DECENAS DE MILES DE MINEROS Y CAMPESINOS YA SITIAN LA PAZ
La ciudad, dormida aún, surgió de golpe sobre el costado derecho del bimotor. Todo el paisaje andino parecía colgar de un mar de algodones y La Paz, 6.000 metros más abajo, era apenas un dibujo a pluma. Los tres periodistas nos miramos satisfechos. Bien temprano, ya casi estábamos en la capital de Bolivia, pero aún esperaba lo peor: cuatro horas de caminatas por unos 10 kilometros de montaña cargando unos treinta kilos de equipos por cabeza.
Llegar así, casi de contrabando o en puntillas de pie como para no despertar al canario, no es algo usual. Pero ése es el único medio al que decenas de enviados especiales debieron apelar para arribar a La Paz. Todo se debe a los dos problemas que enfrenta a estas horas cualquier viajero. Por un lado, las rutas terrestres de acceso están bloqueadas desde hace días por nerviosos piqueteros. La ciudad está sitiada. Es de tal envergadura la concentración de mineros y campesinos en la capital administrativa boliviana que no tiene precedentes en los últimos 20 años. Muchas de esas columnas bajaron desde El Alto. Y el cálculo era de que había por lo menos 100.000 personas concentradas en cercanías del asegurado centro de la ciudad, el fortín donde se alza el Palacio Quemado, la sede gubernamental y blanco de la demanda por la renuncia inmediata del mandatario boliviano.
Así como las rutas, también el aeropuerto internacional, en la vecina ciudad de El Alto, a 4.400 metros sobre el nivel del mar, está clausurado para los vuelos comerciales. Sólo aterrizan de tanto en tanto pequeñas avionetas, como la contratada entre gallos y medianoche por Clarín, el diario El País de España y la agencia de noticias Reuters. A los que llegan desde el aire se les añade otro percance: la autopista que lleva a la ciudad está cortada y varios vecinos se han organizado en grupos de vigilancia para impedir el paso de cualquier viajante.
A falta de otro camino, hay que ahorrar el oxígeno que escasea en la Puna y bajar unos 800 metros sobre el mar, desde El Alto a la capital administrativa, recorriendo unos 10 kilómetros por zigzagueantes sendas montañosas y escarpadas cornisas, en una pendiente de 45 grados por donde marcha también toda esta gente, con su militancia a cuestas.
La experiencia da vértigo y un insufrible dolor de cabeza. El apunamiento es tal que a veces el corazón crepita y se siente que comienza a tocar adentro su propia sinfonía de golpes, como si ignorara al resto del cuerpo.
Pero el percance se compensa pues visitar El Alto ayuda a entender por qué miles de bolivianos reclaman la renuncia del presidente Sánchez de Lozada. Ayer, cuando este enviado de Clarín y los colegas Eduardo Kragelung y Francesc Ralea bajabamos del Piper Azteca que nos trajo de Cochabamba en una hora de vuelo, decenas de miles de alteños marchaban por las principales calles de la ciudad hacia La Paz. Con sus 800.000 habitantes, es la localidad con los peores índices sociales del país. El 36% de sus hogares no tiene servicios sanitarios; el 14% no tiene energía eléctrica y casi la mitad de sus habitantes viven bajo la línea de pobreza severa. Es tal la miseria que muchos visten en lugar de zapatos unas sandalias llamadas “abarcas” hechas a mano con restos de neumáticos en desuso.
Pero todos estos datos, aunque importantes, no tienen aún la dimensión de lo que para muchos alteños es esencial: el gas no forma parte de la vida cotidiana de muchos de sus barrios. Es un pecado sin absolución en un país exportador del fluido como es Bolivia y con los segundos yacimientos en tamaño de la región.
“¿Cómo se comprende eso, señor? ¿Acaso en Argentina hay gente que no puede comer car-ne? Bueno, aquí no tenemos gas”, dijo Tiburcio Torico, uno de los mineros que, como otros colegas, integran el 25% de desempleados que viven en esa ciudad. A su lado pasaban, con paso casi marcial, miles y miles de alteños en su bajada a La Paz cantando contra el presidente lemas cargados de furia y violencia: “Goñi, cabrón, merecés un paredón” o “Qué lindo ha de ser, el Goñi a la horca, el pueblo al poder”.
Desde el avión, un espeso manto de niebla parecía levantarse despacio sobre la ciudad, como si alguien lo enrollara con cuidado. Abajo, ya en tierra, se percibía el espejismo: en cada esquina, temprano en la mañana, aún humeaban restos de fogatas que vienen siendo encendidas cada noche, en los distintos barrios, para acompañar la vigilia de sus pobladores. Por tandas los alteños se turnan para cuidar que no haya saqueos nocturnos. También en muchas casas hay crespones negros en puertas o ventanas en señal de luto por el casi centenar de muertos que hubo, hasta ahora, desde que el 15 de setiembre comenzaron los choques entre fuerzas del gobierno y los manifestantes. Toda la región, uno de los principales campos de batalla, muestra restos de esos episodios: troncos sobre sus avenidas, calles sembradas de adoquines y piedras, además de innumerables marcas de balazos en sus muros.
La ciudad termina abruptamente donde empieza una empinada ladera que, hacia abajo, conduce a La Paz. Sobre ella, miles de casas humildes han sido construidas desordenadamente sobre terrazas, que se asoman al abismo entre zigzagueantes cornisas. Esa es la enorme pared que abraza al hoyo en el que está metida la capital administrativa boliviana.
Ingresar en esa zona es como introducirse en la trastienda de Bolivia. Fue allí por donde Clarín y los otros dos medios arribamos a la ciudad. El ambiente es similar a una enorme villa de emergencia con sus zonas residenciales de clase media y también los Harlem que, a su modo, conforman una especie de sucursal altiplánica del infierno.
Al fin, cargados de bultos y resollando como caballos de malacate, los periodistas llegamos al último peldaño antes de ingresar a La Paz. La visión panorámica ilumina algo de las contradicciones que explican a este país. A un lado, las tres cuartas partes de la ciudad pobladas por el 80% de origen indígena o mestizo. Es decir, el brazo pobre boliviano. Hacia el sur, la zona más exclusiva, la de los gerentes de empresa, funcionarios del gobierno y pequeños magnates. Es contra estos sectores que protesta la mayoría. Son, en general, los que han manejado a Bolivia durante décadas, siguiendo su propio ritmo, como si el resto de la nación fuera apenas un nombre. Un simple dato pone en cuadro el desatino: en el país de la Pachamama y de una legendaria tradición aborigen, en muchas familias acomodadas se festeja el Halloween..
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