Dichoso el que fue
El pasado bien guardado en siete museos, que suenan como demasiado para un pueblito de algo más que 5 mil habitantes, se conjuga perfectamente con la dinámica que pretenden imponerle algunos porteños artesanos escapados del vértigo, para darle vida a un sitio donde el paisaje es un regalo y el tiempo es otra cosa.
Tilcara, que hace poco fue declarado “el primer municipio indígena”, paradójicamente ya no lo es tal. Es que, si bien todavía se puede cruzar por las callecitas incólumes al progreso a muchos portadores de la sangre inicial, la que fundó el pueblo allá por 1586, también ha habido una inmigración interna que, a los tilcareños más conservadores, los tiene a maltraer.
Los cardones que escrutan silenciosos a los visitantes desde los cerros que techan el poblado son los únicos que conocen la historia “de pe a pa”, porque fueron colocados por los pioneros, para que hicieran de vallado natural contra posibles invasores. Pero es una lástima que ellos no digan nada.
Es que, es probable que sepan por qué un pueblo que en los 70 no habría de superar los 3 mil habitantes, cuente para sí 70 desaparecidos. Es factible que conozcan si es verdad que por allí escondieron al Che Guevara, cuando venía desde Uruguay hacia Bolivia, tal como dicen en algunas mesas trasnochadas. Es seguro que saben por qué, despertándose en Tilcara, uno siente que será capaz de vivir 100 años.
Hace no tanto tiempo, Tilcara era la Capital de la Arqueología y, como tal, motivo de visita de arqueólogos de todas las latitudes. Pero hoy, por eso de que no sólo se puede vivir del pasado, le disputa a Humahuaca el título honorífico de Capital de la Quebrada. Algunos creen que ya se lo quitó, pero será cuestión de preguntar también en Humahuaca. Lo cierto es que Tilcara ha crecido más que ningún otro pueblo en la zona.
Una porteña que dejó las urgencias capitalinas hace unos años dice que “aquí se hace una cosa por día. Los tiempos son otros. Y la gente no quiere a los que vienen desde afuera, eligen el lugar para vivir pero quieren cambiarle los hábitos a todos”. Se refiere a una vieja porfía entre forasteros y locales, que se palpa por los bares y por las peñas, que abundan en Tilcara como los cactus.
Una señora que llegó desde Salta hace muchos años y cocina corderos como si a Dios le hubiera dado por cocinar, dice que “los de afuera trajeron la droga y otras porquerías”. Es que Tilcara, como buen pueblo chico, tiene también sus infiernos grandes y es conservadora por donde se la mire. O por donde se la escuche.
A propósito de la cocinera, la gastronomía también constituye un párrafo aparte. Llamas, corderos, cabritos, dulces regionales, frutas de la zona, son una tentación permanente, en un sitio donde sobras las horas para hacer la digestión y el ritmo es tan poco vertiginoso que los diarios de Buenos Aires llegan a las 7 de la tarde, o al otro día, o no llegan, sin que a nadie se le ocurra pensar que por eso de no estar informado nada será igual.
Cuesta irse de Tilcara, de modo que será cuestión de quedarse. Apenas empezamos a tutearnos con algunos lugareños un poco y casi nada con el paisaje. Hay que ir a la Garganta del Diablo y al Pucará, dos vedettes que se ofrecen en todos los paquetes turísticos. Pero eso será otro día, porque al fin y al cabo, aquí también uno se acostumbra a manejarse a otro ritmo, ese ritmo que manda la altura, o los tilcareños.
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