Difícil de arriar
La bahía mansa, las calles casi desérticas, las siestas obligatorias, si es que el clima y la geografía condicionan la vida de un pueblo, no han hecho mella en el ánimo de San Julián. Así, en la superficie, nada haría suponer que la paz pueda alterarse aquí, donde hace poco se inauguró un hospital estilo K, o sea, como en Suiza, o donde las caminatas en la costanera se parecen a cuentos infantiles.
Sin embargo, un repaso por los antecedentes de esta localidad que aún conserva buena parte de su estructura edilicia de la última etapa del S. XIX, nos muestra lo contrario. Casi con orgullo patagónico, “Poli” Walker, el que diseñó la réplica de la nao “Victoria”, enseña que aquí vivió el socialista Albino Argüelles, el más argentino de los que pelearon contra los patrones en los hechos de la Patagonia Trágica, lucha que en su mayoría tenía protagonistas gringos.
En este sentido, hay una estadística lamentable que prueba la rebeldía eterna de San Julián. 350 de los 1.000 muertos de la pelea del obraje contra la patronal que inmortalizara Osvaldo Bayer, son de este lugar, donde todavía cuentan que los masacrados fueron dados como alimento de los chanchos, en una chanchería adyacente a la comisaría; de ahí que por buen tiempo nadie quiso probar chacinados en la zona.
También en San Julián murieron los primeros europeos a manos de tehuelches, muy lejos en el tiempo o, más cerca, una increíble insurrección de estancieros se movilizó en los años 60 con la idea de acabar con la dictadura de Onganía. Pero para no caer en anacronismos, vaya un dato más cercano: es aquí uno de los pocos lugares donde, en tiempos de dominio pleno del kichnerismo, el intendente anterior era radical.
Y hay más. Magallanes acabó con una sublevación en su contra aquí. Drake, el corsario inglés, también dejó su sello de robo y muerte por la bahía y Darwin, siendo aún un científico bien joven, escribió en “Viaje de un naturalista alrededor del mundo” que “El Beagle –su embarcación- ancla antes de llegar la noche en el bello y espacioso puerto de San Julián”. Lugar que vale, por donde lo mire.
Por eso, si se dan una vuelta por este pago, en busca de alguna “historia mínima”, podrán pasar por la Isla de los Cormoranes, visitar las pingüineras, o recorrer el circuito costero, atracción obligada de paleontólogos y arqueólogos. Todo estará muy bien y resultará acogedor. Sólo que será imprescindible indagar en el orgullo de este pedacito encantador de una Patagonia que nos retiene con sus relatos de película.
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