DEBUTÓ LA TROUPE DE “ESCALERA A LA FAMA”
En la puerta se vive la ansiedad de los que llegan a último momento y de los vendedores ambulantes que ofrecen la mejores fotos de los ídolos. En la sala, el público mayoritariamente infantil-adolescente minutos antes del show deja bien claro sus preferencias por los artistas que desfilarán sobre el escenario. Ahí es donde comienzan a aparecer los favoritos. Mientras tanto, en el hall se puede ver a productores y ejecutivos de compañías discográficas en diálogo amistoso; ya vendrá el momento para las negociaciones de tono discreto o de encendidas discusiones que definirán quién se quedará con la grabación y la publicación de los discos de Luli, Pablo, el Dúo Gamberro y el cuarteto Madryn. ¿Acaso este encuentro de los artistas con su público no es un buen sondeo?
Cuando el telón se abre, desde la platea y el pullman se genera un griterío ensordecedor. Las chiquilinas están de fiesta y nadie podrá amenazarlas ni siquiera con la más severa contravención a la polución sonora.
A estas jóvenes desacatadas no es posible disuadirlas. El frenesí lo provoca un show bien ajustado y minuciosamente guionado, que sugiere un arduo y efectivo trabajo previo, aunque lo racional haya superado a lo visceral. Dentro de una estructura que bien podría haber sido pensada para un musical de televisión -hasta aparecieron algunos créditos en pantalla después del último tema-y luego de la apertura con todos los cantantes juntos, llega el turno de Madryn. El cuarteto mixto no despierta las mayores pasiones pero recibe muestras de fidelidad.
Más tarde, Luli, con su soltura en escena, levanta la temperatura del show. Anabella, una de las invitadas, propone el respiro con una balada. Pablo emerge sobre las tablas sentado a un piano de cuarto de cola y desata sus fraseos de trova rosarina. Tiene una garganta de dicción clara, sin poses, y capaz de ofrecer una modulación bien plantada dentro de la tesitura, sin modificar los colores de su timbre. Una voz que con el tiempo puede llegar a destacarse. Si el público la sigue o le da la espalda será otra historia. Porque aquí no es la interpretación lo que cuenta. El Dúo Gamberro, por ejemplo, es claramente el que levanta las agujas que marcan el nivel de histeria. Si se trata de dos voces que se llevan muy bien (cosa que realmente sucede) puede ser lo de menos; por el momento, la facha de estos muchachitos y su look más rockero alcanzan. Y lo que provoca Pipa -curiosamente uno de los derrotados en las rondas finales del programa- supera ampliamente todas las mediciones de griterío. Para consuelo de sus fans, se sabe que el vencedor vencido también accederá a uno de los álbumes que publicaran los cantantes del ciclo.
Por ahora sólo hay un disco que compila los temas de todos los intérpretes, presentados casi en su totalidad en este recital (y repetidos en los bises), tal vez como estrategia de difusión o simplemente porque todavía el repertorio es escaso. Si aún no hay suficientes canciones para mostrar, y si los discos solistas sólo aparecen dentro de algunos meses, hasta puede ser saludable. Porque componer y madurar una buena interpretación necesita a veces de un proceso que demande más de quince minutos. Y como se vive en una época con fórmulas de éxito instantáneo -desconocidos que ganan la complicidad y el fervor del público con sus historias de vida, actitudes, simpatía y aspecto físico, mucho antes que con su voz-, aceptar las necesidades de ciertos procesos (tiempo, maduración) quizá sirva para que la música y sus intérpretes no sean los más perjudicados.
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