Diez meses
Lo que aparecía como un sueño está muy cercano a ser un grato recuerdo. Hace varios días que estamos conviviendo con ese pensamiento. En tales circunstancias, es bien difícil poder ordenar los datos, las vivencias, para publicar un balance a diez meses de haber empezado un derrotero algo contrario a las leyes imperantes en el periodismo. O sea, aquí no hubo agenda, no hubo cierre presuroso, no hubo meta inmediata.
En lo superficial, este mes será recordado por el fuerte cambio climático. En otras circunstancias puede ser un dato casi inadvertido. Pero no aquí, porque diez meses después, si algo de uno puede dar cuenta del viaje, es el cuerpo mismo. Cuando cruzamos el Río Colorado dejando la región patagónica, volvimos a respirar después de mucho tiempo aires que nos resultaban familiares.
Calor húmedo. Verano en ciernes. Fauna más familiar. Incluso los pastos nos resultan cotidianos. Los olores también. Y el cielo. Porque no ha de haber cielo más hermoso que el del sur, a diferencia de este, tan nuestro, casi inadvertido. En cambio, desde más adentro, los recuerdos del balance de cada mes nos llevarán irremediablemente a la Patagonia, continente entrañable.
La Patagonia es una marca para cualquiera. Pero para quien captura historias, es el sitio más fantástico que pueda existir. Allí, el clima hostil, los vientos permanentes, la lejanía, se han confabulado históricamente para tomar severos exámenes de ingreso a los que desearon poblarla. Entonces, detrás de cada habitante patagónico se esconde una historia de aventurero o, cuanto menos, coraje.
Sin sed de aventuras y sin coraje no hubiera habido Patagonia poblada. Y nosotros, transmitiendo estas historias, por un momento nos sentimos una pizca de la vida de estos tipos increíbles, de otro tiempo, o sin tiempo. Diez meses después, la Patagonia ha eclipsado, ya no los últimos treinta días, sino todo el viaje. Deberemos tener cuidado con ella, porque podría hacernos olvidar todo lo anterior.
Además del clima, también hemos cambiado nuestros temas de conversación. Definitivamente hablamos todo el tiempo de Santa Fe. Y lo que durante buen tiempo fue una meta, ahora es una mueca de sonrisa como la de un pibe que hizo una travesura, o un dolor por los hombres de vida triste que pueblan la mayoría de los paisajes más bellos. Por otra parte, es factible que hayamos visto anoche, en la Navidad, el último cielo límpido del viaje.
Lo que falta es algo de la provincia de Buenos Aires y un desafío: ganarle a nuestra ansiedad de volver, ahora sí, a ordenar lo que convive en nosotros como una ensalada de vida nueva, una marca para siempre, un trabajo extra: amigarse con la rutina de la vida de siempre. Una esperanza: que se reparta equitativamente todo lo que vimos que hay para repartir, que paguemos adentro lo que acabamos de pagar afuera. Anoche se lo pedimos al Niño.
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