DESDE LA CRISIS, 40 MIL PERSONAS MÁS VIVEN EN LAS VILLAS PORTEÑAS
Oscar Villaverde tenía cinco años cuando lo desalojaron por primera vez. “Llegué de la escuela y varias casas no estaban más. Los militares pusieron a mi familia y a varios vecinos en un camión y nos sacaron”, cuenta hoy. Pasaron 26 años y tanto él como sus padres siguen atados al mismo pedazo de tierra en la Villa 20, en Lugano. Son parte de la población porteña que más creció en los últimos cuatro años: los habitantes de las villas miserias.
Actualmente, según datos del Instituto de la Vivienda de la Ciudad (IVC), viven 150.000 personas en las 15 villas de emergencia y los seis núcleos habitacionales transitorios de Capital, unas 40.000 más de las que lo hacían en 2001. Y en el aumento (más de un 35%), la crisis aportó el empujón principal.
La familia de Oscar decidió quedarse por necesidad, pero también por arraigo, palabra que aparecerá más de una vez en el recorrido que Clarín realizó por dos de las principales villas porteñas. “Esto era un bañado. Nosotros lo rellenamos, lo limpiamos y levantamos nuestras casas cada vez que las tiraban abajo. ¿No es lógico que queramos quedarnos?”, pregunta Oscar.
El informe del IVC asegura que en el barrio viven 17.820 personas. Apiñadas en sus 53 manzanas, entre los monoblocks de Lugano y la avenida Escalada, su composición demográfica es una muestra de la media de las villas porteñas. La mayoría de sus familias son de origen boliviano y paraguayo, los dos grupos étnicos más importantes en la Filcar de la pobreza. Según el censo del IVC, el 70% de la población inmigrante de las villas viene de Bolivia, después les siguen paraguayos y, más atrás, peruanos y chilenos. A nivel general, se calcula que sólo cerca del 30% son nacidos en Capital.
La avenida Bonorino, el centro comercial y social de la Villa 1-11-14, en el Bajo Flores, frente a la cancha de San Lorenzo, es una muestra de esas tradiciones. Con un 90% de población boliviana, el barrio es junto a la 31 bis, en Retiro, uno de los que más creció desde la crisis. Cada fin de semana, la avenida que a pocas cuadras atraviesa zonas residenciales de Flores se llena de puestos en los que se vende comida y se escucha música boliviana.
Casi con la misma naturalidad con la que en manzanas enteras de la Villa 21, en Parque Patricios, se habla en guaraní. “Forman parte de un mundo complejo en el que para entenderlo hay que despojarse de muchos prejuicios”, explica el arquitecto Hugo Campo, subgerente del IVC y uno de los encargados de coordinar con los delegados de cada barrio la manera en que se implementan los planes habitacionales de la Ciudad.
Y a veces el diálogo multiplica interlocutores. Cada villa tiene una organización política compleja, que va desde cuerpos de delegados hasta presidentes elegidos en mesas de votación como en cualquier elección nacional. En el medio, toda la estructura está atravesada por los punteros de los partidos políticos tradicionales, ONG, instituciones católicas y diversos cultos evangélicos.
El decreto 148, firmado por el Ejecutivo porteño en 1999, estableció la radicación de las villas porteñas. Fundamentalmente, aseguró el derecho de todo habitante de la Capital a una vivienda digna. En un proceso inverso al de la Dictadura, que erradicó todas las villas de la Ciudad.
La primera villa porteña fue la 31, en Retiro. Surgió con fuerza en los 40 y creció al ritmo del flujo migratorio del interior. En 1976 había 30 villas de emergencia en la Ciudad, con 50.000 familias. En el 84 sólo quedaban 5.000. La Dictadura barrió literalmente con varias, entre ellas la del Bajo Belgrano y la Villa Cartón, en Lugano. Pero hacia 2001 ya había más de 100.000 habitantes en villas..
La Ciudad destina alrededor de 200 millones de pesos anuales en soluciones habitacionales para sus villas. “La idea convertirlas en barrios —explica Ernesto Selzer, presidente del IVC—, con redes eléctricas, cloacas, agua potable y calles pavimentadas”. Ya levantaron casi 2.000 viviendas, tienen en construcción otras 1.700 y esperan hacer de acá a 2007 unas 1.200 más.
Las casas se hacen en base a un censo de pobladores, que acce den a un plan para comprar sus viviendas en cuotas. Una vez que escrituran pasan a pagar impuestos municipales y servicios públicos. Entre las razones para seguir manteniendo a la población de las villas en el mismo lugar, en la Ciudad mencionan —en voz alta.. la poca cantidad de tierra para reubicarlos, el arraigo de sus habitantes y la recuperación de terrenos degradados en los últimos años. Por lo bajo, aseguran que en cuanto liberan una manzana y trasladan a sus habitantes a otras, vuelve a ocuparse la zona liberada. Y así la supuesta solución se convierte en doble problema.
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