DEBUTA UNA CORTE CON PERFUME DE MUJER
Elena Highton de Nolasco, la primera mujer que llegará a la Corte Suprema de Justicia en democracia, asumirá hoy, a las 12, tras haber recorrido un largo camino desde aquellos días de 1966 en que se recibió de procuradora, abogada y escribana, con diploma de honor.
Highton jurará durante un acto al que fueron invitadas unas 400 personas y para el que se adoptaron estrictas medidas de seguridad por temor a eventuales protestas de ahorristas.
La toma formal del juramento estará a cargo del titular de la Corte, Enrique Petracchi, en el cuarto piso del Palacio de Justicia, Talcahuano 550, en esta capital.
La jurista, que gracias a su ascendencia inglesa, escocesa e irlandesa habla inglés tan bien como el castellano, y que por su profesión lee francés jurídico con facilidad, está casada desde hace 38 años con un médico que es nueve años mayor que ella, hoy jubilado. Cuando habla de su esposo, sus dos hijos y su vida familiar pierde el tono más serio que adopta en los ámbitos propios de su actividad.
Madre de un ingeniero que se radicó en Miami impulsado por la crisis y de una abogada que vive a dos cuadras de su casa y la visita seguido, todavía no tiene nietos, pero admite que le gustaría convertirse en abuela.
Además de su familia, adora la natación, deporte que practica regularmente desde hace 10 años, y la música. Entre sus preferidos están Los Chalchaleros, Los Fronterizos y Mercedes Sosa. “¡Y ahora me gustan Los Piojos!”, contó a LA NACION en una entrevista en la que habló de aspectos personales de su vida.
-¿Cómo se le ocurrió estudiar abogacía?
-El refrán dice: “Serás lo que debas ser y, si no, serás abogado” (risas). Pero eso no fue lo que me pasó a mí. En realidad, empecé a estudiar Derecho a la noche y el profesorado de inglés en el Lenguas Vivas por la mañana, donde yo ya había hecho el secundario. Pero después del primer año, en Derecho andaba bien y me gustaba, y dejé la otra carrera.
-Tiene fama de haber sido muy estudiosa, por no decir “traga”…
-Nunca me bocharon, y en la facultad tuve diploma de honor. Pero nunca fui traga, sino que tengo facilidad.
-¿Pero qué la atrae del Derecho?
-Ayudar a resolver conflictos. Eso hacen las sentencias de los jueces; en realidad, no resuelven, pero ponen paz. Aunque uno pierda, después de la sentencia puede seguir adelante. Creo que eso va a pasar con los grandes temas que espera el país, porque la indefinición hace un círculo vicioso del conflicto. Y trae angustia.
-Algunos le criticaron una excesiva prudencia en su defensa en la audiencia pública. ¿Evitó pronunciarse para no tener conflictos o le salió así?
-Yo soy muy prudente, tengo un estilo reservado, y no soy extrovertida. Y con treinta años de jueza, sé lo que es hablar de más. Todo el mundo está esperando lo que uno va a decir para recusarlo. Cuando uno es juez, hasta una mirada con una de las partes es malinterpretada por la otra. La gente siempre interpreta más allá de lo que uno quiere decir.
-¿Las críticas que tuvo la tomaron por sorpresa?
-No se me ocurría de dónde podían venir. Tengo escritos 30 libros, 200 artículos, otras 200 charlas, ponencias en congresos, y de todo eso usaron un artículo mal extractado, del que ni me acordaba. La verdad es que no se me había ocurrido jamás que fuera criticable.
-¿Cómo ve la situación de las mujeres en la Justicia?
-Se está avanzando. Desde que está el Consejo de la Magistratura, de todos los nombrados, un tercio son mujeres. Y eso sin que haya cupo.
-¿Le gusta la idea de compartir lugares con Carmen Argibay en la Corte?
-¡Sí, claro! Sobre todo porque ella es una persona valiosa, honesta, trabajadora e independiente.
-Usted ya dijo en varias entrevistas que buscará cambiar la imagen de la Justicia.
-Sí, yo hace 20 años que trabajo en distintos planes de reforma de la Justicia y cuando uno está en la Corte tiene muchas más posibilidades de instrumentarlo, y la Corte misma está con la idea de mejorar su imagen.
-Pero, ¿cómo se hace?
