DETRÁS DE LAS BANDERAS
No se trata de negar que existió la resistencia ni de que hubo sectores que no fueron cómplices, pero la guerra de Malvinas se entiende sólo como el producto final una derrota política, económica y cultural de la sociedad civil. Los jóvenes del interior de nuestro país murieron o fueron violentados irremediablemente debido a la astucia de la burguesía, a la necedad militar y a la anuencia de un cuerpo colectivo arrasado que consintió su exterminio, mucho antes que por las balas de la milicia británica.
BREVE
La historia es sabida: en los primeros días del Proceso, el Almirante Massera había lanzado el proyecto de toma de islas. En el marco de la transición Viola-Galtieri estos planes fueron reflotados. En 1982, con la dictadura militar en creciente deterioro, se intentó dar una salida victoriosa a la misma: la Junta, que creía erróneamente contar con el apoyo del gobierno de Reagan, subestimó la reacción británica. El 2 de abril de aquel año las tropas argentinas ocuparon las Islas Malvinas sin medir riesgos ni consecuencias; ese mismo día algunos de los soldados ya habían derramado su sangre cuando la prensa continental anunció la noticia que fue festejada por la sociedad en su conjunto. Para el 14 de junio, el problema “Malvinas” era desplazado del horizonte público.
UNIFORMADOS
Bien debe saberlo el que manda: las medallas enceguecen y justifican. “Si desaparecían para siempre los desaparecidos, nunca más la pesadilla de un Nüremberg turbaría el sueño de los vencedores, cesarían las huelgas obreras, los paros empresarios y los reclamos políticos, y el papel que cumpliría el país con el control del Atlántico Sur para prevenir la penetración soviética, y en América Central para repelerla, sería seguramente recompensado con el auxilio económico que se requería para salir de la bancarrota” (Verbitsky, Horacio, 1984).
Con una sociedad enfervorizada y estupefacta en abril, el gobierno de facto se legitimaba mientras veía como se disipaba el margen de posibilidad para sus maniobras diplomáticas perdiendo, al mismo tiempo, irremediablemente el control. Cuatro meses más tarde el régimen que se había sentido partícipe de una supuesta “Tercera Guerra Mundial” contra el comunismo terminaba enfrentado con una potencia de la OTAN y esperando algún tipo de respaldo de la U.R.S.S. o del gobierno revolucionario de Fidel Castro. La estulticia del presidente Galtieri y la voracidad empresarial avaladas por una sociedad cuyos lazos habían sido destruidos durante el Proceso, conducirían al país a un callejón sin salida.
Las defensas argentinas, sin posibilidades de éxito desde el comienzo, se desmoronaron finalmente el 14 de junio de 1982, cuando el general Menéndez se rindió ante el general Jeremy Moore. Las cifras oficiales cuentan con un saldo de 649 muertos y alrededor de 1000 heridos para las fuerzas argentinas. Margaret Thatcher aún recuerda aquel día entre copas, homenajeada por los kelpers en festejos inmensos (Clarín, 11 de junio de 2005, p. 26).
Alejandro Horowicz señala con lucidez en su libro “Los cuatro peronismos” (Editorial Planeta, 1991), que el ‘Proceso’ no fue una práctica esencialmente militar, sino que “las Fuerzas Armadas fueron el instrumento con el que el bloque de las clases dominantes modeló una nueva sociedad por cuenta y riesgo de sus tenedores sociales y políticos”. Con posterioridad, la Justicia habría cumplido la estratégica función de desvincular a los masacradores de la política de la masacre: a los intereses del bloque burgués de los intereses del genocidio.
Por consiguiente, es necesario distinguir que no todos perdieron: el vencedor absoluto de este periodo es la burguesía. Recordemos que según las cifras de la CONADEP, el 60% de los detenidos-desaparecidos eran obreros. La guerra de Malvinas es entonces la operación política que le permitió a la burguesía derrotar a las Fuerzas Armadas, las cuales, en un manotazo de ahogado, habían intentado legitimarse en el poder librando una guerra insostenible que los enfrentaba con el bloque cuya política ejecutaron y en nombre de cuyos intereses masacraron.
