DICHOS, DICHOSOS Y DESDICHADOS
LA PALABRA
Colonismos y Bernalidades
La compulsión por nombrar es característica de la mente española de los siglos XV y XVI, y constituye apenas un síntoma que adquiere significado en la relación triangular entre la avidez de gloria personal (y de riquezas) a la que se subordinan los demás valores, junto a los sentimientos monárquicos y católicos, profundamente arraigados hacia la época. Los colonizadores europeos parecen sugerir con sus comportamientos una férrea convicción acerca de estos núcleos organizativos del sentido de su acción.
De la tendencia a asignar nombres dan cuenta los conquistadores: los testimonios de Colón y la epopeya de Bernal Díaz del Castillo (por mencionar dos de los paradigmáticos), están plagados de bautismos. Ríos, sierras, islas, tierras, y hasta habitantes: como señala Todorov (1982), el primer contacto con lo que ha de ser América constituye un acto de nominación extendido. Las bellísimas denominaciones poéticas con que eran identificadas sufrirán el desencanto del bautismo moderno. El lenguaje es, desde aquella perspectiva, imagen fiel del mundo de las cosas. Dar nombres equivale a tomar posesión: la anexión automática a la propiedad real y al mismo tiempo un prestigio del que goza el primero que avista un lugar, quien protagoniza tal destreza o idea cual astucia. Paralelamente, la correspondencia entre la letra de la ley y el orden del mundo se empeña en dislocarse, pues tanto la encomienda como las bulas papales serán ignoradas de forma sistemática. Ensayando un monólogo bautismal, la lengua española, pionera en estrenar una gramática (escrita por Antonio de Nebrija y publicada justamente en 1492), se impondrá como lengua imperial aplastando las voces de nuestro continente, surgidas de no menos de 133 familias lingüísticas. Los conquistadores comprenderían pronto que el dominio de la comunicación interpersonal posibilita el control de las riquezas.
Los europeos son los únicos que “cuentan”; proyectan sus creencias sistemáticamente y luego confirman los esquemas conceptuales que han colocado con anterioridad, descartando por principio la posibilidad de cualquier intercambio. Lo que los navegantes recién arribados ven es “descubrimiento”. Su llegada es “origen” y “nacimiento”. En adelante, los nativos serán, sin más, “ab-orígenes” (desde el origen -hispano, por supuesto-) y, su historia, “pre-colombina” o “pre-hispánica”. Luego, y en la misma línea, se hablará con asepsia de “Conquista del desierto” para anticipar (y posteriormente relatar) diplomáticamente al genocidio indígena de nuestro país, o de “desaparecidos” haciendo referencia a las víctimas del terrorismo de Estado de los 70.
“La lengua siempre fue compañera del Imperio”, había expuesto de Nebrija sin equivocarse.
EL GARANTE
Amaos los unos a los otros
El matrimonio entre cetro y báculo es rentable, ergo sagrado. Mientras Colón viaja, los Borjia (o Borgia, si lo prefiere ‘alla italiana’) se apuñalan fraternalmente bajo la complicidad de la mirada paterna, que emponzoña (literalmente) los lazos filiales. Al mismo tiempo, aprueba la partición salomónica de América entre España y Portugal.
La Conquista es un negocio colosal de altísima rentabilidad y bajísima inversión, al tiempo que un curso intensivo de evangelización. Desde Nicolás V, quien aceptó ser nombrado “ViceDios en la Tierra” y autorizó conquistas, esclavizaciones y expropiación de territorios y riquezas de los portugueses, pasando por Inocencio VIII, que amplía aquel derecho a los reyes españoles “catolizándolos”, y hasta llegar a Alejandro VI (Rodrigo de Borja), uno de los autores intelectuales de la criminalidad de la conquista en nombre de la evangelización, hay un hilo de continuidad: el tiempo pasa pero las costumbres se mantienen. El trono de Pedro apoya la invasión europea y castiga a los miembros que se atreven a cuestionarla. Quienes son reacios al peso de la cruz no resisten luego el filo empuñado de su implacable (in)versión militar o el ardor de las llamas redentoras.
Intolerante por pretenderse universal, el cristianismo considera falsos a los dioses del “nuevo continente”. Enseña que el cuerpo es el envase pecaminoso del alma y el deseo, peligroso; promete liberación ultraterrena y colabora en la sustitución paulatina de la cultura de la responsabilidad por un sentimiento individualizado de culpa.
La imposición de la religión cristiana (en tanto instauradora de valores, formas de vida, creencias) pasa progresivamente de considerarse el objetivo a ser uno de los medios que aseguraban el éxito de la conquista, neutralizando “ideológicamente” la acción de la población nativa, mucho más numerosa. “Esta gente tiene tanta confianza en nosotros que ya no hacen falta los milagros” resumirá el sacerdote Francesco de Bologna en los albores del siglo XVI.
Instantáneas
Indiferentes a la diferencia, incapaces de reconocimiento del Otro en su dignidad: la “Brevísima relación de la destrucción de las Indias” (1552) de Fray Bartolomé de las Casas (o Casau), es no por breve una menos intensa enumeración de crueldades, crímenes, torturas, espantosas vejaciones y explotación indígena, de incumplimiento engañoso de promesas, del uso estratégico de la palabra y de la acción instrumental con arreglo a fines perpetrados por los colonizadores. Su denuncia del genocidio indígena es la primera de un español que trasciende internacionalmente. El Obispo de Chiapa, que será injustamente recordado por proponer desde Santo Domingo el reemplazo en el trabajo forzoso de los indios por esclavos negros y caribes (de lo que luego se rectificó), compone con escritura marcadamente visual una especie de secuencias fílmicas sin imágenes; un paisaje que, precisando lugares más que responsables, produce escozor al ilustrar, sin reparos, sobre las caras más horrorosas de la condición humana: nativos atravesados por espadas y lanzas (en algunos casos por el puro placer de matar), ahogados o con los pulmones estallados a causa de inmersiones prolongadas en busca de perlas, con miembros amputados, quemados vivos, arrojados al vacío, despedazados por los perros, atacados por la espalda y durante el sueño, incluyendo a mujeres y niños.
