DÍA DE GLORIA PARA LA GENERACIÓN DE ORO
La alegría hecha llanto y de esta eléctrica sensación colectiva que se instaló en Atenas un sábado de gloria y que rebotó enseguida allá en la otra punta del planeta. En aquella Argentina tan lejana y tan dentro de uno a la vez. A la mañana en el estadio de fútbol, a la noche en el de básquet. Doble de oro, doble locura en el día más importante de la historia del deporte argentino. ¡Salud, campeones!
“No se puede describir con palabras”, dicen los jugadores de Bielsa. Y lo repiten horas más tarde los de Magnano. Y los integrantes de los cuerpos técnicos de los dos planteles. Y los auxiliares. Y todos los miembros de la delegación. ¿Y quién prometió que uno podría hacerse cargo y describirlo todo por ellos, a pesar del rigor que impone el oficio? No hay palabras que valgan. Definitivamente. Hay un terremoto de sensaciones que desactiva cualquier intento de razonamiento. Eso sí, hay miradas. Y quien no comprende una mirada -aseguran- jamás comprenderá una larga explicación. El tema es traducir esto. Todo esto. ¿Cómo explicarlo si a uno le tiembla todo cuando quiere escribir? No hay modo.
Tantos nombres, tantos datos, tanta historia, y nunca un oro olímpico para el fútbol argentino. Aquellas finales de las que tanto se habló en este mes de los Juegos, las de Amsterdam ’28 y Atlanta ’96, habían servido para atrapar el segundo lugar. La medalla de plata. En Roma ’60, en Tokio ’64 y en Seúl ’88, bueno, mejor olvidar… ¿Y el oro? El oro brilllaba, pero por su ausencia. Para el fútbol y para todo el deporte nacional desde Helsinki ’52. Parece que hubiese ocurrido en otro mundo, en otra dimensión, en otro registro del tiempo. Hasta que asoma el mediodía ateniense. Hasta que este sol implacable dice basta en la tierra de los dioses. Y baja en forma de medalla, luminoso y redondo. Y todo aquel argentino que anda por acá se siente tocado por el brazo de una fuerza inexplicable.
Tan lejano quedó aquel Mundial ’50 en el Luna Park del que hablan padres y abuelos. Cuando el mundo era otro mundo, cuando el básquet era otro básquet. Tan cercano para la revancha queda el Mundial ’02 de Indianápolis cuando un fallo arbitral perjudicó al grupo en la final con Yugoslvaia. Tan cerca está este apretado abrazo de Ginóbili, Scola, el lesionado Oberto que la emoción se multiplica por dos en un día inolvidable..
Llora el ayudante de Bielsa, Claudio Vivas. Se llena de emoción el profe Bonini. Se seca las lágrimas el Kily González después de haber conseguido su primer título con la celeste y blanca. Y habla de Diego, de Bati, del Cholo Simeone, de los chicos que fueron al Preolímpico y que no llegaron a Grecia.
“Vamos, vamos, los pibes”, cantaron cada día Tevez, D’Alessandro y compañía desde que llegaron aquella noche lluviosa del jueves 5. “Cada vez falta menos…”, terminaba la canción. Pero ya está. Ya no falta nada. El oro es del fútbol argentino por primera vez y para siempre. Para toda la vida. Acaso fue una señal aquella última lluvia. Porque desde la mañana del viernes 6 se instaló el sol en Atenas, en Patras y en toda la geografía helénica. El sol formó parte del plantel y ayer no quiso ser menos. Redondo y luminoso, se transformó en medalla, se tomó un avión, y se fue para Argentina.
Y fue de noche cuando legó la doble consagración. cuando fue el tiempo de triples y tapones para vengar la derrota ante Italia.
Imposible olvidar, ahora, aquel zapatazo de Manu Ginóbili en el debut ante los campeones mundiales serbomontenegrinos. Imposible olvidar la humillación del Dream Team.
¿Qué quedará en la memoria? ¿El toque de Tevez en el primer palo, Scola colgado del aro como un mono? Eso. Y la bandera arriba. Mientras suena una melodía amiga. La que les pide a los mortales que oigan…
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