Desde esta perspectiva, las victorias radical o peronista sucedidas democráticamente no constituyeron entonces un ejemplo de aprendizaje doloroso pero útil, sino que demostraron la efectividad y consistencia de la derrota. Para ilustrarla basta señalar que, sobre la base de las transformaciones económicas que, según Eduardo Basualdo (“Acerca de la naturaleza de la deuda externa y la definición de una estrategia política”, 2000), comenzaron con la Reforma Financiera en 1977, en los primeros años de la década del 80 la dictadura militar impulsó un acelerado endeudamiento externo y una transferencia de ingresos desde los asalariados y el Estado hacia el capital concentrado, lo cual causó la fuga de capitales al exterior que igualó y hasta superó el pago de intereses a los acreedores externos. Además, la transferencia de ingresos tuvo carácter interno: durante los años subsiguientes (periodo 1981-89), los ingresos de los trabajadores se redujeron en el equivalente al 12,6% del PBI, recursos que se redistribuyeron hacia el sector empresario. “Hemos pasado del terrorismo de Estado al democratismo de estado”, dirá epigramáticamente Alfredo Grande, psiquiatra y escritor.
El oscurecimiento ideológico que cercena la mirada crítica está facilitado por el modo en que la lucha de clases es percibida por el bloque dominado. Con escasas excepciones, deportistas, dirigentes políticos, sindicales, empresariales, religiosos, personalidades del arte y la cultura, y hasta los mismos medios de comunicación, se sumaron a la convocatoria de Galtieri.
Detrás del encadenamiento aparentemente lógico de hechos, detrás de todo balance, yace un vacío o, en el mejor de los casos, una pregunta. Hay detrás de las palabras un lugar de incomodidad y de silencio.
UNIFORMES
Las cifras, en especial las oficiales, eluden los por qués. Modelada al gélido impacto del dato, la opinión pública y la memoria colectiva parecen olvidar lo desprovisto de traducción mercantil. Nacionalismo, propaganda, agitación: según una encuesta de Gallup el 90% de los encuestados aprobaba la resistencia armada y el 76% creía en su posible éxito.
Cuando los sobrevivientes llegaron, la opinión pública estaba ocupada ya con el mundial de fútbol. Los portadores de la memoria de Malvinas, que al decir de Schmucler “abren la presencia de los que no sobrevivieron y de aquello a lo que sobrevivieron”, medían escaso rating. Y es que también mostraban (y muestran) el horror de quienes, silentes en sus hogares o fervorosos aclamando a Galtieri en la plaza, permitieron que los transformaran en carne de cañón.
Pero el borde de la uniformidad exige que nos cuestionemos las condiciones que la hacen posible. Si bien estos números aterradores explican los resultados, no representan la génesis del terror. Sucede que el sombrío silencio cómplice es irrepresentable: en su indecibilidad anida su carácter despiadado. ¿Cómo pudo tolerarse de manera tan contundente? Los alemanes nos habían adelantado algunas pistas para pensarlo. Ingmar Bergman lo ilustraba ejemplarmente en el célebre film “El huevo de la serpiente”: una lección sobre la micropolítica. “El camino que va a Auschwitz se construyó con odio, pero se pavimentó con indiferencia”, dice Kershaw, uno de los investigadores más importantes sobre el holocausto judío, en referencia a la Alemania nazi.
La democracia había sido desgarrada profundamente. El país que pretendía realizarse a los gritos en una camiseta se asentaba sobre los muertos que, además de obreros, eran en su mayoría incansables luchadores contra el terrorismo de Estado. El Congreso Nacional se inauguró en abril de 1986, dos años después de que fuera convocado, lo que mostró con crudeza el quiebre de los mecanismos de participación ciudadana, que implican más que la militancia gremial de partidos y sindicatos.
No se trata de negar que existió la resistencia ni de que hubo sectores que no fueron cómplices, pero la guerra de Malvinas se entiende sólo como el producto final de una derrota política, económica y cultural de la sociedad civil. Los jóvenes del interior murieron o fueron irremediablemente violentados debido a la astucia de la burguesía, a la necedad militar y a la anuencia de un cuerpo colectivo arrasado que consintió su exterminio, antes que por las balas de la milicia británica. Con la dictadura militar se consolidaba un modo de relación social que manifestaba otro de sus síntomas con el problema “Malvinas”. Un modo de relación social que continúa pavimentándose con indiferencia y cobrándose sus víctimas, repetidamente jóvenes, calladamente.
Este es el lugar de nuestra memoria.
Este contenido no está abierto a comentarios

