“Debí pedirles perdón a mis padres”: la fuerte confesión de Abel Pintos
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Dice haber nacido tantas veces como etapas se ha atrevido a aceptar. “Uno puede elegir transitar siempre con el mismo traje pero a mí me ha sentado muy bien dejarme moldear por la vida”, dice Abel Federico Pintos (37). Se refiere a esos ciclos regidos por tantas elecciones. Tal vez por la impronta de una “independencia precoz”, pero siempre “y principalmente” por la familia, donde asegura encontrar “distintas formas de ver la vida, nuevas premisas y varios desafíos diarios”. Porque como explica, “mi trabajo es la bitácora de lo que me pasa como persona, escrita con el idioma que elegí: la música”. En definitiva, encuentra en casa el centro de sus “ejercicios de aprendizaje constante”. Así define “crecer”, precisamente sentado en el living de Plan Divino, su propia compañía (en el primero de los tres pisos que hasta hace poco perteneció a CNN Radio).
Abel Pintos en 1985, al año y medio de vidaLa familia es tamiz. Articulación. Punto de quiebre y de partida. El “abrazo” de hoy, y el de la itinerancia por ciudades del Sur. Tiempos de Ingeniero White y de Bahía, cuando asistía a los partidos de básquet “para ver cómo era un estadounidense”. Tiempos de Metallica y de Megadeth. Y también de coro tres veces por semana, “un refugio en el que mis viejos me dejaban sabiéndome a salvo mientras laburaban”. Tiempos de golpear las puertas (con solo 11 años) de los dos sellos locales, averiguando cuánto debía ahorrar para grabar un disco. Tiempos de lírico, de zarzuela y del rol principal en Luisa Fernanda. Tiempos previos a la fe de Raúl Lavié, a la apuesta de León Gieco (su primer productor) y a los 14 premios Gardel y los tres de Oro que lo empatan con Charly García (30). Tiempos en los que “la vida se veía a través de los ojos de tus héroes”. Eso resultaba uno de los amigos de la familia, por quién, entre los nueve y los 12 años, Abel quería ser carnicero, como él. “Pasábamos juntos varios veranos. Y fue en su local donde noté el singular respeto que sus clientes le tenían”, recuerda. Pero cuando quiso aprender a cortar carne, Pintos recibió de aquel señor un tajante “no” seguido de una respuesta que acomodó para siempre en todo lo que emprendería. “La gente que viene confía en mí. En que tengo las manos limpias. En que sé cómo prefieren cada corte. En que voy a darles lo mejor”, le dijo. “Y me marcó, me dejó sin palabras”, señala Abel. “En realidad, más allá del oficio, creo que yo quería ser tan íntegro, sabio y responsable como él”.
Abel Pintos, a sus 12 añosOrígenes, hacia ahí viajamos. “No tuve una niñez con todo brindado, pero tampoco recuerdo que haya faltado algo”, cuenta. Y entre esas “fotos” que hoy la paternidad hace rever desde otro ángulo, tomaremos algunas. Abel nació con una malformación física llamada pie bot o pie equinovaro. “Tenía el pie con la forma de una empanada”, describe. “Una cuestión de tendones retorcidos, sujetos o tensos. Por lo que tuvieron que operarme casi recién nacido. La cirugía hizo que mi pierna derecha se desarrollase bastante menos que la izquierda. Me pusieron un yeso que llevé durante siete años, con el que aprendí a caminar. Y el peso que eso significaba provocaba que revolease la pierna al andar. Un reflejo que, inconsciente o subconscientemente, aparece cuando estoy cansado y por lo que puede vérseme renguear”. Un episodio que no deja de atravesar su historia. “Tengo que seguir muy atento al tema, porque el paso del tiempo no va a jugar a mi favor”, advierte. “Los hemisferios de mi cuerpo no trabajan de igual modo. Mi cadera, mis hombros, mi columna, todo está constantemente en compensación. Entonces debo estar muy atento. Por eso practico deportes, yoga y elongación. Hace poco aprendí a mover todos los dedos del pie. Y en mi última visita al traumatólogo para el control de plantillas, al revisarme me dijo que por la época de la intervención, y el poco método e información con los que se contaba entonces, me había tocado un médico arriesgado muy atrevido a experimentar”, cuenta. “Realmente yo había tenido suerte”.
