DENUNCIÓ UN ROBO Y FUE BLANCO DE UNA VENGANZA
En marzo de 2003, dos peligrosos delincuentes armados con revólveres y escopetas recortadas tomaron por asalto la panadería que Antonio Gigliotti posee en calle Venezuela al 10000.
Quienes se mostraron descaradamente no eran desconocidos para el panadero; tampoco para su esposa y empleados de la casa. Y no eran desconocidos simplemente porque ambos vivían en el mismo barrio -Entrada Norte-, y segundo, porque ya en otras oportunidades los habían asaltado.
Eran los Gómez. Y, esta vez, “los Gómez” parecían dispuestos a todo; a matar, de ser necesario. Así que, recién llegados, aferraron por el cuello a Leticia Paredes y le apoyaron el cañón de un arma en la cabeza. Con la esposa de Gigliotti como rehén, obligaron a una de las empleadas, también ella bajo amenaza de muerte, a buscar el dinero que el comerciante guardaba en el local o en la casa de familia.
Una vez consumado el robo, los hermanos Gómez se retiraron con la mayor tranquilidad del mundo, pero Gigliotti, al tener noticia de lo ocurrido, perdió la paciencia. “Mi viejo en realidad nunca les dejó pasar una -recuerda su hijo, de igual nombre-. Así que se fue derecho a la policía, para hacer lo que tenía que hacer. Los denunció con nombre y apellido, algo que acá casi nadie hace, porque todo el mundo vive aterrado”.
Por ello, la policía buscó a los Gómez y los llevó ante el juez. A partir de ese momento, esos hermanos, que eran tres -uno cayó en un tiroteo-, están presos, mientras que los Gigliotti perdieron la paz.
“Desde entonces, no pasa un día sin que nos amenacen”, dice Leticia Paredes. Y anoche, la amenaza de cada día dio paso a la venganza. Finalmente, Gómez -padre- llegó hasta la casa de los Gigliotti y encontró al jefe de familia tomando aire fresco en la vereda. “Vos y yo tenemos que hablar”, le dijo.
Los Gómez tienen la costumbre de visitar a sus víctimas para acordar con ellas los más provechosos pactos de silencio, para una y otra parte. Si no denunciaron, sugieren que no lo hagan. Si lo hicieron, que levanten la denuncia. Pero Gigliotti, advertido de esos manejos, respondió sin más vueltas: “Vos y yo no tenemos nada que hablar. Y andate ahora mismo porque te saco a patadas”.
Ofendido y contrariado -recuerda Antonio Gigliotti (h)-, “se fue a buscar un arma, pero mi viejo no lo creyó así y siguió en la vereda”. No obstante, Gómez cumplió puntualmente; fiel a su palabra, hizo lo que sabe hacer.
Pocos minutos después, el hombre volvió y, al grito de “íVigilante!, íbotón!” se parapetó detrás de un árbol y empezó a disparar contra Gigliotti con una carabina 22.
El primer tiro alertó al comerciante; el segundo le dio en una pierna y los siguientes no dieron en el blanco porque para entonces ya estaba refugiado dentro de su casa.
“Después pasó lo que sucede siempre en este barrio. Habíamos llamado a la policía -seccional 7a.-, en distintos momentos del día, por el asunto de las amenazas, pero nadie vino a ver qué estaba ocurriendo en nuestra casa. Más tarde, llamamos de nuevo para decir que a mi viejo lo venían a matar. Y por fin volvimos a llamar para avisar que ya le habían tirado y estaba herido. Pero tampoco así vinieron. Tampoco acompañaron a la ambulancia, así que la que habíamos llamado no entró al barrio. Entonces, no quedó otra que pedirle a un vecino que lo llevara y así llegó al hospital”.
De todos modos, aunque un poco tarde, la policía hizo acto de presencia. Fue al lugar de los hechos y, apenas unos minutos más tarde, detuvo al agresor. La captura de Gómez fue anunciada esta mañana a través de los canales oficiales de Jefatura.
Si bien la herida que presenta el panadero Gigliotti no es tan grave, sí lo son las circunstancias que hacen a este caso. Los panaderos Gigliotti, el carnicero Duarte y otros vecinos dijeron que esta práctica terrorista es habitual en Entrada Norte y otros barrios que rodean al Mercado Concentrador.
Duarte lleva contados diez asaltos a mano armada contra su persona y otros innumerables hurtos y robos domiciliarios.
“La violencia llegó a tal punto -dicen los vecinos- que muchas familias se van por su voluntad”, mientras otras (en los últimos meses se dieron tres casos) huyen despavoridas, “corridas por delincuentes y asesinos”.
“Cuando una familia se va -dijo uno de nuestros entrevistados- dejan puertas y ventanas abiertas porque, total, ya saben que perdieron todo. Cinco minutos después llegan las bandas, rompen las puertas con hachas y picos y se instalan ahí”.
Los Gigliotti, Duarte y otros sostienen que la policía siempre tiene algún pretexto para no llegar a tiempo. “No tienen móviles” -dicen-, “o no tienen ganas”.
Ante tal estado de cosas, vecinos y comerciantes se pusieron de acuerdo unos meses atrás. Decidieron colaborar con la policía, a pesar de todo, y para eso proyectaron un sistema de seguridad barrial cuyo eje sería la comisaría 7a.
“La base del sistema era que todos estuviéramos conectados por teléfono”, pero parece que las bandas, avisadas de lo desventajoso del asunto, cortaron todas las líneas telefónicas del vecindario cuando ya estaba a punto de aplicarse ese mecanismo defensivo.
Desde entonces, Gigliotti (h.) se vale de un teléfono celular, pero no todos tienen la disponibilidad económica para pagar uno igual. “Anoche, no sólo nos atacaron a nosotros; a la misma hora, acá a la vuelta, otra banda entró a la casa de un muchacho que trabaja en Cliba. Varios tipos armados le llevaron todo. Algunos vecinos vieron lo que estaba pasando, pero por supuesto que no tuvieron cómo avisar”.
Ahora Gigliotti (h.) se pregunta qué va a ser de ellos, porque sospechan que, tal como se administra la Justicia, Gómez y los suyos podrían volver a las andadas en pocos días más.
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