-Yo trabajé en la Escuela Judicial. Me enteré hace como quince años de que en los Estados Unidos había una escuela de jueces, y me fui cinco semanas con una colega, Gladys Alvarez. Todo con mis propios fondos y con tiempo. Eran 120 jueces norteamericanos y nosotras dos. Después, desde la Asociación de Magistrados lo implementamos en nuestro país y ahora está funcionando. Otro tema muy importante es el de la resolución alternativa de conflictos y lo hemos introducido acá. Y también crea confianza la idea de independencia, porque nadie sospecha que yo no sea independiente. Esto sirve para que la gente tenga fe en que se quiere cambiar la Justicia.
-¿Se siente acompañada?
-Muy acompañada, dentro y fuera del Poder Judicial. Y hasta por la ciudadanía. Me da la impresión de que existe confianza en mí, y eso me da fuerza.
-Usted dijo que la Corte no ha sabido limitar a los presidentes de turno. ¿Se necesitaba una mujer para que eso cambie?
(Risas) -No, porque no soy mandona. Solamente tengo formas sutiles de organizar las cosas. Y espero no ser yo sola la que lo limite, sino todo el cuerpo.
-¿Cómo tomó su marido la noticia de su postulación?
-El estaba conmocionado. La verdad es que está muy contento. Llevamos 38 años de matrimonio porque nos damos zonas de libertad, en el sentido de apoyar el desarrollo del otro.
-¿Dónde lo conoció?
-Yo le enseñaba inglés. Cuando estudiaba en la facultad, en los años sesenta, me ganaba unos pesos dando clases particulares a los chicos internados en el Instituto María Ferrer, detrás de la ex Casa Cuna. Allí había muchos chicos que habían tenido poliomielitis, y algunos escribían con la lapicera en la boca; fue una experiencia muy interesante. Una enfermera de ahí que nos conocía a ambos le pasó mi teléfono, porque él buscaba profesora.
-¿Fue amor a primera vista?
-En cinco meses nos casamos. Y duró 38 años. Eso demuestra que lo precipitado no necesariamente es malo.
-¿En su hogar es detallista como en sus libros?
-No, sólo en los libros. Mire este escritorio… cualquiera diría que está desordenado. Pero yo tengo un orden interno, yo sé dónde están las cosas.
-¿Las tareas domésticas no son lo suyo?
-Yo siempre hice de todo. Cuando mis hijos eran chicos tenía familiares que me ayudaban; después, una empleada doméstica, pero siempre me las rebusqué bastante, porque mi condición económica siempre fue, digamos, “moderada”.
-¿Sus orígenes son humildes?
-Eramos una familia de clase media de Lomas de Zamora. Crecimos en una casa antigua, vieja, como las tantas que hay en Lomas, que era de mi abuelo. Allí vivíamos con mis padres y mis tres hermanos, menores que yo.
-¿Qué hacían sus padres?
-Mi padre era empleado administrativo en una empresa argentina, y después trabajó por cuenta propia en productos ganaderos. Mi madre fue secretaria de inglés, pero dejó el trabajo cuando se casó, como hacían las mujeres en esa época.
-¿Sintió culpa por dejar a sus hijos para trabajar?
-Yo nunca tuve culpa de dedicarle horas al trabajo. El cariño y la atención no dependen de estar 24 horas con los hijos, sino de la calidad del tiempo que uno les da. Siempre traté de equilibrar. (Piensa.) Tal vez ellos habrán pensado, a veces, que era mejor tenerme las 24 horas. Pero hoy se sienten orgullosos del lugar al que llegué.
-¿Quiénes son sus seres más queridos, que invitó a su jura?
-Mi familia. Es como los casamientos, ¡hay dos filas adelante y no alcanza el lugar!
-¿Qué música le gusta?
-La música clásica (que sonó de fondo durante toda la entrevista), el tango y el folklore. Me gustan Los Chalchaleros, Los Fronterizos y Mercedes Sosa. ¡Y ahora me gustan Los Piojos!
-¿Los conoció por sus hijos?
No, mis hijos ya son grandes.
Argibay
La renovación de la Corte tendrá dentro de diez días otro capítulo: la aprobación por parte del Senado del pliego de la camarista Carmen Argibay, que no presenta resistencia por parte de la mayoría de los senadores. El peronismo, el radicalismo y los legisladores de los partidos provinciales aprueban la postulación de la jurista, por lo que su pliego reuniría más votos que los sumados por Eugenio Zaffaroni y por Highton.
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