Abel Pintos presentó “Abrazándonos” junto a Francisca Valenzuela
Abel Pintos en sus primeras presentaciones, en 1997Y en una etapa en la que cualquier diferencia –y más aún física– suele ser blanco de la crueldad, Abel no recuerda más burlas que las generadas por su pasión. Es por eso que define a sus compañeros de colegio como “el público más difícil de conquistar que jamás haya experimentado hasta el día de hoy”. Sus padres le habían prometido apoyo incondicional si él encontraba dónde cantar. Fue así que pidió reunión con Judith, la directora de la Escuela Primaria Nº 58, Día del Camino. Con claridad brutal le dijo: “Pintarse la cara con un corcho o leer un poema en un acto, a todos les resulta un bodrio. Sienten vergüenza, les molesta…”. Y clavó una propuesta de un trato “muy meditado” para entonces: “Yo me ofrezco a ser el embajador artístico de mi curso y me aseguro así, por lo menos, cuatro fechas al año”. Debutó un 17 de agosto, en el homenaje a San Martín, de quien, por otro lado, se reconoce “fanático de su obra”. Y más que los aplausos, capitalizó “una gran lección”. Tanto, que se la recuerda ante toda presentación. “Uno no sube al escenario a conquistar a nadie sino a hacer lo suyo. Una idea que quita presión. Que aliviana la carga. Y que pone el foco en donde debe estar: en la valoración de eso que se hace”.
Entre tanto, en esta revisión de sus comienzos, surge la imagen de Raúl, su padre. “Quien hoy, después de haber andado tanto, pelea por su salud”, cuenta Abel. “Ya de muy grande se enteró de una afección en los riñones y hace muy poco empezó la diálisis. Es algo que debía haberle infligido mucho dolor. Un dolor que no sintió”, revela. “Papá es un hombre acostumbrado a hacerse en la calle. Cuando no de camionero, de comerciante, de vender puerta a puerta, en el mundo de los seguros y hasta en un corralón. Es un tipo que anduvo, que pateó hasta el día de hoy. Y la gente que vive así se acostumbra a no registrar los malestares. Fortalecen espíritu y personalidad frente al dolor. Entonces, cuando se dio cuenta, ya era tarde para tomar medidas más drásticas que, en algún otro momento, hubiesen ayudado más. Pero es un hombre fuerte y saldrá adelante”, asegura.
No usará el término “reconstrucción”, porque señala que el vínculo entre ellos jamás llegó a quebrarse. Pero admite “momentos álgidos” que a ojos de hoy, y aún más siendo padre, se tiñen de matices diversos. “Asumir errores, situaciones o responsabilidades, a veces lleva mucho tiempo de ambas partes”, adelanta. “Cuando me vine grande y empecé a preguntarme y a preguntarles cosas, siempre me enfoqué más en los tramos dolorosos de nuestra historia. No sé si para repararlos. Pero como dijo León: se trata de ponerles bronce, dejarlos en una plaza como estatuas y seguir camino, para lograr que esos ecos de momentos malos no intoxiquen aquellos que tenemos por vivir”, dispara. Describe esos tramos como “situaciones que uno acepta durante muchos años y de repente, parado desde otro lugar de la vida, dice: ´Ya no más´. Entonces comienza a indagar”, explica sujeto a su habitual sobriedad. “Por ejemplo, como te decía, mi viejo pasó mucho tiempo fuera de casa. Y hubo ciertas ausencias. Luego entendí que muchas de ellas, en realidad, eran distancias… Pero, en fin, otras tantas efectivamente fueron ausencias”, cita. “Mis viejos y yo hemos hecho un trabajo emocional verdaderamente muy grande. Los admiro, porque a la edad que tienen se mostraron dispuestos a algo tan fuerte, tan movilizante. Aún cuando podrían haberme dicho: ´Mirá, hijo, ya tenemos un camino hecho, si te gusta bien y si no, también´. Pero lo hicieron. También mis hermanos, Andrés y Ariel, mi cómplice en la música. Fue una tarea muy loable que sigo agradeciendo”, dice.
