DIOS SALE DE DÍA: LOS 88 DÍAS DE MARADONA INTERNADO
Se quiere ir, lo dice a cada momento, pese a colaborar con la terapia y haber establecido un buen vínculo con los profesionales y los otros pacientes. Ya entendió que salir o quedarse no depende de su voluntad, y se tranquilizó. Ese cambio de actitud en la convivencia es un avance concreto, tal vez el más notorio que Diego experimentó en estos 88 días que lleva en la Clínica del Parque de Ituzaingó. Una eternidad cuando se pierde la libertad en un neuropsiquiátrico, pero casi nada cuando se trata de tratamientos compulsivos para controlar las adicciones. Como a veces lo acepta y otras lo niega —los cambios de humor son una constante— sigue medicado con psicofármacos para controlar las ansiedades y sobrellevar las depresiones.
En este contexto pasa Diego sus días. Tiene dos habitaciones en el ala derecha de la clínica. Una donde duerme, y otra donde mira televisión y recibe a las visitas. Por orden del Juzgado Nø 2 de Morón, sólo pueden verlo sus padres, sus hijas, sus hermanos, su médico personal, Alfredo Cahe, y su ex esposa, Claudia Villafañe, quien pasa todos los días por Ituzaingó después de dejar a las hijas en el colegio. Fue ella la única que describió el lugar en el que está él, cuando hace algo más de un mes concedió una entrevista en España: “Diego está haciendo un esfuerzo muy grande, lleva mucho tiempo sin consumir y eso es bueno. Pero no me gustaría que nadie pasara por un sitio como ése, frío, impersonal, con enfermos de todo tipo, con puertas que al cerrarse hacen un ruido parecido al de la cárcel”.
No está errada cuando compara la coyuntura de este psiquiátrico con una cárcel de máxima seguridad. Aunque, a diferencia de lo que ocurre con los presos que conocen su condena, la libertad de Maradona no tiene fecha cierta. “Por ahora no se sabe cuánto tiempo estará allí. Tampoco le podemos decir que es un tratamiento de dos años internado. No sabe lo largo que será… El está más tranquilo, pero deseando irse porque no asume lo que le pasa”, explicó Claudia en voz alta.
Un hombre cualquiera. Diego se levanta temprano, desayuna con mate cocido y tostadas, y toma la primera de las tres duchas que suele darse por día. Juega a las cartas con los pacientes de su sector y mantiene entrevistas con sus terapeutas. Es fácil darse cuenta cómo viene el día: cuando se despierta de buen ánimo, suele cantar tangos mientras desayuna. Hace unos días, en plena Copa América, se animó a participar en un picado que se armó en uno de los patios internos y, se sabe, el contacto con la pelota lo pone bien, lo divierte. Todo un síntoma de mejoría para el doctor Cahe. “Está muy bien. Con ganas de hacer muchas cosas. Psicológicamente lo veo como hace 15 ó 20 años. Mi temor es que no entre en una etapa de estancamiento y no tenga avances positivos”, aseguró el médico, que apoyó al Diez en el juzgado para que lo dejen seguir su tratamiento en una clínica cubana.
Porque a pesar de las diferencias en la definición de su futuro, en algo están de acuerdo el juez, Cahe, Maradona, y sus familiares: la Clínica del Parque no parece ser la más conveniente para la segunda etapa del tratamiento, cuando finalice esta primera etapa de abstinencia y desintoxicación. Es por eso que el Diez tiene algunas licencias que los otros pacientes no. Por ejemplo, puede salir tres o cuatro veces por semana a jugar al golf. Se eligen canchas en las que pueda estar tranquilo, y va cambiando para evitar fotos y curiosos. “Lo acompaña siempre una persona de la clínica, pero los lugares los consiguen sus allegados, que pueden estar con él cuando juega”, contó una fuente de la clínica. La única exigencia que pone Maradona para aceptarlas o descartarlas, es que tengan carritos para movilizarse tranquilo como el que tenía en la quinta de los Mastellone en General Rodríguez.
Paciente de peso. Una condición para que autoricen a Maradona a dejar el país es que mejore físicamente. La neumonía por la que fue internado en la clínica Suizo Argentina dejó secuelas y siguen los chequeos periódicos para controlar su corazón. También preocupa su sobrepeso, aunque en ese ítem está mucho mejor. Cuando ingresó el 9 de mayo, pesaba 123 kilos; ahora está en 102. Había bajado cuatro kilos más, pero como no lo dejan salir los días en los hace mucho frío por su problema pulmonar, y es casi la única actividad física que realiza, venía más inactivo. “Esto me preocupa y por eso quiero que Diego esté en un lugar en el que pueda hacer más ejercicios”, agregó Cahe. Diego sigue una dieta de 1.500 calorías diarias, algo que respeta a medias porque lo dejan comer cualquier cosa en los domingos que tiene visitas.
Más allá de las salidas para jugar al golf, donde sólo puede caminar, manejar el carrito y practicar golpes, el contacto del Diego de la gente con el mundo exterior sigue siendo a través de sus familiares y de la televisión. Para evitarle disgustos, no le permiten ver los noticieros. Mucho menos los programas de chimentos, donde sigue siendo una referencia permanente, aunque sin la frecuencia del primer mes. Ni siquiera pudo ver a su hija Dalma actuando en Los Roldán. Se tiene que conformar con fútbol (religiosamente ve todos los partidos de Boca y de la Selección) o con el Discovery Channel. Una vez a la semana suele ir a la sala común para ver las películas que pasan en la sala de video, después de la cena. Ayer se alegró con el Loco Palermo y festejó el triunfo de su Boquita en Manchester. Pero más que nada, porque pudo ir a la casa de Villa Devoto al cumpleaños 75 de su mamá, la Tota.
Los domingos son los días más concurridos. Tiene un régimen de cuatro horas —similar al del resto de los internados— para recibir a su familia. Según cuentan en la clínica, es el día en el que se lo ve más contento porque puede estar con los suyos, aunque a veces les reproche que lo tengan “embocado” en esa clínica y no le permitan regresar a Cuba. En uno de esos encuentros con los suyos, habría lanzado una de sus frases maradoneanas top, ésas que fluyen con originalidad: “En esta clínica, uno dice que es Napoleón; otro piensa que es San Martín… ¡Y a mí no me creen que soy Maradona!”.
Así está Diego. Por momentos eufórico; por momentos, como dice sin sonreír, más solo que Kung Fú. Cuenta las horas esperando que la Justicia le conceda el permiso para volver a la isla caribeña, donde asegura que va a continuar su tratamiento. Donde, y de eso está completamente convencido, se sentirá mucho más libre que en la clínica. Porque por ahora, Dios sale de día.
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