Dios lo permita
Santos Guayama era un líder huarpe. La historia lo guardó como un bandido rural y Gieco lo reivindicó en una canción. Los pobladores de las Lagunas de Guanacache lo recuerdan para siempre, como un santo popular y le rinden homenaje en la figura de San Roque, para conciliar posturas con la religión que les fue impuesta a machetazos. La leyenda de Guayama es un paradigma de la resistencia huarpe
Guayama vivió hacia 1880. Fue un Vairoleto o un Mate Cosido. Quizás un Robin Hood de las vides que robaba a los ricos para otorgarles parte de lo cosechado en los asaltos a los pobres. Sus pobres, los huarpes. Guayama fue lancero de Chacho Peñaloza además, como para corroborar que, además, tenía una idea de país cuando todavía no lo había.
Y Guayama, el temido, el mito, la leyenda, pasó a ser Santo. ¿Pero por qué no se imprimieron sus estampitas y los huarpes que lo veneran tuvieron que cambiarlo por San Roque? Es que, ser huarpe y ser Guayama era terrible para los que construyeron la dicotomía “civilización o barbarie”. Por eso, muchos años después de la irrupción de los españoles, se dio la segunda resistencia del pueblo huarpe, con el cambio obligado de apellido.
Los curas ya habían intentado persuadir a los indios cimarrones endemoniados que hacían la Salamanca, no bien llegaron a la América, después de 1492. Pero no pudieron. Y cuando el terremoto de Mendoza, en 1861, lo derribó todo, los huarpes aprovecharon para empadronarse en el registro civil que también regenteaba la iglesia con otros apellidos, más españoles, más posibles, menos comprometidos con los orígenes.
Desde entonces, consumado el despojo, quitada la identidad, fueron para siempre los resquicios que les dejaron ser. Vivieron en un lugar que cada vez se parecía más a un desierto y fueron pasado por el látigo por la civilización cristiana, atados en troncos, como cristos aborígenes, al rayo del sol, con una iglesia como fondo que fue construida en 1816 y que ilustra esta nota.
El tiempo, como a Guayama, los constituyó en héroes, porque nadie que no lo sea puede sobrevivir en esas condiciones. Pero hoy, el modelo se ideó nuevas formas de sojuzgarlos y, otra vez, la Iglesia acompaña. Un abogado, un cura y una casi apócrifa agrupación que nuclea aborígenes, amparados en una ley del Congreso, pretenden aparcelar y dividirse el botín de la tierra que antes, como no era de nadie, era de todos.
El cura Benito Sillito, un italiano mandón, digita una comisión que sólo tiene el derecho a decir que sí cuando llegan los alambrados que casi siempre dejan a los aborígenes en sitios más pequeños que los que habitaban. Hace unos años, nadie se reivindicaba huarpe aquí, donde el pasto no crece como si hubiese pasado Atila. Pero ahora muchos lo hacen. Muchos que nunca estuvieron, pero parecen llamados por la sangre de un negocio incipiente: el inmobiliario.
En medio de esta ignominia, con el caballo de Guayama recorriendo las conciencias todo el santo día, algunos huarpes resisten sublevándose con su silencio sabio ante una nueva forma de aniquilación. Son pocos, no se oyen, los discrimina porque no quieren vivir como nosotros. Cada tanto, cuando hay elecciones, los buscan para votar y les ofrecen cañas nuevas para los ranchos. Todo a nombre de la democracia. Y de Dios, claro.
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