Destino perro
Es lógico que te pierdas. Que un cerro aquí, que una araucaria allá. Es difícil concentrarse. Que un lago abajo, que un nevado arriba. Es más que probable que te distraigas. Pero no fue el caso. El camino de ripio, mojado por el deshielo, no daba tiempo a dobleces. El barro puede ser traicionero como una curva sin anunciar. Y aquí había de los dos.
Por eso lo vi. O mejor dicho, los vi. Serían cuatro o cinco. Todos diferentes. No iba tan fuerte yo. Serían 80 km/h. Nada que ver con esas 4×4 que pasan como un refucilo por los costados. Ya me había advertido un chapista. “Con ese auto bajo cuidado en la montaña”. Entonces le hacía caso. Iba con prudencia. Quizás por eso ellos pretendieron el abordaje. Se envalentonaron.
Porque en un lugar donde la mayoría de los vehículos pasan como el Katrina no tienen probabilidades mayores. Hasta que pasa un forastero. Entonces ellos deben pensar “hoy el día”. Y te salen en patota, dispuestos a todo. A dos los recuerdo perfectamente. El primero que se puso a la par, que tenía el pelo al ras y rostro de manto negro. También al que estaba a su lado, más petiso, pero furibundo.
Sin embargo ellos no fueron los que se interpusieron. No. fue otro. Uno que jamás lo hubiera imaginado. Que si lo veía en la calle hubiera tratado de entablar alguna relación con él. Quizás le invitaba de mi comida. Tenía el cabello como una oveja y le caía sobre los ojos un flequillo beatle que acaso fue el que no lo dejó ver bien. Su cuerpo era bien compacto.
Fue un segundo. Juro que él se cruzó. Era él o yo. Mi vida o la suya. No había más margen. Un instante que se pareció a un siglo supuse que si tenía buenas intenciones no se hubiera cruzado así como lo hizo, cerrándome el paso en una siesta gris, en ese lugar sin pobladores a la vista. Temí una emboscada. Fue por eso que aceleré. A conciencia, lo admito. Ni siquiera cerré los ojos.
Nomás sentí un golpe fuerte y un quejido leve, interior. Sin soltar el volante ni desacelerar atiné a mirar por el espejo como había volado hacia la otra banquina, contra la montaña, mientras sus amigos se arremolinaban en torno de él para ver si a partir de ese día la banda tenía un integrante menos. Confieso que no tuve coraje para volver porque no sé qué hubiera sido de mí.
Imaginé que, si los mapuches, por cuestiones del momento, lo mataron a Valdivia, qué podría haberle pasado a un pobre periodista ambulante si daban con él. Qué hubiera ocurrido si no me dejaban explicar nada o no nos entendíamos con el idioma. Una curva última me separó para siempre del abordador que ahora yace en un camino de montaña cerca del pueblo de Aluminé, en Neuquén.
Recién cuando estuve seguro de haber recorrido los suficientes kilómetros como para que ningún pastor me buscara con sed de venganza paré jadeante a un costado del camino. El paragolpes acusaba el impacto. Tenía la marca de un costillazo certero y algunas gotas de sangre que limpié raudo como un asesino que tiene su bautismo y quiere ocultar las pruebas.
Ni sé como se llamaba. Tratándose de la zona puede que Lefquén, o Choele o Cafulquén. Lo mismo da ahora, cuando no faltarán los moralistas de siempre que caigan sobre mí. Ellos, capaces de comerse una vaquilla entera, de hornear en la panadería del barrio un lechón, de escabechear una liebre o una nutria, de estaquear un chivito inocente, dirán que no es de hombres atropellar a un perro y salir disparando.
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