un autoboicot…
– Te lo resumo duramente: Tenemos miedo al ridículo.
No queremos asumir que somos la capital de la segunda provincia argentina, estamos sobre el corredor fluvial, contamos con las universidades más importantes de la región. Somos una de las ciudades más antigua del Virreinato del Río de la Plata. El colegio Inmaculada es nuestro y es el más antiguo de Latinoamérica.
– ¿Cómo no hacemos algo con tanto? ¿No?
– Nadie lo va hacer por nosotros. Es una situación que no resolvemos como ciudad y que no abordamos como dirigentes sean de los poderes del Estado, como los que competen a dirigentes políticos, sociales o empresariales. A lo mejor estamos cómodos en ser una aldea para no subir el listón acorde con lo que nuestra historia, como ciudad, nos demanda.
– Estás como enojado…
– No, para nada. Lo digo así para que se escuche y para despertar ese potencial que tenemos como ciudad, como vecinos. Charlando con un amigo porteño, me decía que el metro cuadrado de barrio Sur debería ser el más caro de la Argentina, por la cantidad de personalidades nacionales e internacionales que se forjaron en el centro político de la ciudad. Él lo veía, claramente, siendo ajeno a nuestra historia. Es absurdo que nosotros no lo queramos ver.
Por eso te digo, no es enojo, es convocatoria. Un llamado al hacer. Reflotar, uno a uno, todos los argumentos que tenemos para tomar, como una obligación, la misión de recuperar el lugar que nos pertenece como ciudad.
– Hablamos de muchas cosas, pero me gustaría detenerme, para terminar, en la necesidad de democratizar el Poder Judicial e involucrar institutos, de la Democracia Directa, como el juicio por jurados.
– Sería importantísimo para nuestro sistema consolidarlo. Yo pude ver el mecanismo del Juicio por jurados en Estados Unidos, en el 2014. La impresión que me llevé fue sumamente positiva. Las personas que van a juzgar, que son personas comunes -comunes como yo- y que, transitoriamente, van a ocupar un rol de decisión sobre la suerte de una persona en relación a un delito. Esa decisión, en la que interviene -directamente- el pueblo, lo que está haciendo es darle una dinámica al “contrato social” dentro de las normas vigentes.
Tomo como ejemplo el caso del carnicero que fue absuelto, por unanimidad, por 12 civiles que integraron el jurado. Consideraron que el imputado había actuado en “legítima defensa” cuando atropelló, con su auto, a un ladrón que acababa de robarle en su comercio.
El Código Penal establece que son tres los elementos que deben cumplirse para determinar que existe “legítima defensa”. En primer lugar, que se haya producido una agresión ilegítima. Segundo que la provocación no sea suficiente, por parte del que se defiende. Tercero que exista una proporcionalidad racional del medio empleado para impedir o repeler la agresión.
Los jurados determinaron que no había ni exceso de legítima defensa, ni justicia por mano propia. Yo no puedo dar opinión sobre un caso que desconozco, pero sí puedo asegurar que la sensibilidad, ante el caso, tiene que ver con una realidad social que más cerca están de interpretar 12 jurados civiles. Más allá de si la resolución hubiese sido diferente en un sistema u otro. Es muy importante la participación popular, directa. La sociedad debe involucrarse y salir de su comodidad. Nuestra Constitución nos da esa posibilidad y también esa obligación.
– ¿Ante eso no puede haber una reacción de la corporación, judicial, que perdería una importante cuota de poder?
– Seguramente, pero debe ser más fuerte el objetivo que las mezquindades. Así no vamos a evolucionar nunca. No hay evolución sin una importante impronta de humildad y generosidad. Aquellos que se aferran a ese poder van a llegar al zenit de su vida, terrenal, preguntándose: “¿qué hice con mi vida?”. Ahí volvemos a los cuatro pilares de Loyola en donde, el primero, es el autoconocimiento. Aferrarse a ciertos privilegios habla más de las carencias del ser que de su sabiduría.
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