Abel Pintos junto a sus hermanos, Ariel y AndrésRaúl solía ser músico del grupo que acompañaba a Abel, “y después, debajo del escenario era mi padre”, dice. “Si bien me sentí muy bien cuidado por él y por mi madre, no dejó de ser para mí una relación laboral durante muchos años. Un vínculo que logré entender tiempo después, cuando terminó, y ellos volvieron a ser exclusivamente mis padres”. Y es entonces donde despunta el motivo de otros tantos interrogantes que se planteó en aquel trabajo emocional del que habló. “Empecé así a preguntarme cómo me percibían en aquellos momentos. Hasta dónde ellos veían en mí a un hijo, a un compañero de trabajo o a un negocio”, revela. “Además, en medio de todo ese contexto laboral, también el dinero se hace un tema. Y cuando uno toma posición frente a la plata, se crece. Aunque también siento que no tenemos una buena cultura del dinero. Que crecemos sin herramientas en relación a él, viéndolo como algo más fundamental de lo que es. En algún punto, molesta. Uno empieza a mezclar las cosas y es difícil salir de ahí. Bueno… Tiene que ver con todo eso”, explica. “Realmente todo lo que hemos revisado con mis padres y seguiremos revisando no es más que un ejercicio emocional en pos del crecimiento”, concluye. Y esa labor no eximió la indulgencia. “El perdón no es una moneda. Pedir perdón es invitar a hacer un proceso juntos. Y aceptarlo o recibirlo es, también, la posibilidad de despertar muchas otras tantas cosas”, define Abel. “Haber arrancado desde tan chico con esta independencia de principios, haber visto que los propios sueños que había estado buscando y todos esos caminos que tomaba crecían, hace que uno empiece a sentirse poderoso. Y eso desarrolló en mí la soberbia lógica”, revela. “Perdés de vista que a veces hay que funcionar como eslabón de una cadena de sucesos. Y que dejar de actuar en consecuencia con otros, y no solo por el bien individual, no es perder libertad. La madurez es buena maestra. Me llevó mucho tiempo comprender ciertas cosas. Pero revisando me di cuenta de que había sido egoísta con mis padres en muchos momentos. Y les pedí perdón por eso”.
Abel Pintos entre sus padres, Raúl y SusanaElige ser cauto al hablar del evidente valor que le da a su labor espiritual, porque, según dice, “para quien escuche podría resultar una invitación a creer que uno está en constante actitud de libro de autoayuda”. Acorde a su “inquietud frente a lo inentendible o desconocido”, dice ser “hombre de psicoanálisis y de meditación”, pero también de oraciones dos veces al día. “Desde mi fe estoy conectado con el Sagrado Corazón de Jesús, una imagen que llamó mi atención y me acompañó de cerca desde muy niño”, señala. “Fui educado en el catolicismo, pero de ese contexto religioso tomé y utilicé toda esa cantidad de datos que pudo darme sobre la vida de Jesús, como el hombre que transitó una porción de la historia”, relata. Y de eso se trata. Abel busca miradas. “Me gusta investigar sobre la materia. He leído mucho, desde Deepak Chopra a Eckhart Tolle. Lo que más interesante me resulta es la experiencia de ese ser humano en el viaje que transita. Eso que ha tomado del camino. El ejercicio que propone: ´Mirá, esto me funcionó´, sin perder de vista que, al final de cuento, nada es una verdad absoluta”, indica. “Mi trabajo espiritual en realidad consiste en lograr estar consciente de todo lo que vivo, lo que hago, y hasta de lo que digo”. Así explica lo pausado de su hablar. “Soy ansioso por naturaleza, pero en un momento del trayecto decidí que la impaciencia no me controlara más. La serenidad, o la paz que se me puede adjudicar, es una es un ejercicio, una elección. Aprendí a pensar antes de hablar, para revisar y escucharme bien mientras digo”, cuenta. Abel es un buscador de herramientas para el taller de sí mismo. “Chopra también debe echarse sus puteadas cada tanto”, dice. “Pero lo que seguramente logra Chopra es desprenderse de esa calentura durante el resto del día. Es importante saber que en el devenir diario uno puede atravesar el drama, el dolor o la dificultad, sin olvidarse del derecho a sentirse feliz”.

