DECLARÓ LA GESTORA DE MATAR Y DESCUARTIZAR A SU COMPAÑERO
“Algún día me van a entender”. María del Carmen Rombolá estaba tranquila, o al menos es lo que parecía, cuando soltó la frase al subirse a un auto civil de la policía, a la salida de los Tribunales, ayer al mediodía. Iba vestida de pantalón, campera y zapatos negros, y tenía las manos esposadas por la espalda. La acompañaba una suboficial sin uniforme que la trataba con modales delicados. Acababa de contarle al juez de Instrucción Osvaldo Barbero detalles muy precisos acerca de cómo mató a su pareja, Alfredo Oscar Godoy, el hombre cuyo cadáver luego fue cortado en pedazos y enterrado bajo una placa de cemento en una huerta comunitaria. “Era mi vida o la de él”, alcanzó a decir antes de que el vehículo policial arrancara a toda velocidad hacia la alcaldía de Mujeres, en la seccional 4. Dio a entender, así, lo mismo que ya había dejado entrever en su declaración ante Barbero: que el crimen fue el estallido de una convivencia tortuosa con un compañero violento.
Rombolá está detenida desde el sábado. Ese día la Brigada de Homicidios desenterró el cuerpo de Godoy de un pozo ubicado en una huerta comunitaria de Monteflores al 7200, cerca de un Fonavi de Belgrano Oeste. Estaba cortado en 19 pedazos y, según la autopsia, tenía tres disparos.
El crimen había sido descubierto gracias a una llamada anónima a la policía. Cuando los detectives de Homicidios fueron a preguntarle por su compañero, Rombolá se quebró, confesó que lo había matado y dijo a dónde debían dirigirse para encontrar sus restos.
Ayer repitió el relato frente a Barbero, pero con matices respecto a su primera versión. En primer lugar, negó ser quien destrozó el cadáver con la intención de ocultarlo y atribuyó esa conducta al albañil Andrés Picotto, a quien definió como su amigo y no como su amante. “Juró que esa relación no existe”, contó después a La Capital su abogado, Luis Laporte. Picotto, de 42 años, está detenido y acusado de encubrir el crimen, aunque los detalles de su declaración ante el juez Barbero no trascendieron.
Rombolá dijo que el domingo 3 de agosto, es decir el día que cometió el crimen, su compañero se despertó muy violento y que no encontraba la manera de calmarlo. Con el paso de los minutos se puso más irascible y después esgrimió un cuchillo con el que provocó algunos daños en la casa que compartían, en Brandsen y Lavalle, en la ciudad de Funes.
La mujer contó que en ese momento hubo un primer forcejeo y dijo que incluso se cortó una mano con el cuchillo de Godoy. Su abogado dijo que aún tiene marcas de esa herida.
Godoy tenía en la casa varias armas que fueron secuestradas por la Brigada de Homicidios. Todas estaban registradas, menos una: un revólver calibre 38. Es la que, según la mujer, él empleaba para amenazarla de muerte todo el tiempo. “Te voy a matar con este revólver y nadie va a saber nada, vas a desaparecer”, contó que le decía.
Aquella mañana, en medio de la pelea verbal y el forcejeo por el cuchillo, Rombolá dice que vio ese revólver bajo la campera de su compañero. “Pensé que las amenazas finalmente se cumplirían y se lo quise sacar para que no hiciera una macana grande”, recordó ayer ante el juez. Entonces comenzó otra pelea que terminaría con los disparos mortales en el pecho de Godoy.
Según Rombolá, ella recuerda haber visto e incluso tocado el arma, pero no sabe precisar cómo fueron los detalles de ese instante. “En un momento escuché los tiros, no sé bien cuántos, y los dos nos caímos al suelo”, narró.
“¿Cuántos tiros escuchó?”, quiso saber el juez. “No sé, no me haga mentirle, fueron más de uno”, fue el diálogo que mantuvieron en ese momento el magistrado y la acusada.
Asustada, la mujer decidió irse entonces de la casa. Caminó sin rumbo por Funes y después fue a visitar a dos amigas. A una de ellas le habría contado lo sucedido. Después se subió a su Renault 12 y vino a Rosario. Más tarde volvió a Funes y alrededor de las 20.30 se encontró con Picotto, a quien también le contó lo que había pasado.
Su idea, le dijo al juez, era ir al Comando Radioeléctrico y contar el episodio tal cual había sucedido. “Nadie te va a creer”, dijo que contragolpeó su amigo hasta hacerla cambiar de idea. Según ella, fue Picotto quien a partir de ese momento se encargó de borrar las huellas del crimen y preparar el cadáver para hacerlo desaparecer: primero lo guardó en un tambor de 200 litros con cal y luego lo enterró en una huerta comunitaria del barrio Belgrano Oeste.
Ayer no hubo precisiones respecto a lo que Rombolá dijo sobre esta última parte de la historia. Voceros de la investigación habían filtrado el sábado que la mujer se hizo pasar por funcionaria municipal para hacer un pozo en ese sitio, pero la reconstrucción que este diario logró hacer de su relato ante Barbero registra allí un vacío ya que ninguna de las fuentes consultadas quiso referirse a ese punto.
El relato de Rombolá duró algo más de una hora. Como ya había sucedido cuando habló con los detectives de la Brigada de Homicidios, el juez tuvo que interrumpir un par de veces el interrogatorio porque la mujer estaba shockeada y se quebró.
En su declaración hubo referencias constantes a las actitudes violentas de su compañero y a sus amenazas de muerte, y el juez Barbero hizo varias preguntas sobre ese tema. “Fue un relato coherente”, resumió el abogado Laporte cuando salió del juzgado. Aunque lleva más de 30 años ejerciendo la profesión y ya vio casi todo lo que puede ver un penalista, no pudo disimular la conmoción que le provocaron algunas de las cosas que había escuchado.
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