DÍA FESTIVO EN EL BARRIO TOBA DE ROSARIO PARA DISTINTAS GENERACIONES
Mientras arriba, en Circunvalación y Roullión, diversas organizaciones políticas cortaban la calle en coincidencia con el Día del Aborigen Americano (o Día Americano del Indio) –que se celebra cada año en conmemoración del Congreso Indigenista Interamericano reunido en México el 19 de abril de 1940– abajo, en uno de los tantos pasajes que conforman el barrio Toba, un grupo de familias ultimaba los detalles para celebrar el primer cumpleaños de César Elian Leonel Laborio. “Esta es una fiesta muy especial, por el nene y por nosotros”, contó Sergio Flores, el abuelo y uno de los casi 20.000 miembros de la comunidad toba que viven en la ciudad, según las estimaciones de los propios pobladores, ya que aún se esperan cifras oficiales de un censo sobre población aborigen realizado en toda la provincia. Flores llegó a principios de los noventa desde el noroeste argentino, en uno de los tres viajes que depositó a su familia completa en Rosario.
El cumpleaños se celebró en una casa construida de material rodeada de tierra apisonada, en el corazón del barrio Toba. Al mediodía, bullía de actividad: en la cocina, la abuela Celia Galicio junto a un grupo de mujeres armaban empanadas –de carne salteada con pimiento morrón y pedacitos de papa– y afuera, los hombres atizaban las brasas del asado. Margarita, una de las que comandaba la cocina, daba indicaciones en qom, el idioma del pueblo toba.
“A mí me parece que estas ocasiones son especiales para nosotros, porque nos ayudan a encontrarnos, a no sentirnos solos. Además, sabemos que las fiestas alegres se transforman en un símbolo de resistencia frente a la adversidad. Y los pueblos originarios somos muy resistentes”, opinó Bernardo Saravia, uno de los vecinos que ayer repartió su tiempo entre el cumpleaños, el piquete, y las diversas celebraciones que se hicieron en el centro de la ciudad.
Saravia fue hasta su casa y volvió con una “ubipala”, la bandera compuesta por rectángulos de diferentes colores que representan a los pueblos aborígenes. El hombre explicó que existen cuatro formas distintas de acomodar los colores sobre el paño, y cada una de esas formas representa uno de los cuatro puntos cardinales.
“Nosotros nos referenciamos con el color marrón, porque es el color de nuestra piel y nuestra tierra. Pero le damos lugar a todos los colores porque, en definitiva, todas las personas, indígenas o no, son distintas”, agregó Saravia mientras abrazaba a su hija de quince años, que acababa de sumarse a la reunión en torno al cumpleañero.
Sandra, de 17 años, y Walter son los padres del pequeño homenajeado ayer. Ellos se colaban entre las visitas con bandejas de empanadas jugosas recién salidas de la grasa caliente. Algunos de los que estaban sentados fueron a dar una mano con las ensaladas, mientras el asador comenzaba a golpear las manos para indicar que los primeros trozos de carne estaban listos.
La hija de Saravia sostenía upa al homenajeado, que manoteaba los moños rojos que ella lucía sobre su pelo renegrido. Si bien era una sorpresa, el padre decidió hacer una excepción para mostrarle a un par de amigas un secreto guardado adentro de la heladera. Allí, entre gaseosas, lechugas y tomates, esperaba su salida a escena la torta de cumpleaños, enorme y cuadrada.
Sobre la cubierta de chocolate, al lado de la frase “Feliz cumple”, una prima de Leonel había dibujado al indio Patoruzito para completar la decoración.
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