Si el interés particular de Colón estaba más bien volcado a la exploración del territorio y la difusión del cristianismo, Cortés se inclina hacia la búsqueda de riquezas y gloria personales, utilizando cualquier recurso (muy especialmente el manejo de los signos) para lograr su cometido. A ambos les resulta más o menos irrelevante el destino de los habitantes: al primero por prejuicios de raíz medieval; al segundo por especulador.
Mueren éstos a razón de millones a causa de epidemias que desconocían hasta el momento, perecen otros tantos por hambre o maltratos (lo que a su vez predispone a la enfermedad), un inestimable número deja de nacer, muchos son asesinados, y no pocos enfermos de una usanza occidental y cristiana: los suicidios colectivos. Todos, sin embargo, mueren de indiferencia. Los cálculos son monstruosos: 70 millones de indígenas, el 90% de la totalidad, son exterminados. Los conquistadores avanzan con desprecio matando y dejando morir.
LA MEDIDA
La medida de todo ya no es el hombre, sino la riqueza. Su justificación y medio el discurso de la Iglesia Católica, autoridad legítima de la palabra verdadera. El desarrollo de la región se medirá en referencia a la producción, no al bienestar de sus habitantes: las estrategias de colonización no han cambiado sustancialmente desde entonces.
La estigmatización de los indios es la consecuencia necesaria de esta matriz de pensamiento. De acuerdo al propio legado indígena, es claro que al momento de la colonización éstos no pueden siquiera considerar la posibilidad de transformar la tierra en mercancía. Ésta los pare, los alimenta y los recibe. Pero la generosidad es derrotada por la avaricia, la mesura por la plusvalía. Hacia el siglo XVI la palabra “indígena” comienza a ser asociada con “indigente”. La religión los asimila o los condena; la sociedad europea los prejuzga en base a mitos infundados y leyendas negras; el mercado los explota o los expulsa. La desdeñosa carga semántica se perpetúa: ya sea por ingenuidad, por motivos de lucro, o acaso para justificar la dominación, serán considerados naturalmente “flojos, borrachos y ladrones” al decir de un miembro de familia mejicana ilustre hacia la segunda década del siglo XX (Galeano, 1998), o minuciosamente demonizados como salvajes, atrasados culturalmente, analfabetos, autoritarios, esclavistas, machistas, violentos, holgazanes, alcohólicos, antropófagos, incestuosos y sodomíticos (entre otros atributos non sanctos) aún en bibliografía de…1988, que por supuesto niega el genocidio (Petrocelli, 1988). Obligados a homogeneizarse o despreciados como inferiores, indiferenciados o ignorados, sólo importan cuando son de utilidad a la empresa colonialista, o en la medida en que encarnan un obstáculo para el progreso evangelizador.
Sin embargo, los mayas conocen el sistema vigesimal y el cero cuatrocientos años antes que los europeos; poseen un calendario diseñado mil años antes que el gregoriano y de mayor exactitud. La red caminera y el sistema de regadíos incaico son mejores que los europeos del mismo tiempo. La medicina y la farmacología, especialmente avanzadas en Perú (donde usan con éxito más de 5.000 hierbas), quedan sepultadas bajo las minas de Potosí (Tavosnanska, 2001). El “Popol Vuh” y el “Chilam Balam” condensan concepciones del mundo y de la historia. Sin dudas, en términos generales los indígenas cuentan con una cultura ecológica superior a la europea. Desconocen la sistemática esclavitud moderna: ésta se encuentra en un estado embrionario de aplicación en el servicio doméstico, y ni siquiera a los derrotados en las batallas se les impone tamaña condena. Algunos saben del parentesco entre sueños y deseos, y respetan el mandato onírico para curar el alma. Pero, a los ojos del extranjero, nada importan los nativos en su condición de humanos, a pesar de que el Vaticano los ha considerado como tales, luego de una larga reflexión, en 1537. Más tiempo le demandará reconocer los crímenes, el saqueo y su complicidad directa en los mismos.
La riqueza de la tierra, señalará Eduardo Galeano, condena a la miseria a sus habitantes. Es notable que hacia este periodo surjan en Europa los “ausentistas”, rudimentarios financieros dedicados a la explotación de latifundios que jamás pisarían. Moraleja: para comprender el ecocidio, el etnocidio y el genocidio de nuestras tierras, será más importante entender la marcha de la economía política hispánica que la historia de los pueblos que los padecieron.
Luego de casi 513 años sangran aún las venas del continente, desde las comunidades indígenas de América del Norte hasta los mapuches de nuestra Patagonia, reclamando a cada Estado la propiedad de las tierras que les han sido expropiadas y el reconocimiento oficial de su identidad cultural. Pero al mismo grito ahogado se suman hoy multitudes expulsadas de proveniencia étnica y religiosa diversa. Las caras de la alteridad in-diferenciada y oprimida se multiplican. “Lo único realmente globalizado es la proliferación de lo heterogéneo”, advierte Marcos desde la selva Lacandona.
La conquista, colonización y genocidio del Otro nos hablan de un pasado no tan pasado y de un futuro que apenas se atreve a anunciarse.
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